Equipando La Mente

Dios Cumplirá Tu Deseo

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El Deseo

Todos tenemos deseos. El deseo está orientado según el carácter y personalidad de cada quien; esto en sentido general. El seno familiar, así como la cultura en donde nace, crece y se desarrolla cada individuo, también ejercen cierta influencia en los intereses que cada persona tiene y siente, y por los que labora e invierte recursos. Precisamente, éste será otro término para referirse a deseos: intereses. Podemos, igualmente, emplear la palabra anhelo, como sinónimo de deseos.

El anhelo o deseo de cada quien varía —aparte de lo que ya se dijo— de acuerdo al grado o nivel espiritual, así como del conocimiento bíblico que se tiene. Dicho esto en otros términos equivalentes, la persona que es madura espiritualmente y que ha aprendido a conocer la voluntad de Dios para su vida según está en las Escrituras, sabe canalizar sus deseos, y los orienta de acuerdo a Esa voluntad. Sea que se trate de deseos nobles y honestos —como debe ser— reconoce que no siempre será voluntad de Dios concederlos. Él es Soberano, y, al final, es Quien decide lo que nos da, y si conviene o no.

De todas maneras, la madurez espiritual nos ayuda a esperar en Dios, si quizás, en Su misericordia, nos concede los deseos de nuestros corazones, los anhelos de nuestras almas. De aquí que, es importante conocer lo que la Biblia enseña al respecto.

En este libro (eBook/eLibro) tenemos, por lo menos, cuatro puntos que nos pueden orientar en orden de obrar correctamente delante de Dios, y así lograr conmover Su corazón, e inclinarlo a que conceda nuestros deseos. Es importante aprenderlos, pero más importante aún es internalizarlos y practicarlos con la finalidad —y con la esperanza— de ver nuestros deseos cumplidos, realizados.

No importa cuál sea tu deseo, si de carácter material, moral o espiritual —conseguir una esposa/esposo, terminar una carrera, avanzar en el ministerio, obtener una casa, adquirir bienestar financiero o bienestar familiar— Dios tiene pautas establecidas que se deben observar para recibir de Él la respuesta, o para poder acelerarla. De todos modos, y por causa de nuestra ignorancia de la Palabra de Dios, Él, en Su misericordia y en Su amor, pese al conocimiento limitado que tenemos de Su voluntad (limitación que a veces es voluntaria), nos concede lo que anhelamos recibir de Él; pero ésta no es la regla.

Hay cosas en la Biblia que son más difíciles de aprender que otras. Cosas que tal vez nos tomarían más tiempo tanto el saberlas como el practicarlas. Dentro del conocimiento aprendido, Dios toma en cuenta la intención del corazón y la honestidad que hay en el esfuerzo por realizar lo que Él quiere que hagamos, para así contarlo como válido delante de Él.

De todos modos, la ignorancia no es una manera de justificar lo malo que uno hace. La Biblia dice que tenemos que andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne. Seguramente que si andamos en el Espíritu, y somos dirigidos por Él, nuestros deseos no estarán orientados hacia intereses meramente personales (intereses que nos pueden convertir en personas insensibles para con los demás, avaros, egoístas, sensuales, carnales, etc.), sino que tendremos como meta honrar a Dios, crecer en Él, expandir Su reino, ayudar al prójimo, etc. Siempre tendrán la inclinación de identificarse con el bien; emanarán de un corazón benigno, bondadoso, amoroso, y su finalidad será honrar al Rey.

Sí es cierto que algunos de nuestros deseos son para meramente vivir bien en esta tierra y subsistir, y no es malo sentirlos, como tampoco conseguirlos. Pero, todo lo que sentimos y queremos debe ser priorizado de acuerdo a la necesidad que se tiene y a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Tenemos que evaluar qué es lo más importante —tanto para uno como para Dios— y de ahí mantener vivo el deseo o descartarlo.

¡Qué hermoso es ver nuestros deseos cumplidos! Como dice Proverbios 13.12, 19a: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido. El deseo cumplido regocija el alma.” Exclamemos como el Salmista: “Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (38.9). Y él mismo nos responderá: “Te dé conforme al deseo de tu corazón, conceda Jehová todas tus peticiones” (20.4a-5b). Y entonces celebraremos como David, por todo lo que Dios habrá hecho por nosotros, diciendo: “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios” (21.2).

noviembre 21, 2016 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

La Palabra de Dios… ¿¡Con Qué Se Puede Comparar!?

“Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón (…)”  (Jer. 15.16; Versión Reina-Valera 1960).

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Para el cristiano las Sagradas Escrituras son su sangre espiritual. Jesús dijo: “Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6. 63). La Biblia, nombre con el cual éstas son conocidas popularmente, es el único Escrito capaz de transformar radicalmente la vida y la mente de cualquier persona.

La filosofía humana, por más hermosa que parezca, no puede surtir semejante efecto. Aun los filósofos que dictaron sus adagios todavía famosos, no vivieron al mismo nivel de sus máximas. La moralidad fue tema exclusivo de la filosofía de Sócrates, pese a que practicaba la fornicación. El gran discípulo de Sócrates, Platón, enaltecido como un ejemplar perfecto de virtud, enseñó que era honroso mentir. Un modelo tan brillante de la excelencia pagana, Seneca, recomendó el suicidio, algo que él mismo finalmente efectuó.

Por otro lado, hombres como Samuel, Daniel, Pablo, Juan, entre otros, no sólo fueron portadores de las enseñanzas poderosas y transformadoras de la Palabra de Dios, pero también experimentaron susodicha transformación. Sus vidas fueron ejemplares, libros abiertos en los que se podían ver y apreciar el efecto que tiene la Palabra de Dios.

El efecto transformador que tiene las Sagradas Escrituras no estuvo limitado solamente a una época o para un grupo de personas exclusivamente. Dicho efecto aún está vigente. La Palabra de Dios todavía cambia vidas, y trabaja de la misma manera, nos cambia y nos transforma para llegar a ser todo lo que Dios quiere que seamos, y para lograr conseguir todo lo que Él quiere que consigamos. El Dios que nos la dio es el mismo ayer, hoy, y por los siglos (He 13.8), y también lo es Su Palabra, que permanece para siempre (Is. 40.8; 1P. 1.23, 25).

Si aún no has experimentado este efecto transformador, te invito a que, mientras lees este artículo, abras tu mente y tu corazón al mensaje que aquí expongo acerca de la Palabra de Dios, y a que permitas que Su poder, y el de Su Palabra, transformen para siempre tu vida.

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Los Escritores de la Biblia —como también muchos de los personajes acerca de los cuales ellos mismos escribieron— emplearon (siendo inspirados y dirigidos por el Espíritu Santo), en el momento de escribir y/o transmitir su mensaje, lo que la hermenéutica reconoce como Figuras Retóricas.

Este lenguaje figurado, como también se le conoce, consiste en usar palabras con un sentido distinto del propio, con el fin de enseñar algún principio de carácter espiritual, ético o moral que se debe aprender y que se tiene que aplicar en la vida, y en el diario vivir.

Una de esas figuras es la metáfora, en la que se busca y se utiliza alguna semejanza que exista entre dos objetos o hechos, para caracterizar el uno con lo que es propio del otro.

Por ejemplo, Cristo dijo que Él es la vid verdadera. La vid comunica vida a los pámpanos para que lleven uvas. Cristo comunica vida y fuerza a los creyentes para que lleven frutos del cristianismo. Cristo, además dijo ser la puerta, el camino, el pan vivo. De los creyentes dijo que son la luz, la sal. Y estos son sólo algunos ejemplos de lo que es una metáfora.

Con este conocimiento en mente, podemos ahora proceder a descubrir e investigar lo que es la Palabra de Dios, y con lo que los escritores de la Biblia la comparan.

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La Palabra de Dios es como el agua, que limpia

“¿Con qué limpiará el joven su camino?
Con guardar tu palabra.”

“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.”

“(…) Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.”

(Sal. 119.9; Ez. 36.25; Ef. 5.26),

y quita la sed

“A todos los sedientos: Venid a las aguas (…).”

“He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré (…), no (…) sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.”

(Is. 55.1; Amós 8.11).

El Espíritu Santo y la Palabra de Dios son los responsables de efectuar el nuevo nacimiento en el alma perdida (Jn. 3.5; Tit. 3.3-7; Stg. 1.18; 1P. 1.23; Ef. 4.25-27). El Espíritu Santo aplica el poder regenerador de la Palabra (2 Ts. 2.13), e imparte vida al alma muerta en delitos y pecados (Ef. 2.1, 5). Ambos, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, son comparados con agua (Juan 3.5; 7.38 -39).

Así como el agua limpia lo sucio, la Palabra de Dios limpia la conciencia, el alma y el espíritu (Sal. 119.9; Jn. 15.3; 17.17; Ef. 5.26) de aquellos que le entregan sus vidas al Autor del Sagrado Libro y reciben Su Palabra (1Ts. 2.13).

El pecado ensucia lo mismo el interior como el exterior del individuo que lo practica y es su esclavo. Contamina tanto su cuerpo como su espíritu (2 Co. 7.1).

La Biblia menciona tres elementos que actúan como detergentes espirituales para limpiar, quitar y borrar la mancha del pecado y anular su efecto:

1) la sangre de Cristo (1Jn. 1.7; Ap. 1.5; 7.14)

2) el Espíritu Santo (1Co.  6. 11)

3) la Palabra de Dios (Jn. 15.3; 17.17)

Los tres trabajan conjuntamente, pero, también, cada uno se especializa en un área distinta en relación a combatir el pecado.

1) La sangre de Cristo obra radicalmente el día que el Espíritu Santo, conjuntamente con la Palabra de Dios, efectúa el nuevo nacimiento (Jn. 3.5). Y lo que hace es que rompe (pudre) el yugo (1Jn. 3.5, 8) que ata al hombre como esclavo del pecado (Ro. 6.16; 2P. 2.19). Lo liberta de su poder (Ro. 6.6, 12-14, 18, 20, 22) y lo limpia de su culpabilidad (He. 9.14; Ro. 3.22-26; Hch. 13.38-39; Ro. 8.33-34; 5.8-9; 3.24; 5.1; 4.6-8, 24-25), haciéndolo libre de su esclavitud así como de su contaminación.

