Equipando La Mente

El Padre Nuestro No Es Tan Solo Una Oración, También Es Una Revelación.

—Una Sinopsis.

Parte 2

Mateo 6:

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús no solo nos enseña a orar a través de este modelo de oración, sino que también nos revela grandes verdades espirituales. El Padre Nuestro es una oración que, además de acercarnos a Dios en busca de refugio, ayuda y consuelo, nos revela las profundidades de la sabiduría de Dios, Su poder, Su gloria, Su amor y Su carácter. Dios ha sido siempre exaltado. Dios sigue siendo exaltado. Dios será siempre exaltado.

8. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Dios es nuestro Sustentador, «Jehová-jireé». Él, usando distintos medios (el trabajo, por ejemplo, 2Ts. 3.10-12; entre otras cosas), nos suple de las cosas básicas (1Ti. 6.8: He.13.5) que necesitamos para subsistir en esta vida. Pero Dios no quiere solamente sustentar nuestros cuerpos; Él quiere alimentar el alma y el espíritu de cada uno de Sus hijos. El pan —o el alimento— que Dios nos da es:

►Su Hijo Jesús. «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre» (Jn. 6.35, 48, 50a).

►Su Palabra. «Susténtame conforme a tu palabra, y viviré» (Sal. 119.116). «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4.4b). «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová» (Amós 8.11).

►Su Espíritu Santo. «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14.17).

Este alimento lo tenemos que buscar y recibir de Él cada día.

9. Y perdónanos nuestras deudas. El pecado es una deuda. Por haberlo practicado le debemos a Dios justicia; un precio que no pudimos pagar por cuanto «todas nuestras justicias» son como trapos de inmundicia (Is. 64.6). El pecado se había convertido en nuestro amo. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Jn. 8.34). «Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 P. 2.19). «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?» (Ro. 6.16). Lo triste de esto es que, el pecado no nos había comprado para que fuésemos sus esclavos, sino que nosotros, voluntariamente, de forma gratuita, sin exigir ningún salario, nos habíamos entregado a él.

Sin embargo, el pecado fue tan generoso, que ofreció pagarnos un sueldo: la muerte: «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro. 6.23a). Escapar de la esclavitud del pecado, de su poder, de su culpa y de sus funestas consecuencias, no estaba a nuestro alcance. «Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate» (Sal. 49. 6-7). Ningún esclavo puede pagar su propio rescate. «(Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción» (vss. 8-9). Pero nuestro Padre Celestial decidió comprarnos y adquirirnos para Él nuevamente. Lo hizo a expensas de un precio muy alto: la vida de Su único y amado Hijo Jesús. Jesús pagó la deuda de nuestras culpas. Del pecado que cometimos contra Dios. «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6.20). «Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, (…) con la sangre preciosa de Cristo» (1P. 1.18-19).

Ahora, y cada vez que pecamos, podemos venir ante el Padre en el nombre de Su Hijo y decirle a Dios: «Y perdónanos nuestras deudas», por cuanto ya Jesús pagó el precio.

10. Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si Dios perdonó lo que le debíamos (esto es, justicia: hacer lo bueno y lo recto), nosotros también tenemos que perdonar a los que nos ofenden, a quienes nos deben justicia (un buen trato). Dios espera que, así como Él perdonó el pecado que habíamos cometido en contra de Él, y que nos alejó de Él; nosotros perdonemos a los que nos ofenden.

No podemos cobrarle a la gente el trato que nos deben, cuando Dios no nos cobró la justicia que le debíamos a Él. Tenemos que liberar de toda obligación (esto es lo que significa perdonar) a todo aquel que nos ha ofendido, que nos debe algo moral o espiritual. (Véase la parábola de los dos deudores, Mt. 18.23-35). Cuando perdonamos a nuestros ofensores nos pareceremos a Jesús.

La persona que no perdona los errores de los demás, asume una posición superior a Dios. Porque, si Él perdonó (y aún perdona) todos nuestros pecados, ¿quiénes somos para negarle el perdón a aquellos que nos ofenden? Lo de perdonar al hermano setenta veces siete (Mt. 18.21-22) no es tan impactante como lo que dice Lucas 17.3-4: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.”

Punto interesante: ambos pasajes tratan acerca del perdón hacia el “hermano”. No obstante, hemos sido llamados a estar en paz con todos los hombres, siempre y cuando nos sea posible: “sino que a paz nos llamó Dios” (1Co. 7.15). «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Ro. 12.18). Y una manera de estar en paz —con Dios, con uno mismo, y con nuestros semejantes, independientemente de que sean nuestros hermanos en la fe o no— es perdonando las faltas de quienes nos ofenden.

11. Y no nos metas en tentación. («No nos pongas a prueba» [Versión Popular]. No nos pruebes.)

Dios no tienta a nadie. Somos tentados de nuestra propia concupiscencia; de los deseos de nuestra propia carne. «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Stg. 1.13-15). El diablo lo sabe, y aprovecha y usa «todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (1Jn. 2.16), para seducir nuestra propia concupiscencia en un intento de despertar nuestra naturaleza caída y arrastrarnos al pecado.

