Equipando La Mente

El pobre de espíritu.

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La Biblia contiene un pasaje que habla —de manera impactante— acerca del humilde, y del trato especial que Dios tiene hacia él. El texto es Isaías 66.2. La segunda parte del versículo dice: “pero miraré aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Pobreza no es sinónimo de humildad, pero de escasez y necesidad; muchas veces de miseria. (En Hispanoamérica, el término humildad se usa también para indicar cierto grado de modestia social o de indigencia.) La pobreza tiene su origen en el pecado. Es una condición social que ha existido en todas las civilizaciones y ha prevalecido a través de las dispensaciones de los tiempos de la raza humana; y  perdurará hasta que Cristo establezca Su gobierno milenario en la tierra. En lo que esto acontece, la pobreza cohabitará con nosotros, según lo dijo Jesús (Mt. 26.11; compárese con Dt. 15.11).

Se puede ser pobre y orgulloso a la vez (Pr. 13.7; 12.9). También hay pobres humildes. Hay ricos orgullosos e igual los hay humildes; esto último muy escasamente.

Un pobre es un individuo que siempre está necesitado. Apenas tiene los recursos para sufragar sus necesidades más básicas. Puede llegar al extremo de pedir, y hasta mendigar para solventar sus insuficiencias.

En el lenguaje bíblico existen dos clases de pobres:

  1. el espiritualmente pobre

  2. el pobre de espíritu o en espíritu

1. El primero es aquel que se siente satisfecho en (y con) el nivel espiritual que tiene o que ha alcanzado. Se cree espiritualmente saludable (o rico), a pesar de que en la realidad, la relación mediocre que tiene con Dios y con sus semejantes declara todo lo contrario. Un ejemplo que se puede citar, con la intención de entender mejor este punto, es el del cristiano que adora a Dios y aborrece a su hermano. La adoración que rinde a Dios lo hace ver o lo hace sentir a él, aparentemente, rico, pero en el fondo él es pobre. De esta clase de pobre espiritual habla Apocalipsis 3.15-18.

Nótese que la pobreza no es indicador de carencia total. Implica la posesión de algo, pero que no es lo suficiente como para vivir bien. De modo que, según vimos en Apocalipsis, el pobre espiritual no es el impío, sino el creyente que, teniendo un Jehová Yiré, vive en pobreza. No disfruta de la vida abundante que Jesús le ofrece. Se conforma con lo que ha conseguido y hasta donde ha llegado. Depende de sus propios medios y métodos, y los usa para subsistir —espiritualmente— y para conseguir lo que le falta. Semejante al hijo prodigo, se jacta de las riquezas y de los bienes de su Padre, y los reclama, para tan solo derrocharlos en sus intereses personales, y luego finalizar comiendo algarrobas.

2. El pobre de espíritu —o en espíritu, como lo dijo Jesús (Mt. 5.3; compárese con           Stg. 2.5— es aquel que siente y tiene la necesidad de Dios, de Su continuo socorro, de Su presencia. Depende de Él cada día para mitigar su sed y saciar su hambre; sed de Dios y hambre de Su Palabra. Es un mendigo espiritual que vive postrado a los pies del Padre Celestial, suplicando que lo llene de Su Espíritu, de Su amor, de Su misericordia, de Su poder, y de todas esas cosas que solamente Él puede dar. Reconoce que la provisión que recibirá de Dios hoy, en este día, no será suficiente para mañana. No es que la provisión divina esté incompleta, o sea insuficientemente poderosa para cubrir las necesidades de una vez por todas. Más bien, que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana (Lm. 3.22-24). Como el maná, que el Señor lo daba diariamente fresco (Ex. 16.4, 16, 19), no sea que saciándose el pueblo, se olvidara luego de Él (Pr. 30.8-9); otra razón por la cual Dios no procura saciar el hambre espiritual de una vez por todas.

Al Señor no le ha placido suplir todas las necesidades de una sola vez porque  cada día trae su propio afán (Mt. 6.31, 34), y el afán de cada día puede ser diferente. Por eso el pobre de espíritu acude a Él cada día, por cuanto no puede satisfacer las necesidades de su pobreza con la misericordia de la mañana anterior. Sino que, al igual que Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza (Ro. 4.18, es decir, una esperanza nueva o reciente de que Dios cumpliría lo que le había prometido reemplazaba la esperanza anterior, la cual estaba a punto de desvanecerse), el pobre de espíritu busca y recibe de Dios lo que necesita cada día, un día a la vez (Sal. 118.24). Él no es como el pobre de Ap. 3.17, quien, habiéndose sentido abastecido, llegó a tal autosuficiencia espiritual, que ya no buscaba constantemente y diariamente de Dios. Por tal razón, el texto que leímos (Isaías 66.2) vincula la humildad al pobre de espíritu; porque la dependencia espiritual de la que venimos hablando es la que puede identificarse como humildad espiritual.

El pobre y humilde de espíritu (o de corazón, como lo enseña Jesús en Mt. 11.29) es el que verdaderamente teme a Dios. El mismo Señor así lo declara con la frase “y que tiembla a mi palabra.” El temblor al que Dios se refiere es el mismo que sintió el Salmista, al decir: “mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo” (Sal. 119.120).

(Porción tomada del eLibro: Dios Cumplirá Tu Deseo.)

junio 5, 2017 - Posted by | Misceláneas

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