2) El Espíritu Santo surte el nuevo nacimiento aplicando el poder resucitador de la Palabra de Dios (Stg. 1.18) y el poder libertador y purificador  de la sangre de Cristo (1Co. 6.11), y nos limpia con Su presencia (Tito 3.3-6), morando en nosotros. El Espíritu Santo mora en vasos limpios. Él nos santifica y nos redarguye de pecado para evitar que nuestras conciencias se cautericen, y para señalarnos lo malo que hemos hecho, y llevarnos delante de Dios arrepentidos.

3) La Palabra de Dios nos resucita, y nos limpia radicalmente del pecado. Pero, como estamos en un cuerpo que aún no ha sido redimido o transformado (Ro. 8.23), y estamos expuestos  a nuestra propia concupiscencia (Stg. 1.13-15), a veces pecamos (1Jn. 1.8-10; Stg. 3.2), y nos ensuciamos parcialmente (Jn. 13.10).

La Palabra de Dios es semejante al agua que Jesús uso para lavar los pies de los discípulos; nos lava de aquellos errores, faltas, caídas —pecados con los que regularmente ofendemos a Dios y a nuestros semejantes. Cada vez que abrimos las páginas del Sagrado Libro encontramos esas amonestaciones que nos redarguyen y nos ordenan a corregir nuestra conducta, nuestras actitudes hacia Dios y hacia los demás. Y la Palabra, una vez leída y aceptada, trabaja como el agua, lava la suciedad del alma y de la conciencia. ¡Qué hermoso es tener un Libro que surte semejante efecto!

La Palabra de Dios es también como un refrigerio, refresca el alma cansada y sedienta (Amós 8.11).

Así se encontraba la mujer samaritana, cansada de buscar amor, adulterando una y otra vez, sin encontrar el cariño que calmara su sed de ser amada. Hasta que se encontró con Jesús, quien le ofreció de Su agua (Jn. 4.10), de aquella que salta para vida eterna (vrss. 13-14). Las palabras que el Señor le habló fue el refrigerio que satisfizo su sed de amor.

¿¡Quién no se ha sentido así, y ha abierto la Biblia para encontrar Palabra que ha traído consuelo, fortaleza, gozo, paz, amor!? Su Palabra ha sido aguas en el desierto, y torrentes en la soledad (Is. 35.6b; 41.18; 43.19b).

Esta agua es gratuita (Is. 55.1-3; Ap. 21.6; 22.17). Solo hay que venir a Jesús, creer en Él y entregarle nuestras vidas; y Él nos dará de esa agua, que es la Palabra de Dios.

De una misma fuente fluyen dos corrientes. Las palabras del Señor fueron como agua para la samaritana (Jn. 4.7-40). Pero en esa palabra hablada por Jesús, también hubo una oferta para esta mujer y para todos los que están sedientos: el don de Dios (v. 10). ¿Cuál es el don de Dios? Jesús mismo lo explica en Juan 7. 37-39. Es el Espíritu Santo, la promesa del Padre (Hch. 1. 4-5; 2.33; Lc. 24.49; Jn. 14.16), que recibirían los que creyesen en Él (Ef. 1.13).

Al comienzo de este artículo dije que en la Escritura el agua se usaba como símbolo para ambos: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Ambos regeneran (Tit. 3.5), causan el nuevo nacimiento (Jn. 3.5), y calman la sed (Amós 8.11; Jn 7.37-39). La mujer samaritana recibió la primera porción de agua: la palabra hablada de Jesús. Después, en el día de Pentecostés, recibiría la segunda porción: el Espíritu Santo (Hch. 2. 1-4); “pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7.39b).

A nosotros se nos ofrece la fuente (Cristo) con las dos corrientes fluyendo: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Solamente tenemos que aceptar la invitación del Señor: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7.37b), y decirle como la mujer samaritana: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed (…)” (v.15).

(Este es un de mi mini-libro digital (eBook) La Palabra de Dios… ¿¡Con Qué Se Puede Comparar!?)

agosto 4, 2016 Posted by | Misceláneas | 2 comentarios

El Poder Espiritual Del Sexo

 

Demonio y Sexo (m)El sexo fue “inventado” por Dios. El propósito principal por el cual Él lo creó fue para procrear: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra (…)” (Génesis 1.28). Este fue el propósito principal. De no ser así, ni tú ni yo estaríamos en el planeta. A través del sexo es que la raza humana pudo y puede aún multiplicarse.

Pero, en su omnisciencia, Dios sabía que sería una “tarea” tediosa tener sexo solo para multiplicarse. Y, en su bondad, añadió un ingrediente para que procrear no fuera solo un deber, sino también un placer. Y por eso permitió que el sexo sea también para producir y obtener placer mutuo entre las parejas: “Y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre (Pr. 5. 18b-19).

Ahora bien, este placer no quedó limitado solo al acto de procrear. ¿Te imaginas si cada vez que las parejas desearan tener sexo existiera la obligación y la responsabilidad de tener hijos? No muchos se casarían, por lo menos en la actualidad. Por eso el “invento” de Dios no está limitado a la procreación.

No obstante, este placer no nos ha sido otorgado para experimentarlo sin ningún compromiso. Es decir, no es solo para excitarse y tener un orgasmo o clímax. Este placer Dios lo diseñó para cultivar y fomentar intimidad entre las parejas casadas: “pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1Co. 7. 2-5).

Parte del poder espiritual que el sexo tiene es el de unir, ligar o pegar entre sí las almas de las personas que lo practican: “Salió Dina la hija de Lea, la cual ésta había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país. Y la vio Siquem hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró. Pero su alma se apegó a Dina la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella. Y habló Siquem a Hamor su padre, diciendo: Tómame por mujer a esta joven. Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer” (Génesis 34. 1-4, 8).

Es por eso que Dios solo permite el sexo entre parejas casadas. Dios estableció el sexo dentro del marco del matrimonio. “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios (He. 13.4). Tener sexo fuera del matrimonio es violar los parámetros sagrados establecidos por Dios. El sexo es puro solamente cuando se practica dentro del matrimonio. Cada vez que la Biblia menciona la palabra inmundicia en relación al sexo, se está refiriendo a la fornicación y/o al adulterio, o a cualquier otra práctica que viola la pureza del sexo reservado para el matrimonio: “(…) han pecado, y no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia que han cometido” (2Co. 12.21). “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia (…)” (Gá 5.19). “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Ef. 5.3).

Indiscutiblemente que la unidad íntima de una pareja comienza con el matrimonio, y no meramente con el acto sexual. Desde el principio Dios había dicho: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2.24). Pero es obvio que el sexo forma parte de esta unión. De no ser así, Dios no lo hubiera incluido.

Debe agregarse que el sexo tiene el poder de unir a las parejas aun fuera del vínculo del matrimonio. La diferencia entre el sexo marital y el sexo extramarital estriba en que en el primero, el esposo y la esposa se convierten en una sola carne bajo la bendición de Dios; mientras que en el segundo, las parejas se convierten en una sola carne bajo la maldición de Dios.

En ambos casos el acto sexual crea un vínculo, sea para bien o para mal. Esto depende de si este vínculo toma lugar en una relación con las condiciones correctas, basado en un compromiso de amor demostrado y comprobado por el compromiso del matrimonio, y una búsqueda de verdadera intimidad arraigada en una base de entrega y lealtad mutua.

El hecho de que el sexo ocupe un lugar importante en el matrimonio no significa que esté verdaderamente cumpliendo con el propósito de Dios de juntarlos y hacerlos una sola carne. Aunque el vínculo inicial que conlleva a convertir a una relación en una sola carne puede formarse durante el primer encuentro sexual que una pareja tenga, la plenitud de lo que Dios quiere hacer en lo relacionado a una sola carne toma tiempo. Tienen que convertirse en una sola carne. Y esto, como se dijo, viene como consecuencia del compromiso de entrega y lealtad que se hizo (y que se observa) durante el matrimonio.

Una prueba indubitable que puede demostrar que el sexo puede convertir a una pareja en una sola carne es el acto de la concepción, el embarazo de una mujer y el nacimiento de un bebé. Tómese en cuenta que esta criatura se forma en el vientre de la madre como consecuencia de la unión entre el espermatozoide del hombre y el óvulo de la mujer. Y de esta unión surge un ser que porta los genes de ambos padres. Es tanto así, que el bebé no solo puede heredar los rasgos físicos de sus progenitores, pero también las enfermedades y defectos congénitos. Hasta este nivel llega el alcance del sexo.

Debido a la capacidad que el sexo tiene de unir a las personas entre sí, el sexo, además, tiene el poder espiritual de transmitir los pecados, las adicciones, las contaminaciones e inmundicias, y hasta las ataduras o esclavitudes espirituales de una persona a otra.

El apóstol Pablo nos arroja más iluminación para entender mejor este concepto. En 1Co. 6.16 él escribió: “¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.”

Nótese claramente como la unión sexual tiene la implicación de convertirnos en una sola carne aun cuando nosotros no tengamos la intención de llegar a ese fin. Como es el caso del que Pablo habla, en donde el individuo que se acuesta con una ramera buscando solamente satisfacer sus deseos sexuales, es vinculado, a través del acto sexual, con la práctica de esa mujer y con lo que ella es. Es decir, el sexo que tuvo lo convierte en participante de todas las fornicaciones de las que la ramera participó, y traspasa todas las contaminaciones de la ramera hacia él. Es como si éste sujeto hubiera fornicado con todos los hombres con los que la ramera fornicó. Realmente, en términos espirituales, esto, literalmente, es así.

Este concepto es válido inclusive en la ciencia médica, y desde un ángulo meramente físico. Enfermedades como la sífilis, la gonorrea, el HIV son transmitidas por la unión sexual. De la misma manera, como Pablo dice, los pecados y la basura espiritual de una persona puede ser transmitida “espiritualmente” a otra persona a través de la unión sexual.

La ciencia médica también advierte de los efectos —a largo alcance— que puede tener el sexo, de cómo una persona puede desarrollar HIV hasta cinco o diez años después de haberlo practicado con otra que haya sido portadora del virus. Hay también registros médicos de mujeres con cáncer cervical por practicar sexo con múltiples parejas sin protección —cómo el semen de diferentes hombres puede causar este mal.

De la misma manera, el sexo —practicado fuera de la voluntad de Dios— puede causar enfermedades de carácter espiritual. Como el ejemplo de la ramera que el apóstol Pablo presenta.

Empero, este otro o segundo poder espiritual que el sexo tiene no se limita a funcionar solamente entre personas que fornican y adulteran. Aun entre personas casadas puede surtir el mismo efecto, puesto que no solamente se trata de tener relaciones extramaritales, sino, además, de tener relaciones sexuales con la persona equivocada. Por eso la Biblia nos advierte acerca del yugo desigual: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2 Co. 6.14-15).

Un cristiano que se casa con un impío se expone a experimentar este tipo de contaminación. No obstante, una persona que estando casada se convierte a Cristo, aunque su compañero(a) no se haya entregado a Dios, esta persona tiene el poder, otorgado por Dios, de evitar que las trabas o cadenas espirituales de su compañero(a) aún no cristiano(a) les sean transmitidas: “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos” (1Co. 7.13-14).

El mero hecho de haberse entregado a Cristo crea un círculo de protección a favor del cónyuge creyente. No obstante, esto no quiere decir que el cónyuge incrédulo o los hijos no creyentes sean salvo; la salvación es individual y se adquiere por medio de la fe en la obra redentora de Cristo —no se traspasa de una persona a otra. Sino que Dios bendice el hogar, independientemente de los incrédulos que el él habiten, por causa del creyente que mora en él. Hay bendiciones sobre la cabeza del justo” (Pr. 10.6a).Por la bendición de los rectos la ciudad será engrandecida” (Pr. 11.11a). Parte de la bendición del justo es su protección espiritual: “mas líbranos del mal” (Mt. 6.9), El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende (Sal. 34.7), Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro” (Sal. 91.4a); y a veces su protección física: El te librará del lazo del cazador, de la peste destructora…Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará” (Sal. 91. 3, 7).

Por eso es sumamente importante tener cuidado con la clase de personas que dejamos entrar en nuestros corazones y en nuestros cuerpos. Ya que el sexo no es solamente un intercambio corporal, pero también un intercambio espiritual. Es una poderosa puerta que puede abrirse para darle entrada no únicamente a los pecados y a la contaminación de las otras personas, pero también a sus demonios, logrando que se alojen en tu templo (cuerpo), en tu hogar, en tu círculo familiar. Y de la misma manera que las tienen a ellas esclavizadas y destruidas, te esclavicen y te destruyan a ti también. Esta es la razón por la que muchas personas quedan adictas a otras, y a sus vicios. Las ataduras espirituales que obtuvieron por medio de las relaciones sexuales esclavizan sus almas y las mantienen atadas a esos hombres o mujeres, a los hombres o mujeres de la misma calaña, y a los espíritus de las tinieblas que los siguen a ellos/ellas.

Tanto así, que aun después de haber terminado con una relación enfermiza y destructiva, tales personas quedan y permanecen atormentadas espiritualmente. Las parejas se separan, pero los demonios que permitieron entrar —a través de una relación sexual— quedan habitando en sus contornos y en sus vidas.

Este también es el motivo por el que muchas personas atraen la misma clase de gente a sus vidas después de haber salido de una relación disfuncional. Es por causa de ese demonio conocido (pues ya sabe quiénes son ellos/ellas) que la pareja o el cónyuge anterior les dejó.

septiembre 29, 2015 Posted by | Misceláneas | 3 comentarios

Sentado En Los Lugares Celestiales… ¡la posición desde donde operamos!

realistic planet earth in space“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6. Versión Reina-Valera 1960).

De lo que este pasaje bíblico habla es de nuestra posición en Cristo; el lugar espiritual en donde Él nos puso. Ahora bien, en tiempo real nuestros pies están aquí, sobre la faz de la tierra. Pero el verso dice que estamos sentados en el cielo con Jesús. ¿Cómo, pues, podemos explicar esto? Lo que esto quiere decir es que esta vida cristiana que vivimos aquí en la tierra, en este cuerpo, opera desde los lugares celestiales, de arriba hacia abajo; tiene su origen en el cielo. Lo que ocurre en los lugares celestiales se manifiesta —o lo manifestamos— aquí en la tierra.

La vida nueva es una vida divina; es decir, proviene de Dios. Es una vida sobrenatural; es la vida de Cristo. “Ya no vivo yo mas vive Cristo en mí” (Ga. 2.20). Cristo tiene su trono en el cielo; estamos sentados con Él en el cielo. Su vida se manifiesta desde el cielo en nosotros y a través de nosotros aquí, en la tierra. Eso es lo que dice el verso seis, que Dios nos dio vida y nos sentó con Cristo en los lugares celestiales, y desde ahí funcionamos espiritualmente.

Todo lo que somos y lo que recibimos para ser y hacer viene desde el lugar en donde estamos sentados con Cristo. Ese es el cuartel general y el almacén espiritual del cristiano. Cuando estábamos muertos en delitos y pecados, estábamos en la tierra; ahora estamos vivos desde el cielo. Es como la televisión vía satélite. El televisor está aquí, en la tierra, pero la transmisión viene del espacio, del cielo, a través del satélite que, desde allá, envía la señal digital, y el televisor la recibe aquí.

¿Quieres un ejemplo bíblico? Jesús dijo que todo lo que atemos en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatemos en la tierra, será desatado en el cielo (Mt. 18.18).

Independientemente del significado que pueda tener ‘todo’, atar y desatar tiene que ver con la autoridad que el cristiano puede ejercer aquí en la tierra, que le es otorgada desde el cielo. Es decir, nuestra actividad cristiana terrenal está conectada con la actividad espiritual que ocurre en los lugares celestiales. Lo que podemos hacer aquí es aprobado en el cielo porque desde allí fue que Dios lo predispuso.

Otro ejemplo:

La Biblia dice que somos reyes y sacerdotes. Ahora bien, ¿hay algún cristiano, miembro de una iglesia, que tiene un cetro en su mano derecha, una corona en su cabeza, y que está vestido con ropas reales, y está sentado en un trono, y está encargado de alguna ciudad o país? Fíjese que la Biblia dice que ‘somos’ reyes y sacerdotes; no dice que seremos reyes y sacerdotes.

¿Cómo es esto?

El rey era el encargado de que al pueblo se le enseñara la Palabra de Dios. El sacerdote era el responsable de ofrecer sacrificios de expiación por los pecados del pueblo y traer ofrendas de adoración. Rey simboliza autoridad, ley. Sacerdote simboliza adoración. La iglesia es responsable de ambas cosas; de enseñar la Palabra y de llevar al pueblo a la adoración a Dios.

Esto que ahora hacemos desde un carácter espiritual, un día cobrará sentido literal o visible y tangible. Lo que ahora hacemos sin cetro y corona, un día lo haremos con cetro y corona. Estaremos encargados de hacer lo que ahora hacemos en la iglesia durante el milenio; y después, en el mismo cielo.

Así que si la Biblia dice que somos reyes y sacerdotes, lo somos. Si también dice que estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo, lo estamos. Simplemente estamos operando nuestra vida cristiana en un lugar temporario. Nuestra capital está en los cielos.

La Biblia dice que nuestra ciudadanía está en los cielos; que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra. Que pongamos la mirada en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Que busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col. 3. 1-2). ¿Sabes por qué? Porque arriba es que está el lugar celestial en donde estamos sentados  juntamente con Cristo.

Dios no nos sentó en los lugares celestiales con Cristo para que vivamos una vida inferior a la que Él diseñó para nosotros: la vida nueva, la vida de Cristo.

febrero 5, 2015 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Misceláneas | 5 comentarios

¿Puede Un Cristiano Morir Antes De Tiempo?

 

Lápida

Es obvio que una persona que vive un estilo de vida desordenada puede acortar sus años de vida. El individuo que incurre en el uso habitual y excesivo de drogas y alcohol es un buen candidato para morir antes de tiempo. Los mismos fabricantes de cigarrillos advierten al consumidor que fumar puede causar cáncer. Esto implica que quienes no fuman, no sólo pueden vivir más saludables, pero también pueden vivir por más tiempo. Aun el comer indebidamente —alimentos altos en grasa animal o saturada, azúcar refinada, sodio, embutidos, etc. — pueden producir enfermedades incurables como la diabetes, enfermedades del corazón, osteoporosis, cáncer, hipertensión arterial, entre otras, que pueden terminar con la vida de quienes la padecen.

Bíblicamente, en el ámbito espiritual sucede igual. La gente de Dios puede morir antes de tiempo.

Previo a la amplificación de este tópico, quiero mencionar que los malos, o los impíos (los pecadores, los que aún no han rendido sus vidas a Jesús), también pueden morir prematuramente. Las siguientes citas bíblicas pueden  demostrar la veracidad de este asunto.

“No hagas mucho mal, ni seas insensato; ¿por qué habrás de morir antes de tu tiempo?” (Ecl. 7:17).

“¿Quieres tú seguir la senda antigua que pisaron los hombres perversos, los cuales fueron cortados antes de tiempo (…)?”(Job 22:15-16a).

“No confíe el iluso en la vanidad, porque ella será su recompensa. El será cortado antes de su tiempo (Job 15: 31-32).

Estos pasajes explican por qué los impíos pueden morir antes de tiempo: por hacer el mal. Ahora bien, no sólo los malos pueden morir antes de tiempo, también los buenos pueden morir antes de tiempo, pero por razones diferentes: por no hacer lo que Dios ordena que tienen que hacer, por hacer lo que Él dice que no tienen que hacer, por manejar incorrectamente, desaliñadamente o irreverentemente las cosas divinas, o por cometer algún pecado aberrante. Todas estas acciones se pueden resumir en una de estas palabras: desobediencia, rebelión, irreverencia, profanación.

Un ejemplo de no hacer lo que Dios dice que tenemos que hacer, es lo que dijo Jesús: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará (…) “(Jn. 15:2). La frase “en mí” claramente indica que el Señor se está refiriendo a los que creen en Él, a sus seguidores. El Señor amplificó lo dicho en este verso en la parábola de la higuera estéril:

6 Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló.

7 Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra?

8 Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone.

9 Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después. (Lc. 13: 6-9).

A veces Dios quita —o corta: término bíblico para referirse a matar o quitar la vida [véase Lv. 17:14; 22: 3; Ez. 14: 7-8]—de la tierra al cristiano que no lleva fruto para Él, más bien, y como dice el verso siete, “inutiliza también la tierra” (sirve de mala influencia a los demás dándoles mal ejemplo, además de agotar los recursos que otros pueden aprovechar); tampoco cumple el propósito para el que Dios lo llamó, y como dice Santiago 4.17: “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.” Y la paga del pecado [para el redimido] puede ser muerte física.

El Pecado De Muerte: Qué Es, Y Quiénes Lo Cometen.

Otras veces Dios quita la vida al cristiano que hace algo que ofende tanto a Dios, o que tiene una conducta que sirve de tropiezo a la iglesia, que Él prefiere abreviar la vida a esa persona; decide que no merece estar más tiempo en la tierra. Esto es a lo que parece referirse Juan, y a lo que él llama pecado de muerte. Un pecado que quien lo comete provoca que Dios le aplique la muerte como disciplina drástica. Dios le perdona el pecado, pero no le permite vivir más sobre la tierra. Un hecho trágico, ya que esa persona, de no haber asumido esa conducta, hubiera vivido más tiempo, teniendo otras oportunidades de servir a Dios, de llevar más fruto, y de, al final, alcanzar mayor recompensa. El cristiano que muere antes de tiempo, independientemente de la causa por la que esto suceda, pierde el privilegio y la oportunidad de recibir mayor galardón en el día del tribunal de Cristo, el día de las recompensas.

“Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte” (1 Juan 5: 16-17).

Debe inferirse que el individuo que comete cualquiera de estas dos clases de pecado —el que no es de muerte y el que lo es— tiene que ser cristiano, ya que Juan se refiere a él como hermano. También debe entenderse que Juan hace alusión a muerte física como castigo inmediato por la grave ofensa cometida, y no a muerte espiritual o eterna. Esto fácilmente se puede deducir considerando lo que él mismo dice: Toda injusticia es pecado.” A lo que Pablo añade: “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). La paga del pecado del que Juan menciona no puede ser muerte espiritual ni eterna (como la que describe Pablo), ya que es bien sabido que ser cristiano no garantiza que nunca vayamos a pecar. El mismo Juan lo implica cuando dice Si alguno viere a su hermano cometer pecado (1 Jn. 5:17). Y, en otra parte, Juan también dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Jn. 1: 8, 10). En el verso 9 de este mismo capítulo, Juan nos exhorta a confesar nuestros pecados, implicando, como ya él lo dijo en los versos anteriores, que los cristianos aún podemos pecar. A lo que Eclesiastés añade: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque (Ec. 7:20).

Si cada vez que el cristiano peca muere espiritualmente (ni mencionar morir eternamente), nunca sería salvo, puesto que son muchas las faltas que cometemos en lo que llegamos a una edad espiritual madura en la que la tendencia a pecar es conquistada; además, el sacrificio de Cristo sería en vano, ya que la Biblia dice que Él murió una sola vez por el pecado.

“Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos (…) para salvar a los que le esperan” (He. 9:28).

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, (…) para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18).

¿Has pensado alguna vez en el hecho de que Cristo murió una sola vez (de una vez por todas) por todos nuestros pecados cuando tú y yo aún no habíamos nacido? El poder de Su sacrificio no solo borra los pecados del pasado, sino que Su sangre tiene poder para limpiar los pecados del futuro —las faltas que mañana tal vez tú y yo podamos cometer. Los pecados que cometimos en el pasado, un día fueron los pecados del futuro, cuando todavía no los habíamos cometido. Si Él solo perdonara los pecados de hoy, mañana no seríamos salvos.

Un ejemplo de muerte física como disciplina drástica por cometer un pecado considerado grave o intolerable, es el que está registrado en:

1 Corintios 11: 27-34.

27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

31 Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados;

32 mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.

33 Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros.

34 Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio.

La Santa Cena —la Última Cena, la Cena del Señor; u otros nombres con los que se conoce— había sido instituida por Jesús en memoria de Su muerte: “Haced esto en memoria de mí” (Lc. 22:19c; Mt. 26: 26-28). Quienes la celebramos y participamos de ella, anunciamos al mundo la muerte de Jesús “hasta que él venga” (1 Co. 11: 26).

En la iglesia de los corintios, muchos no supieron discernir la solemnidad de este evento ni la seriedad con la que se debía proceder para participar en esta Santa Celebración, y profanaban este acto mediante una conducta irreverente y mundana. Trataban la Cena del Señor como una comida cotidiana o corriente; no comían en sus casas, sino que esperaban el momento de congregarse para venir a mitigar el hambre usando los elementos de la Cena, el pan y el vino (11: 20-22). No tomaban en cuenta el propósito por la que la Cena había sido instituida ni a la Persona que la había instituido. El apóstol Pablo les reprendió: “Esto no es comer la cena del Señor” (v. 20).

Pero esta no era la única falta que los corintios cometían. Entre ellos había divisiones, y no las confesaban; tampoco se arrepentían a la hora de acercarse a participar de la Cena (v. 18). Pablo les advirtió que actuando así solo se congregaban para lo peor, para recibir castigo [juicio] (vs. 17, 34).

Sumada a la reprensión y a la advertencia de Pablo, está lo que él también dice en el verso 30: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.” Estas eran —y son— las consecuencias de haber tomado la Cena indignamente.” Unos habían enfermado y debilitado físicamente, y otros habían muerto.

En la Biblia, la palabra que frecuentemente se usa para referirse a la muerte del cristiano es dormir. Jesús la empleó cuando Lázaro murió:

11 Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle.

12 Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará.

13 Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño.

14 Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto. (Lc. 11:11-14)

En la iglesia de Corinto muchos de sus miembros murieron antes de tiempo por tomar la Cena del Señor indignamente, por profanar las cosas sagradas de Dios, esto es, por cometer un pecado de muerte. Esta debe ser una solemne advertencia para los que quedamos vivos, para que rindamos la debida reverencia a los asuntos divinos.

Entonces, hay pecadores que mueren antes de tiempo por hacer mucho el mal. Pero también hay cristianos que mueren antes de tiempo por hacer las cosas mal o por no hacer las cosas buenas que deben hacer.

“El temor de Jehová aumentará los días; Mas los años de los impíos serán acortados (Pr. 10:27).

Ejemplos de hombres malos que murieron antes de tiempo.

  1. Los hijos del profeta Elí.

1 Samuel 2: 12-25, 29, 34; 4:11.

12 Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová.

17 Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová.

22 Pero Elí era muy viejo; y oía de todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.

23 Y les dijo: ¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes.

24 No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová.

25 Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? (Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Juan 5:16b) Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir.

29 ¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?

34 Y te será por señal esto que acontecerá a tus dos hijos, Ofni y Finees: ambos morirán en un día.

11 Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees.

De acuerdo a los versículos 17 y 29, los hijos de Elí profanaban y menospreciaban los sacrificios y las ofrendas que el pueblo le ofrecía a Dios. El verso 22 menciona como fornicaban con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo; y como inducían —por medio del ejemplo— a la gente a hacer lo mismo (v. 24).  Esto desagradó tanto a Dios, que Él les quitó la vida. La maldad de ambos los llevó a que murieran antes de tiempo.

  1. Saúl.

(1 Crónicas 10: 4, 13-14)

Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada y traspásame con ella, no sea que vengan estos incircuncisos y hagan escarnio de mí; pero su escudero no quiso, porque tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó la espada, y se echó sobre ella.

13 Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina,

14 y no consultó a Jehová; por esta causa lo mató, y traspasó el reino a David hijo de Isaí.

Fíjese que el verso 14 dice que Dios fue quien lo mató. Sin embargo, el verso 4 dice que Saúl se suicidó. ¿Alguna contradicción? No. ¿Cómo pues armonizamos las dos declaraciones?

A principio de su reinado, después que Saúl se había rebelado contra Dios, es decir, no había hecho las cosas según Dios las había prescrito (ver 1 S. 15: 23b- 24), y Dios lo había desechado, Dios le enviaba un demonio para atormentarlo (ver cp. 16: 14). Tal parece que después de Dios decidir que Saúl no era útil para nada, Dios le envió el mismo espíritu (demonio) para que éste sembrara en la mente de Saúl pensamientos suicidas, y así quitarlo de en medio, irónicamente, usando (Saúl) sus propios métodos, sus propias manos y su espada.

Fue por un espíritu malo que Saúl trató de matar a David (1 S. 18: 10-11; 19: 9- 10). Si fue por este espíritu que Saúl trató de matar a David, ¿no podía Dios usar el mismo método para matar a Saúl, haciendo que, en vez que esta vez tratara de matar a David, se matara a sí mismo?

Saúl murió antes de tiempo por haberse rebelado contra Dios, por no hacer las cosas de acuerdo a como Dios se las había dicho.

Ejemplos de hombres buenos que murieron antes de tiempo.

  1. Moisés y Aarón.

Números 20: 7-13, 22-29.

Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias.

Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.

10 Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?

11 Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias.

12 Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.

13 Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos.

22 Y partiendo de Cades los hijos de Israel, toda aquella congregación, vinieron al monte de Hor.

23 Y Jehová habló a Moisés y a Aarón en el monte de Hor, en la frontera de la tierra de Edom, diciendo:

24 Aarón será reunido a su pueblo (puede referirse tanto al sepulcro como al lugar de descanso o paraíso), pues no entrará en la tierra (pues Dios le quitará la vida) que yo di a los hijos de Israel, por cuanto fuisteis rebeldes a mi mandamiento (este es el pecado que causó su deceso) en las aguas de la rencilla.

25 Toma a Aarón y a Eleazar su hijo, y hazlos subir al monte de Hor,

26 y desnuda a Aarón de sus vestiduras, y viste con ellas a Eleazar su hijo; porque Aarón será reunido a su pueblo, y allí morirá.

27 Y Moisés hizo como Jehová le mandó; y subieron al monte de Hor a la vista de toda la congregación.

28 Y Moisés desnudó a Aarón de sus vestiduras, y se las vistió a Eleazar su hijo; y Aarón murió allí en la cumbre del monte, y Moisés y Eleazar descendieron del monte.

29 Y viendo toda la congregación que Aarón había muerto, le hicieron duelo por treinta días todas las familias de Israel.

El hecho de que Dios no les permitiera ambos entrar a la tierra prometida (vs. 12) por causa de su rebelión (vs. 24), implica que si ellos hubieran obedecido a los mandamientos de Dios, sus vidas hubiesen sido prolongadas.

Deuteronomio 34.4-5.

Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá.

Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová.

Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.

Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.

Nótese que el verso siete destaca que la condición física de Moisés era óptima, “sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.” En aquellos tiempos, la edad de 120 años se consideraba como una edad muy joven. Esto claramente indica que Moisés murió antes de tiempo. Moisés cumplió en parte el propósito de Dios, pero no pudo entrar al pueblo de Dios, ni a sí mismo, a la tierra prometida, y esto era parte en el plan de Dios.

Muchos cristianos cuyos cuerpos yacen en los sepulcros y sus almas están en el cielo, no completaron a cabalidad el propósito que Dios había diseñado para sus vidas, por cuanto murieron antes de tiempo.

  1. Uza.

Números 4: 5,15.

Cuando haya de mudarse el campamento, vendrán Aarón y sus hijos y desarmarán el velo de la tienda, y cubrirán con él el arca del testimonio;

15 Y cuando acaben Aarón y sus hijos de cubrir el santuario y todos los utensilios del santuario, cuando haya de mudarse el campamento, vendrán después de ello los hijos de Coat para llevarlos; pero no tocarán cosa santa, no sea que mueran. Estas serán las cargas de los hijos de Coat en el tabernáculo de reunión.

1 Crónicas 13: 9-10.

Pero cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban.

10 Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios.

Según los versos 5 y 15 del capítulo 4 de Números, Aarón y sus hijos cubrirían el arca a la hora de mudarla de sitio, y los hijos de Coat la cargarían con varas. El arca tenía unos anillos adheridos por los lados por donde se introducirían estas varas (Éx. 25: 10-15; 37: 1-5). La intención de introducir estas varas era para no tocar el arca mientras era trasladada de lugar, ya que el arca representaba la santa presencia de Dios en medio de Su pueblo.

De acuerdo a 1 Crónicas 13, David se propuso trasladar el arca a Jerusalén. Los versos 9 y 10 dicen que Uza tenía temor de que el arca cayera en tierra e hizo lo que no le correspondía ni tenía que hacer —tocar el arca, cargarlo con sus manos— y murió. A pesar de que su intención era buena, a Dios no le agradó por cuanto violaba las instrucciones que Él había dado anticipadamente. Dios podía haber dejado que el arca cayera en tierra o podía haber enviado un ángel para que lo sostuviera, pero no toleraría que un humano la tocara.

A Dios no le gustó el gesto de Uza. La Biblia dice que somos colaboradores de Dios (1 Co. 3:9) —sus ayudantes. Pero tal parece que hay momentos en los que a Dios no se le debe ayudar, especialmente si ya Él lo ha prescrito así.

  1. Sansón.

Jueces, capítulos 13-16.

Sansón (solecito o pequeño sol) murió antes de tiempo por usar mal los privilegios que Dios le había otorgado y por no cumplir con el llamado y el propósito de Dios.

Según el libro de Jueces, el llamado de Dios para Sansón consistía en “(…) salvar a Israel de mano de los filisteos” (13: 5). El requisito que Dios había establecido para que Sansón cumpliera con este llamado era que él tenía que ser nazareo (Jue. 13: 5). Cuando una persona hacía el voto del nazareato, lo podía mantener hasta cierto tiempo, “hasta que sean cumplidos los días de su apartamiento a Jehová” (Nm. 6: 5b). En el caso de Sansón, Dios fue quien le impuso este voto, y Sansón tenía que ser nazareo “desde su nacimiento hasta el día de su muerte” (Jue. 13: 7b).

El nazareato era un voto que consistía en consagrarse a Dios, con el propósito de rendir un servicio especial (Nm. 6: 1, 8). El nazareo — el que había hecho el voto — no podía consumir bebidas alcohólicas, ni alimentos impuros, ni tener contacto con cadáveres, y no podía cortarse el cabello (Nm. 6: 3-6; Jue. 13: 4-5).

Dios había escogido a Sansón para salvar a Su pueblo de sus enemigos cuando todavía su madre no lo había concebido (Jue. 13: 3). Y aún antes de nacer, el llamado incluía el nazareato; tampoco su madre podía consumir bebidas alcohólicas o comer cosa inmunda (Jue. 13: 4, 7, 12-14).

Tratándose de que sería un solo hombre el que comenzaría a salvar a Israel de los filisteos, Dios dotó a Sansón con una fuerza física sobrenatural. Esta fuerza se la proveía el Espíritu de Jehová (Jue. 14: 6, 19). En una ocasión, Sansón mató un león con sus manos (14: 5-6). En otra oportunidad, él mató a mil hombres con una quijada de asno (Jue. 15: 15). La Biblia registra otras veces en las que Sansón usó de esta fuerza para hacer cosas sobrenaturales.

Pero Sansón comenzó a fallar cuando empezó a usar la fuerza que Dios le había dado (esto era un don divino para cumplir un propósito) para satisfacer sus intereses personales. Podemos mencionar la manera en la que se divertía haciendo alarde de su fuerza mediante el uso de mentiras (Jueces 16: 1-15). Y cómo, por su temperamento iracundo, mató a mucha gente, quemó los campos de los filisteos y arrancó las puertas de la ciudad; cosas que no tenían que ver con el propósito para el que Dios lo había elegido y para el cual lo había llamado. Podemos también incluir la sensualidad, por falta de dominio propio, que lo llevó a tener varias mujeres impropias: la mujer de Timnat, una mujer ramera, y Dalila (14.1; 16:1, 4).

Además de usar su fuerza de manera impropia, Sansón no cumplió con el voto del nazareato e hizo todo contrario al llamado y al propósito de Dios. Antes de su matrimonio tocó a un animal muerto, y lo ocultó a sus padres (Jueces 14:8-9), hizo un  banquete de bodas de siete días, en donde se supone que haya habido bebidas alcohólicas (Jueces 14:10), reveló el secreto de su fuerza, dejándose cortar el cabello —la señal de consagración a Dios (Jueces 16:19-20).

Todo esto le acarreo muy malas consecuencias. Su fuerza se convirtió en debilidad después que Dalila le cortó el cabello. Su luz (Sansón=pequeño sol) se tornó en oscuridad., pues los filisteos sacaron sus ojos. El libertador fue tomado como esclavo, y en vez de reírse de los demás, se convirtió en objeto de burla.

Jueces 16: 22 demuestra que Sansón hizo un nuevo pacto con Dios, un acto de reconciliación (dejarse crecer el cabello era señal del voto, esto lo comprueban los versos 28 y 30; tal parece que los filisteos olvidaron o descuidaron este detalle, quizás porque Sansón había quedado ciego). La recuperación de su fuerza demuestra la renovación de votos, pero solo para entregar su vida y sellarla con la muerte.

Sansón murió antes de tiempo por jugar con la bendición de Dios, y por no cumplir con Sus mandamientos.

  1. Los cristianos de Corinto.

1 Corintios 11: 27-34.

Como ya se explicó, muchos de los miembros de la iglesia de Corinto murieron antes de tiempo por cometer el pecado de muerte de tomar la Cena del Señor indignamente. (Véase arriba para detalles.)

  1. Los hijos que no honran a sus padres.

Éxodo 20: 12

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

Efesios 6:1-3

1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

2 Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

3 para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

Deuteronomio 5.16

Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da.

Proverbios 6:20-23.

20 Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre,  Y no dejes la enseñanza de tu madre;

21 Átalos siempre en tu corazón, Enlázalos a tu cuello.

22 Te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán; Hablarán contigo cuando despiertes.

23 Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, Y camino de vida las reprensiones que te instruyen.

Proverbios 30: 17

El ojo que escarnece a su padre Y menosprecia la enseñanza de la madre, Los cuervos de la cañada lo saquen, Y lo devoren los hijos del águila.

Proverbios 13.1

El hijo sabio recibe el consejo del padre; Mas el burlador no escucha las reprensiones.

Deuteronomio 27.16

Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre. Y dirá todo el pueblo: Amén.

Honrar al padre y a la madre va más allá de simplemente obedecer. Estar atentos a sus necesidades —aun cuando los hijos se hayan casado o se hayan independizado— es también parte del respeto que los hijos deben rendir a sus progenitores. No causarles afrenta ni oprobio tiene que estar en esta lista. Y podríamos continuar añadiendo muchas cosas más, pero esto se convertiría en un tema aparte del que estamos tratando.

Estoy seguro que la información bíblica provista es suficiente para demostrar que un hijo desobediente, o uno que deshonra a sus padres, tiene pocas probabilidades de vivir por largo tiempo. De todas maneras, un ejemplo a citar son los hijos de Elí, de quienes ya hemos comentado arriba, los cuales desobedecieron las reprensiones del padre, y murieron antes de tiempo.

  1. El cristiano que no lleva fruto.

Juan 15:2

Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.

Una de las verdades centrales de la Biblia es que Cristo, luego de habernos salvado, nos encomendó la misión de buscar y traer otros a Él; es el motivo por el cual, en vez de llevarnos al paraíso, nos dejó en la tierra. Y no solo nos dejó aquí, sino que nos equipó con talentos y dones espirituales para que podamos llevar a cabo esta gran obra.

Entre las cosas a las que la Biblia califica como fruto está, precisamente, el traer otros a Jesús o ganar almas (Jn. 4: 36; Ro. 1: 13; 16: 5), el carácter de Cristo (esto es lo que Gálatas llama el fruto del Espíritu, Ga. 5: 22-23), la santificación (Ro. 6:22), las ofrendas (Ro. 15: 26-28), las buenas obras (Col. 1: 10; Tito 3:14), el conocimiento de Jesús (2 P. 1:8).

Fallar en hacer lo que Dios quiere que hagamos —para lo cual Él nos ha equipado— y no cumplir con sus propósitos, nos coloca en la categoría del pámpano infructífero. Y la Escritura claramente dice que un pámpano estéril Dios lo quitará (cortará), algo que en el lenguaje bíblico indica que le quitará la vida, acortará sus días. Esto, en otros términos equivalentes, significa que morirá antes de tiempo. ¿Antes de qué tiempo morirá? Antes del tiempo de vida que le correspondía vivir.

Después de haber considerado esta lista de personas que la Biblia nos presenta, que, por las cosas que hicieron, o por la conducta que tuvieron, perdieron sus vidas antes de tiempo, quiero, como nota final, citar lo que la Escritura dice en 1 Corintios 10: 11:

“Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.”

Como cristianos, las cosas buenas o malas que hagamos —y las que no hagamos— pueden ser las que Dios use para determinar la longitud de nuestras vidas. Él puede extendernos los días de existencia o acortarlos. Tengamos en cuenta lo que estamos haciendo para Dios y para los demás, y de la manera en la lo estamos haciendo. No sea que en vez de Él decirnos: “Bien, buen siervo y fiel.” Más bien nos diga: “Siervo malo y negligente.” Y entonces se cumpla lo que dice Jeremías: “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová” (48:10a). Y esta maldición puede ser muerte física, morir antes de tiempo.

(Todas las citas han sido tomadas de la versión Reina Valera 1960; y las he transcrito en itálicas y en rojo para destacar los versos bíblicos del contenido del tema en discusión. Palabras en negritas, y subrayadas, las he añadido para dar énfasis.)

diciembre 1, 2014 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | 1 comentario

El Lado “Oscuro” De La Fe

El lado oscuro de la fe

El Lado “Oscuro” De La Fe

Generalmente, cuando disertamos o comentamos acerca de la fe que tenemos depositada en Dios y en Su Palabra, lo hacemos con la inclinación a creer que el resultado será siempre positivo, que si creemos en Dios y en las cosas que Él nos dice, todo nos saldrá bien. Alimentamos la esperanza de que Él está de nuestro lado, que nos dará las cosas que pedimos, y nos concederá la victoria en todas las luchas que tenemos, usando pasajes bíblicos tales como:

“(…) al que cree todo es posible” (M r.9.23).

“(…) todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Mr 11.24).

“(…) Y nada os será imposible” (Mt. 17.20).

La realidad es que todo esto es cierto, pero en parte, ya que la fe que tenemos puesta en Dios tiene también otro lado que no es tan popular, apreciado, citado, ni deseado. Y es el lado al que he preferido llamar “oscuro”, por lo difícil, sufrido, amargo, a veces trágico, que es. Es el lado de la fe del que casi no se predica desde el púlpito. La Iglesia moderna tiene el concepto de que la fe siempre obtendrá lo que desea, y lo obtendrá con creces, y en el presente. La verdad es que muchos cristianos fieles a Dios murieron sin obtener lo que deseaban, a pesar de que creían, luchaban y esperaban. Se fueron de este mundo sin lograr ver ni tocar lo que su fe profesaba. (Véase Hebreos 11.13, 39.)

En el capítulo 11 del libro a los Hebreos podemos encontrar una lista con los nombres de un grupo de personas que fueron capaces de realizar grandes hazañas, de obtener grandes victorias, y que consiguieron magnos galardones por medio de la fe. Nombres como el de Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, José, y Moisés, adornan esta lista (vv. 4-28). Podemos agregar los involucrados en el evento del Mar Rojo y los del gran suceso de la caída de los muros de Jericó (29 -30). La lista sigue con nombres como los de Rahab, Gedeón, Barac, Sansón, Jafté, David; así como los de Samuel y los profetas (31-32). Y los versos que continúan dicen de lo que estos fueron capaces de hacer:

“que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección” (vv. 33-35a).

Este es el concepto que tenemos de la fe. Una fe que, en muchas ocasiones, burla la muerte, vence a los enemigos, evade el peligro, logra lo que quiere y consigue lo que se propone.

No obstante la fe poder trascender a este nivel, esta no es la regla, sino la excepción, ya que, por más grande que esta sea (irónicamente, como un grano de mostaza), no todos los portadores de esta fe lograrán salir exitosos de todas las pruebas de fuego a las que podrían ser sometidos. Esto lo podemos apreciar regresando al capítulo 11 de Hebreos y observando lo que dice la segunda parte el verso 35, donde, a partir de aquí, la narración toma otro giro, y la historia, en vez de inspiradora, se vuelve trágica. La lista continúa enumerando “otra clase de personas.” Individuos que no corrieron con la misma dicha. De éstos, ni aún sus nombres se mencionan; y seguramente que el número de estos “otros” héroes de la fe es mayor que los del grupo cuyos nombres aparecen escritos. El relato continúa así:

“mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido (…)” (35b -40).

A pesar de todo lo que estas personas sufrieron, de estos héroes anónimos de la fe la Escritura dice que el mundo no era digno de ellos (v. 38). La Escritura continúa diciendo que, a pesar de que estos individuos calificaban para conseguir —debido a la fe que tenían— lo que se les había prometido, no lo recibieron (v. 40).

Tener fe en Dios no significa que siempre obtendremos lo que deseamos o esperamos. (Véase la entrada publicada el 1º de mayo, 2013, bajo el título: “Cuando La Fe No Funciona“.) En el relato bíblico de Hebreos 11, unos lo consiguieron, y otros “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (He 11.13).

Dios no siempre honrará la fe en este siglo; no lo hará todas las veces ni en todas las circunstancias. Empero, la eternidad con Él será la mayor recompensa con la que Dios honrará la fe que tenemos depositada en Él.

agosto 21, 2014 Posted by | Fe | 2 comentarios

¿Puede el cristiano atar a Satanás y los demonios?

Atar y Desatar

Atar Y Desatar

Hay un concepto que se ha generalizado en las iglesias cristianas, principalmente en aquellas de perfil pentecostal, que enseña que al diablo y los demonios se les puede atar. Esta enseñanza está basada en una incorrecta interpretación de algunos versos de la Biblia usados fuera de contexto. Uno de los más popularmente citados es Mateo 12:29, que narra la parábola del hombre fuerte. El pasaje dice así: “Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata (le vence). Y entonces podrá saquear su casa” (énfasis y paréntesis añadidos).

Esta parábola realmente narra la victoria que Cristo anticipó sobre Satanás y sobre el dominio que el diablo ejerce sobre la humanidad. Si leemos el pasaje paralelo que se encuentra en Lucas 11:21-22, se nos hará más fácil comprender su significado. Estos versículos dicen así:

“Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee.

Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence (le ata), le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín” (énfasis y paréntesis añadidos).

El hombre fuerte es el diablo; el otro más fuerte es Jesús. El palacio guardado con armas representa la humanidad esclavizada por el diablo. Lo que posee en su palacio son las bendiciones robadas. Vencerlo, quitarle sus armas y repartir el botín, hace alusión a la victoria que Cristo alcanzó sobre Satanás por medio de Su muerte y resurrección, y a las bendiciones otorgadas por Dios en base a este sacrificio.

Como puede verse, Jesús no estaba hablando en el sentido literal de atar al diablo. En este sentido, Jesús mismo nunca ató a Satanás. Atar es, simplemente, el lenguaje figurado —usado en esta parábola— para referirse al acto de vencer al diablo.

Los otros dos versos que mencionan la palabra atar se encuentran en Mt. 16:18-19 y en Mt. 18:18.

Atar Y Desatar, ¿Cuál Es Su Significado?

Según Mt. 16:19, Jesús entregó a Pedro las llaves del reino de los cielos. El verso dice: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”

Una llave es símbolo de poder y autoridad (véase Is. 22:22; Ap. 3:7). En el caso de Pedro (Mt. 16:19), se usaba las llaves para desatar, o sea, abrir la entrada del reino de los cielos a la gente mediante la predica del evangelio (compárese Hch. 2:38-42; 10. 34-36). Esta es la llave del conocimiento que los intérpretes de la ley tenían (Lc. 11:52) para abrir (desatar) a otros el sentido de las Escrituras (Lc. 24:32).

En Mt. 18:18, las llaves son, además, para el ejercicio de la disciplina en la comunidad eclesial local. El texto lee: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.” Esto se puede deducir muy fácilmente observando el contexto (vvs. 15-17), que habla de reprender (corregir) al hermano que nos ofende. Luego se dice el procedimiento a seguir; esto es: primeramente, hablarán tú y él solos. Segundamente, si él no te oyere, hablarán delante de uno o dos testigos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Terceramente, díselo a la iglesia. Por último, tenlo por gentil y publicano.

Finalmente, se llega a la conclusión que todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que atares en la tierra será desatado en los cielos. Estos términos simplemente describen el derecho y el deber que todos los líderes de las congregaciones tienen de prohibir y permitir, excluir y admitir, según las enseñanzas del Nuevo Testamento (por ej. Hch. 15:10; 1 Co. 5:4-13).

Por lo tanto, al hermano de la iglesia que tú reprendiste y no te quiso oír, ni por la presencia de dos testigos, ni por haberlo anunciado a la iglesia, el liderazgo de la congregación tiene la llave (la autoridad) de atar (prohibir, excluir) a este hermano de la comunión con los fieles (no de la comunión interior con Dios mismo), y volverlo a desatar (permitir, admitir) en esta comunión cuando este muestre evidencias de verdadero arrepentimiento.

Nótese que esta actividad está respaldada por la autoridad de Cristo mismo: “(…) será atado en el cielo (…), será desatado en el cielo” (Mt. 18:18). El cielo da por prohibido o permitido lo que los siervos de Dios prohíben o permiten en la tierra, siempre y cuando tales decisiones se lleven a cabo mediante la dirección del Espíritu Santo (no por prejuicios personales) y estén en armonía con las enseñanzas de la Biblia.

Fíjese cómo Jesús, a través de las palabras “Otra vez os digo”, nos da la interpretación de los términos atar y desatar: “que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de (…).” Esto es lo que significa atar y desatar; ponerse de acuerdo acerca de qué individuos y actividades deben excluirse o admitirse en la comunión de los santos. Luego, Jesús, procede a comparar la similitud que existe entre la unanimidad en la oración y la unanimidad en la correcta aplicación de la disciplina. Es decir, que así como Dios oye nuestras oraciones, también aprueba lo que la iglesia ata y desata (prohíbe y permite): “(…) cualquiera cosa que pidieres, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.”

Finalmente, Juan 20:23 también habla acerca del ejercicio de esta disciplina, pero con otros términos: “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” Jesús usa los verbos remitir y retener para referirse a la acción disciplinaria que la iglesia puede ejecutar para con las personas que atenten contra su integridad (la de la iglesia). La iglesia recibió de Cristo la autoridad de readmitir y de excluir de su comunión eclesial a aquellos que proceden de manera contraria a lo que la Biblia enseña. Juan, así como Mateo, enseña que la iglesia, mediante su disciplina eclesiástica, y por medio de sus líderes, pueden excluir de la comunión eclesial a quienes no son dignos de ella (ver 1 Co. 5:11-13; 2 Jn. 10). De la misma manera, también puede readmitir en dicha comunión a quienes han dado suficientes pruebas de verdadero arrepentimiento (2 Co. 2:5-11).

Concluimos, pues, que atar y desatar simplemente significa abrir y cerrar, permitir y prohibir, admitir y excluir. Y esto nada tiene que ver con Satanás y los demonios.

~ La iglesia desata o abre las puertas del cielo a los que creen arrepentidos, y las ata o cierra a los que persisten en su incredulidad (compárese Jn. 8.24).

~ La iglesia, físicamente y localmente, también desata o abre sus puertas (admite, recibe) por medio del bautismo a quienes han demostrado una verdadera convicción por los frutos que muestra; y cierra (ata) sus puertas (su admisión) a todo hereje y pecador que no está dispuesto a entrar en una sincera comunión con el cuerpo de Cristo (ver Hch. 8:13-24, versículo clave: 21).

El Cristiano vs. Satanás Y Los Demonios

Entonces ¿qué podemos hacer con los demonios? Lo mismo que Jesús hizo con ellos y con Satanás: resistirlos, reprenderlos, echarlos fuera; y ellos huirán de nosotros.

En vez de ser los cristianos quienes tienen atado al diablo, más bien es el diablo quien tiene atados a muchos cristianos. (“Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo? Lc. 13:16).

(Este es un extracto editado y adaptado de mi libro digital La Guerra Espiritual. Un Conflicto Invisible, Pero Real., del segmento Atar y Desatar del capítulo uno.)

octubre 3, 2013 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | 13 comentarios

¿Qué importancia tiene el amor de Dios en tu vida?

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¿Qué importancia tiene el amor de Dios en tu vida? ¿Qué lugar ocupa en la lista de tus prioridades? ¿Es el amor de Dios importante en tu vida? ¿O es el amor de Dios “lo más importante” en tu vida?

Si el amor de Dios califica como importante en la lista de tus prioridades, será como cualquiera de las demás cosas que son importantes para ti, y lo tratarás de la misma manera que tratas las demás cosas. Un día estará en el número uno de la lista, pero otras veces ocupará el último lugar; dependiendo del motivo de tus intereses, tu estado de ánimo, y tus conveniencias.

En cambio, si el amor de Dios es lo más importante en tu vida, será la razón de tu vivir. Afectará tu estilo de vida y la inclinará hacia los propósitos santos de un Dios santo. Y ocupará el número uno en la lista de tus prioridades, a lo cual dedicarás la máxima calidad de tus fuerzas, de tu tiempo, de tu pasión, y de todos tus recursos, en una entrega total.

Si este no es tu caso, te extiendo una invitación al arrepentimiento, ya que el amor de Dios no puede ser delegado a un lugar inferior que el primer lugar. La Escritura dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente (…)” (Lc.10:27; Mt. 22:37). Ciertamente que no existe nadie que ame a Dios a la altura de estas exigencias; de ser así, ningún cristiano verdadero le fallaría jamás a Dios, y bien sabemos  que esto no ocurre. Empero, sí podemos extender nuestras fuerzas y capacidades para tratar de agradarle a Él.

Dios mira tu esfuerzo si va acompañado de acción. Tu respuesta al amor de Dios no puede ser pasiva, sino activa. Y todas tus acciones para corresponder a Dios deben de estar motivadas por un sincero y devoto deseo de agradarle a Él.

El amor de Dios debe estar sentado en el trono de nuestro corazón. De no ser así, debemos arrepentirnos y pedir perdón a Dios por no haberle dado el lugar que le corresponde, y que Él se merece.

(Este es un extracto de mi libro digital El Incomparable Amor de Dios, del segmento Un Llamado a la Reflexión. Arrepentimiento.)

septiembre 5, 2013 Posted by | Misceláneas | 2 comentarios

La Oración No Cambia Las Cosas

La Oración

El concepto de que la oración cambia las cosas, es la manera de pensar de muchos cristianos. Quienes se han formado semejante idea, aún no han comprendido el propósito de la oración a cabalidad. Dios es quien cambia las cosas. La oración, sencillamente, es un medio del que disponemos para suplicar la intervención divina y “negociar con Dios”, hasta convencerlo (como hizo Abraham, Gn 18. 22-33), para que Él cambie las circunstancias a nuestro favor, y supla nuestras necesidades. A través de la oración, podemos, además, conseguir que Dios nos conceda las peticiones de nuestro corazón.

Aparte de eso, lo único que la oración puede cambiar es nuestro carácter. Nos puede enseñar a ser pacientes, ya que tenemos que esperar por la respuesta divina. Nos hará sumisos, por cuanto tenemos que sujetarnos a Dios, y, al fin y al cabo, aceptar Su voluntad, la cual es la decisión final. Nos ayudará a ser compasivos, ya que, al interceder por los demás, aprenderemos a identificarnos con sus sufrimientos. Y un montón de cosas más.

Por otro lado, tampoco podemos esperar que sea Dios quien cambie todo lo que queremos o necesitamos. Hay muchas cosas que, quienes tienen que cambiarlas, somos nosotros. Y para esto, no tenemos que orar a Dios, ni pedirle que las cambie, ni siquiera que nos ayude a cambiarlas, sino obedecer, actuar y hacer.

Muchas de las cosas que Dios nos exige dejar o cambiar, están precedidas por mandamientos como: “dejad…” (Is 1.16; Col 3.8), “haced…” (Fil 2.14; Col 3.5; Mt 7.12), “no os hagáis…” (He 6.12; Mt 6.19; 1Co 7.23), “apartaos…” (Is 52.11; Ez 18.30; 2Co6.17), “huid…” (1Co 6.18; 10.14), etcétera. Por ejemplo, para dejar de “hacer lo malo” simplemente se nos ordena a “aprended a hacer el bien” (Is 1.16-17; ver Pr 9.6). Otros mandamientos comienzan con la bendición que Dios nos ofrece, y terminan con lo que Dios nos exige. Podemos citar Deuteronomio 28.13, que comienza diciendo: “Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo”, y concluye con la condición que Dios nos exige para que esto se cumpla: si obedeciereis los mandamientos de Jehová tu Dios (…)”. Y para cumplir con estos mandamientos no se necesita de la oración, sino de un poco de dominio propio —algo que también ya Dios nos ha dado (2Ti 1.7).

La Escritura también dice (acerca de cumplir Sus mandamientos), que “sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5.3). Además, la Biblia claramente dice que Dios “no carga, pues, él al hombre más de lo justo” (Job 34.23). Por lo tanto, el Señor nos da mandamientos, pero también nos equipa con los recursos para obedecerlos. En muchas ocasiones es el dominio propio: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2Ti 1.7). En otras, puede ser una salida: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Co 10.13).

Ahora bien, hay cosas que no están a nuestro alcance cambiar, y sólo Dios es quien puede hacerlo. Por ejemplo, la conversión de una persona a Cristo, la sanidad de alguna enfermedad incurable, y otras cosas en las que un milagro es indispensable.

De modo que, tenemos que evaluar cómo oramos y por lo que oramos, pues, en ocasiones será Dios quien tendrá que intervenir, pero en otras, nos corresponderá a nosotros hacer los ajustes necesarios para lograr hacer cambiar algunas cosas.

La oración seguirá siendo un recurso provisto por Dios, bien sea para ayudarnos a cambiar algunas cosas, especialmente de nuestro carácter, o para suplicarle a Él, hasta conseguirlo, para que Él cambie lo que nosotros no podemos cambiar.

agosto 19, 2013 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

¿Es el “fuego” parte del bautismo con el Espíritu Santo?

pentecostal

En esta ocasión estaremos equipando la mente con una enseñanza que he  diseñado “para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados” (He 5.14). Si el tema es de tu interés, pero aún participas de la leche, y eres “inexperto en la palabra de justicia” (vs.3), o un “neófito” (1Ti 3.6; todos hemos sido neófitos), mi recomendación es que busques la ayuda de un obrero “que usa bien la palabra de verdad” (2Ti 2.15). Es decir, de alguien que ya puede comer alimento sólido por cuanto ha alcanzado madurez (He 5.14), y que te pueda guiar en la instrucción de esta enseñanza.

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Ningún cristiano puede ser bautizado con Espíritu Santo y “fuego”.

En la gran mayoría de las iglesias cristianas se enseña y se cree la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo y “fuego”. En estas iglesias los creyentes le suplican a Dios que los bautice de dicha manera. Pero lo cierto es que Él no puede hacer semejante cosa con nadie. Esta enseñanza está basada en una incorrecta interpretación y aplicación de lo que la Biblia realmente dice acerca de este tema. Jesús nunca prometió bautizar con el Espíritu Santo y fuego. La única persona que la Escritura menciona haber empleado esta expresión fue Juan el Bautista.

Ahora bien, para lograr una acertada interpretación acerca del tema en discusión, tenemos que emplear una de las reglas más básicas de la hermenéutica (interpretación de la Biblia, del griego ‘hermeneuein’; el arte de interpretar los textos), que es: consultar los pasajes paralelos, “acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1Co 2.13). Un método que he estado usando por muchos años, desde que comencé a estudiar la Biblia, mucho antes de saber lo que era la hermenéutica, y que me ha dado muy buenos resultados.

Con pasajes paralelos entendemos aquí los que hacen referencia el uno al otro, que tienen entre sí alguna relación o tratan de un modo u otro de un mismo asunto. Esto es, tenemos que comparar lo que la Biblia dice en relación al mismo tema en sus diversos libros o en toda la Escritura. La regla es permitir que la Escritura sea su propio intérprete, comparar lo que la Biblia dice con lo que la Biblia dice, la Escritura explicada por la Escritura.

Teniendo esto en cuenta, veamos lo que Jesús enseñó acerca del bautismo en el Espíritu Santo y lo que Juan el Bautista dijo respecto a lo mismo, ya que, al comparar ambas declaraciones, dentro de sus respectivos contextos, podremos encontrar la adecuada interpretación de este tema.

Esto dijo Jesús: “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hch 1.5; el apóstol Pedro citó estas palabras que Jesús dijo, mientras narraba lo que había acontecido en casa de Cornelio, Hch 11.16). Note que Jesús NO mencionó el fuego en esta declaración.

Ahora veamos lo que Juan el Bautista dijo: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Mt 3.11).

¿Por qué Juan añade el fuego en su declaración mientras que Jesús no?

La respuesta a esta pregunta es: porque Juan, en esta ocasión, usó el fuego para referirse a juicio, a condenación, al castigo eterno del que será víctima todo aquel que rechaza el mensaje del evangelio (véase 2Ts 1.8; He 10.27; 12.29; Jud 7; Ap 20.15; 21.8. Compárese con Jn 5.22-29; Hc 17.31; Mal 4.1; 2Tes 1.7-10).

Y, ¿cómo uno puede llegar a semejante conclusión? Pues, bien, usando la regla de hermenéutica que ya mencioné, comparando los distintos pasajes de la Biblia que hablan de lo mismo. Los pasajes paralelos en los que estaremos desarrollando esta discusión son: Mt 3.1-12; Mr 1.4-8; Lc 3.1-20; Jn 1.19-28.

Además de esta regla, vamos también a emplear otra muy conocida; y es la regla de las tres preguntas: “¿Qué dice el texto? ¿Quién lo dice? ¿A quién lo dice?”

Ya sabemos qué dice el texto, y también sabemos quién lo dice. La respuesta a la tercera pregunta de esta regla es la que nos arrojará luz para obtener la armonía adecuada entre las palabras de Jesús y Juan el Bautista, y así conseguir la correcta interpretación del tema en cuestión.

¿A quién lo dijo Juan?

Entre la audiencia de Juan se encontraban dos grupos: los que “eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados (Mt. 3.6). Este grupo lo integraban los de Jerusalén, los de toda Judea, y los de toda la provincia de alrededor del Jordán (vs.5); entre los cuales también se encontraban publicanos* y soldados (Lc. 3.12, 14).

El segundo grupo lo conformaban los fariseos** y los saduceos, quienes solo venían a presenciar el bautismo de Juan (Mt. 3.7). Lucas se refiere a ambos grupos como un pueblo que “estaba en expectativa, preguntándose TODOS (creyentes e incrédulos) en sus corazones…” (3.15).

La prédica de Juan comenzó con un mensaje en general (“respondió Juan, diciendo a TODOS, Lc 3.16): “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3.2). Pero fíjese como “al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo” (vs.7), Juan cambió su mensaje y lo hizo directo: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (vss.7-8). Este estilo de prédica se extendió hasta el verso 12 de este capítulo. Pero es en el versículo 10 en el que Juan menciona el fuego como una figura del castigo que recibirían los que rechazaban su mensaje (los fariseos y los saduceos): “…por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.”

Luego, en el verso 11, el Bautista regresa su homilía a los que eran bautizados por él: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo (…).” No, no le omití el “fuego” al versículo. Lo que ocurre es que, es en esta parte del verso en donde se genera la confusión que nos impide interpretar la enseñanza correctamente. Y esto es debido al mal uso que le damos a la conjunción “y”, la cual ligamos, indebidamente, a la parte del verso que habla del bautismo en el  Espíritu Santo, sacándola del verdadero contexto.

En la primera parte del verso Juan se estaba refiriendo a los que él estaba bautizando, a los creyentes. Pero una vez que él les hubo  mencionado la bendición que recibirán los que creyeran en Jesús, Juan cambia nuevamente el mensaje, y lo dirige a los incrédulos (fariseos y saduceos), advirtiéndoles del fuego o juicio del que serían víctimas. Y esto lo podemos deducir de lo que dice el resto de su discurso en el verso 12, luego de haber mencionado el fuego: “Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo (los creyentes) en el granero, y quemará la paja (los incrédulos) en fuego (el fuego que ya había mencionado anteriormente, mientras hablaba del Espíritu Santo) que nunca se apagará.”

Por lo tanto, Juan estaba hablando acerca de dos bautismos: el Espíritu Santo, para los que creían a su mensaje y eran bautizados; y el fuego, como forma del castigo que recibirían los que rechazaban su mensaje —en este caso los fariseos y saduceos— quienes habían creado su propia religión y habían inventado su propio método de acercarse a Dios y de salvarse de la condenación y del castigo eterno.

Para clarificar más el asunto, y comprobar que esto de los dos bautismos es así, como lo explico (continuando con las ideas paralelas), vayamos a Mr 1.4-8. En este pasaje, el Evangelista Marcos narra el mismo suceso, pero, si observas bien el texto, en su escrito, Marcos sólo incluye uno de los grupos de la audiencia de Juan: los que creían y eran bautizados, los de Judea y Jerusalén (1.5); el mismo grupo que Mateo incluyó en su narración (3.5). En este discurso (el que Marcos narra), Juan también hace mención del bautismo en el Espíritu Santo. Solo que, en esta ocasión, no se menciona el fuego. ¿Por qué? Por lo que dije antes, que Marcos únicamente menciona el grupo de creyentes como audiencia de Juan; los fariseos y saduceos están excluidos.

Estos —lo que Marcos y Mateo narran— no son dos eventos diferentes; es el mismo y único evento. Lo que lo hace diferente es quienes lo escribieron. Mateo incluyó ambas audiencias: creyentes e incrédulos (3.5-7). Por lo tanto tuvo que incluir también la frase completa de Juan concerniente a los dos bautismos, el del Espíritu Santo y el de fuego (3.11), para que, de este modo, el lector pudiera comprender lo que él, más adelante, diría acerca del trigo y la paja en el versículo 12. En cuanto a Marcos, como en su narración él solo menciona a los creyentes como el grupo que atendía a la homilía de Juan (Mr 1.5), no era necesario añadir el fuego (vs.8), ya que, los que se arrepienten y se convierten a Dios, no son reos de eterna condenación (Jn 5.24). Por esta misma razón es que Jesús tampoco mencionó el fuego, porque le hablaba a sus discípulos, y estos, al igual que los discípulos de Juan, no eran reos de juicio.

El Evangelio del Apóstol Juan 1.32-33 registra la declaración que hizo Juan el Bautista, en la que él revela que Jesús sería quien bautizaría con el Espíritu Santo, y aquí tampoco menciona el fuego. Y tómese en cuenta que Juan confesó que fue Dios quien le dijo a él que Jesús “es el que bautiza con el Espíritu Santo” (ni el mismo Padre mencionó el fuego).

Lo que aconteció a los que estaban unánimes juntos, en el día de Pentecostés, que se les apareció lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de los que estaban allí reunidos, y de que hayan sido todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaran a hablar en otras lenguas, no tiene, en nada, que ver con la declaración de Juan. Las lenguas (llamaradas, lengüetas) de fuego que se aparecieron sobre sus cabezas, eran una señal externa para demostrar físicamente o visiblemente que el Espíritu Santo había sido derramado por primera vez sobre los creyentes en Cristo, y así confirmar que el Señor había cumplido Su promesa (Jn 7.37-39; 14.16-17, 26; 15.26; 16.7, 13; Lc 11.13). Ya los discípulos habían recibido el Espíritu Santo, Jesús había soplado sobre ellos (Jn 20.22), pero no habían sido llenos de Él, ni habían sido investidos de poder (Hc 1.8). Esto estaba reservado para el día de Pentecostés, en donde más personas —y no únicamente ellos— recibirían la promesa del Padre (Hc 1.4-5, 8).

Estas lenguas de fuego no se vuelven a mencionar en ninguna otra parte de la Biblia, ni aun en las ocasiones en las que los discípulos impartieron el Espíritu Santo por la imposición de manos (véase Hch 2.38; 8.14-17; 9.17; 10.44-47; 11.15-16; 19. 1-7).

Durante el bautismo de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como paloma (Lc 3.21-22). Esto no significa que el Espíritu Santo sea una paloma, sino que tomó una forma física o visible (similar a lo que aconteció con las lenguas de fuego en el Aposento Alto) con la que pudiera manifestar Su presencia, de manera que los espectadores se pudieran percatar de ello. Esta manifestación fue respaldada con la voz del Padre, y es el equivalente al bautismo del Espíritu Santo que recibimos los cristianos, ya que Jesús, como el Hijo del Hombre (Su naturaleza humana fue y es tan real como lo es Su divinidad, Fil 2.7; He 2.17; 4.15) también necesitaba la unción del Todopoderoso mientras estaba en la tierra (véase Lc 4.16-21; Hch 10.38).

La paloma y el fuego son usados en la Biblia como símbolos del Espíritu Santo. Un símbolo es una imagen o figura animada o inanimada que representa un objeto o algo abstracto; una señal visible o representación de una idea o una cualidad de un objeto. La paloma —como símbolo del Espíritu Santo— se usa para representar Su sencillez, una de las cualidades del carácter de Jesús. Por otro lado, el fuego representa Su poder purificador.

No obstante el fuego ser símbolo del Espíritu Santo, en nada está relacionado con lo que dijo Juan el Bautista. El fuego del que Juan habló de ninguna manera purificaría a los que lo recibieran, ya que —reiterando una vez más— es fuego para destrucción, condenación y castigo.

Resumiendo el tema, ningún cristiano puede ser bautizado con el Espíritu Santo y (con) fuego (o juicio), ya que esta declaración incluye dos tipos de bautismos para dos distintas categorías de personas: el Espíritu Santo para los cristianos y el fuego para los impíos.

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Si eres partidario de la doctrina del bautismo con el Espíritu Santo y fuego, seguramente  te costará estar de acuerdo con esta interpretación bíblica. Esto, mayormente, se debe a tres cosas:

  1. Las doctrinas mal enseñadas son como las malas costumbres, una vez se aprenden, se hace muy  difícil sustituirlas por las apropiadas. O son como la hierba, que una vez han echado raíces, es difícil o casi imposible poderlas desarraigar.

  2. Muchas personas estudian la Biblia subjetivamente; ya tienen sus mentes resueltas en lo que creen o aprendieron, y leen o estudian la Biblia buscando cómo apoyar sus creencias. No intentan objetivamente— descubrir cuál es la verdadera enseñanza entretejida en los versos de la Santa Escritura. Y cuando se tropiezan con una enseñanza como ésta, no hacen lo que el pueblo hacía, cuando los levitas, en tiempo de Nehemías, hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura (Neh 8.7-8).

  3. Muchos cristianos pasan horas viendo la televisión, hablando por teléfono, navegando en el internet, sumergidos en las redes sociales, pero no dedican el tiempo suficiente para estudiar la Biblia. Ellos prefieren que sean otros los que se quemen las pestañas estudiando, y optan por venir a la iglesia a que se les enseñe lo que ellos mismos no han querido estudiar. Estos tienen que imitar a los cristianos de Berea, quienes “eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así (Hch 17.11).

Gran cantidad de miembros en las iglesias ni siquiera se toman la “molestia” de comparar lo que se está enseñando desde el púlpito, con lo que las Escrituras dice. Si bien la Santa Biblia dice que tenemos que probar los espíritus (maestros) si son de Dios (1Jn 4.1). Y la manera de probar (escudriñar) estos espíritus no es a través de algún don especial, sino comparando lo que ellos dicen con lo que la Biblia dice (vss. 2-3).

Pídele al Señor que haga contigo lo que hizo con Sus discípulos, que “les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras” (Lc 24.45). Amén.

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* Los publicanos y los soldados formaban parte del sistema gubernamental romano, y eran repudiados por los judíos (Mt. 9.9, 11) .

**Los fariseos eran una estricta secta religiosa de judíos que con celo seguía la Ley del Antiguo Testamento así como sus tradiciones y exigía el más riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley ( Mt. 23. 1-7). Los saduceos eran un partido político sacerdotal judío rico, que solo aceptaban el Pentateuco, y no creían en la vida después de la muerte (Mt. 22.23; Mr. 12.18).

julio 12, 2013 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | 5 comentarios