Satanás es nuestro acusador, y Dios le concede permiso para atacarnos. Los ataques de Satanás pueden ser sensuales o no. Es decir, el diablo puede atacarnos (tentarnos) por medio de una seducción sensual (1 Co. 7.5) o también puede hacerlo a través de un daño físico (Job 2.7). Su intención siempre va acompañada de tentación. Y la tentación, sea cual sea, es para hacernos caer en su trampa, y así hacernos negar nuestra fidelidad a Dios.

Con esta suplica —y no nos metas en tentación— reconocemos ante Dios, y delante de nosotros mismos, que somos seres tan débiles y frágiles, que podemos fracasar en nuestro intento de serles fiel a Dios —si fuésemos probados. En otras palabras, le expresamos a Dios nuestro temor de quedar mal ante Él, de no pasar correctamente el examen o escrutinio de nuestra fidelidad hacia Él. Es una forma de reconocer nuestra insuficiencia y la dependencia total que de Él tenemos, pese a que sabemos que Él no nos desamparará ni nos negará Su ayuda.

12. Mas líbranos del mal. El inventor del mal es Satanás. Pedirle a Dios que nos libre del mal es pedirle que nos libre de su inventor, el diablo. Dependemos de Dios, de Su fuerza y de Su protección para vencerlo. Humanamente no disponemos de ninguna fuerza que nos capacite para pelear contra el mal hasta vencerlo. «Porque nadie será fuerte por su propia fuerza» (1S.2.9c). Nuestras fuerzas provienen de Dios. «Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea» (Sal.18.39a). Para vencer el mal y a su inventor, tenemos que aplicar la fórmula de Santiago 4.7:

1) Someternos a Dios. No se puede vencer el mal viviendo una vida de desobediencia y rebeldía. Muchos citan lo que la segunda carta del apóstol Pablo dice a los corintios: «porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (cp. 10. 4-5), pero lo hacen omitiendo el contexto —en este caso el versículo seis: «y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta

No podemos vencer al diablo hasta que hayamos aprendido a obedecer a Dios, hasta que hayamos madurado en la obediencia, hasta que nuestra obediencia sea perfecta o madura (este es el significado o aplicación de perfecta).

2) Resistir al diablo. Para esto se usa la armadura de Dios (Ef. 6.11-17). Esta armadura es para la defensiva y para la resistencia. El único elemento de la armadura que es para la defensiva y ofensiva es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (vs. 17b), la Escritura; los demás elementos de la armadura son para defenderse. Se usa el conocimiento adquirido de la Palabra para defenderse de los ataques del maligno y para atacarlo a él; como hizo Jesús (Mt. 4.4, 7, 10: «Escrito está». Esta expresión demuestra que Jesús conocía la Escritura y la sabía usar para contrarrestar las tentaciones del diablo).

3) A esta fórmula debe agregarse lo indicado en Efesios 6.18, la oración en el Espíritu. Jesús dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación» (Mt. 26.41).

Resultado: «Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal» (2Tes. 3.3).

13. Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria. La oración comienza santificando el nombre de Dios y concluye exaltándolo. Para esto emplea tres palabras: reino, poder y gloria.

1) Reino. Con respecto al reino, la Biblia dice: «Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿no está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?» (2 Cró. 20.6). «El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Ap. 11.15).

2) Poder. En relación al poder, la Escritura dice: «Atribuid poder a Dios; sobre Israel es su magnificencia, y su poder está en los cielos» (Sal. 68.34).

3) Gloria. En cuanto a la gloria, la Palabra de Dios enseña: «Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas, sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre» (1 Cró. 29.11-13).

14. Por todos los siglos. Amén. Finalmente, la expresión «por todos los siglos, amén» es lo mismo que decir: «porque tuyos (el reino, y el poder, y la gloria) han sido ayer, los son hoy, y los serán siempre».

—o—

Toda la oración del Señor gira en torno a la persona de Dios y a la relación que Él tiene con sus criaturas creadas. En la oración del Padre Nuestro podemos notar.

  1. Su Identidad: Padre

  2. Su Paternidad: Nuestro

  3. Su Morada: Que estás en los cielos

  4. Su Carácter: Santificado sea tu nombre

  5. Su Realeza: Venga tu reino

  6. Su Soberanía: Hágase tú voluntad, como en el cielo, así también en la tierra

  7. Su Provisión: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

  8. Su Misericordia: Y perdónanos nuestras deudas

  9. Su Ley: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

  10. Su Compasión: Y no nos metas en tentación

  11. Su Protección: Mas líbranos del mal

  12. Su Exaltación: Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos

  13. Su Perpetuidad: Amén

La oración principia mostrándonos la relación paternal que Dios tiene con nosotros. Continúa reconociendo la santidad y soberanía divina. Describe el cuidado amoroso que Él tiene de sus hijos. Expresa la misericordia con la que nos recibe y nos perdona. Declara sus demandas. Demuestra Su compasión, promete Su protección, y, finalmente, concluye exaltando Su Persona: el Soberano Dios, el Creador de los cielos y la tierra. El poderoso; el Eterno. El Rey de Reyes.

Es interesante observar cómo un Ser tan Grande y Supremo puede tener una relación tan paternal y amorosa con criaturas tan viles como lo somos todos nosotros. El Padre Nuestro revela el poder y la soberanía de Dios, pero también nos muestra el amor y el cuidado que Él tiene de nosotros.

octubre 14, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario