Equipando La Mente

¿Fue realmente Samuel quien —después de haber muerto— se le apareció a Saúl?

—1 Samuel capítulo 28.

Parte 2

I. El hecho de que este «personaje» predijera el futuro de Saúl y de su familia, no significa que era el profeta Samuel. De la misma manera que Dios envió a estos espíritus, y les permitió difundir información falsa para engañar a los enemigos de Israel, Él también pudo haber enviado el mismo espíritu que atormentaba a Saúl, pero, esta vez, con la información de lo que sería su destino (el de Saúl) con el fin de Dios cumplir Su propósito: quitar a Saúl de en medio.

Quizás Dios hizo lo mismo que había hecho cuando quiso acabar con Acab (1R. 22.19-23): preguntó al ejército de los cielos por alguno que estuviera dispuesto a aparecérsele a Saúl (por medio de la adivina de Endor), personificándose como Samuel, y decirle lo que le acontecería próximamente. Si este es el patrón que Dios usa cada vez que quiere deshacerse de Sus enemigos, entonces —y en forma de simulacro— lo que Dios hizo con Acab sería algo así como:

19 Entonces él dijo: Oye, pues, palabra de Jehová: Yo vi a Jehová sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a él, a su derecha y a su izquierda. 
20 Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Saúl [Acab], para que suba y caiga en el Monte de Gilboa [Ramot de Galaad]? Y uno decía de una manera, y otro decía de otra.
21 Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera? 
22 Él dijo: Yo saldré, y me le apareceré a la adivina que él salió a consultar en Endor, personificándome como Samuel, diciéndole que morirá próximamente [y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas]. Y él dijo: te le aparecerás a la adivina de Endor, y, haciéndote pasar por Samuel, engañaras a Saúl [Le inducirás, y aun lo conseguirás]; ve, pues, y hazlo así. 
23 Y ahora, he aquí Jehová ha puesto espíritu de mentira en la boca de la adivina de Endor [todos tus profetas], y Jehová ha decretado el mal acerca Saúl [de ti] (1R. 22.19-23).

Si Dios usó con Saúl el mismo método que empleó con Acab, en verdad no lo sabemos; lo cierto es que el espíritu que le apareció a la adivina de Endor no era Samuel, sino un demonio.

II. Otro dato interesante que revela que este espíritu o personaje no era Samuel, es lo que Saúl le solicitó a la adivina que hiciera, y lo que esta vio. Los versos ocho y once dicen que Saúl le pidió a esta mujer que hiciera subir a Samuel de entre los muertos. Leámoslos textualmente:

8 Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere.

11 La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.

Tomemos en cuenta que, de acuerdo con la Escritura:

  1. Nadie tiene poder para escoger a quien traer de la muerte. En la historia que Jesús narró de Lázaro y el hombre rico, este último le suplicaba a Abraham (el encargado de consolar a los justos que iban, después de muertos, a lo que, en aquel entonces, constituía el paraíso) que enviara a Lázaro a la casa de su padre, por cuanto tenía cinco hermanos que él no quería que vinieran al mismo lugar de tormento en donde él estaba. Y, como podemos apreciar en el relato, su petición le fue negada (véase Lucas 16.27-31).

  2. Dios no permite que consultemos a los muertos; estos tampoco tienen poder para aparecer a la gente. Ningún espíritu tiene poder de salirse del lugar en donde está (Lc. 16.26-29). Por ende, cualquier aparición del espíritu de cualquier persona, es meramente la aparición de un demonio, ya que «el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz» (2 Co. 11.14).

  3. Dios no contradeciría Su Palabra.

Por lo tanto —y por tanta evidencia bíblica— Saúl, simplemente, estaba siendo engañado por un demonio. Tómese en cuenta que Saúl no vio que era Samuel; la adivina era quien describía el personaje (vrss. 13-14). Y aun si Saúl hubiera visto a al tal personaje, debe deducirse que el demonio tendría la capacidad para también engañar a Saúl, haciéndole creer que él era Samuel. Considérese, además, lo que la mujer dice: «He visto dioses (plural) que suben de la tierra» (vrs. 13). El espíritu no estaba solo. ¿En dónde quedaron los que lo acompañaban? Seguramente que este demonio estaba siendo acortejado por otros demonios.

III. Lo que dijo el espíritu: «mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos» (vrs. 19).

En tiempos del Antiguo Testamento los espíritus de los muertos iban al centro de la tierra (Mt. 12.40; Hch. 2.27, 31; Sal. 49.15; Ro. 10.7; 1P. 3.18-20; Lc. 16. 22-23; 1P. 4.6; Ef. 4.8-10). En medio de ese lugar había una gran sima que separaba a los espíritus de los injustos de los espíritus de los justos (Lc. 16.26). Es decir, había un espacio en donde moraban los espíritus de los que murieron salvos (Lc. 16.22) y en el otro lado se encontraban los espíritus de los condenados (Lc. 16.23). El lado en donde moraban los espíritus de los salvos era lo que se conocía como paraíso, que fue el lugar que Jesús le prometió al ladrón arrepentido que lo llevaría (Lc.23.43), y el lado de los espíritus condenados era el Seol (Job 28.5). Aunque el sitio en general (ambos lugares) era conocido como el Seol, Cristo especificó que la parte en donde iban los justos, después de la muerte, era el paraíso (Lc. 23.43). Después que Cristo resucitó, Él se llevó los espíritus de los salvos al cielo (Jn. 14.1-3; Ef. 4.8-10); y, seguramente, el espacio que era de los justos ahora también forma parte de la habitación de los espíritus de los injustos: el infierno.

Samuel era justo, por lo tanto, después de haber muerto, su espíritu moraba en el seno de Abraham. Saúl era injusto. El espíritu que la adivina vio le había dicho a Saúl que él y sus hijos estarían con él, en el mismo lugar que este se encontraba, dentro de poco tiempo. Lo cierto es que Saúl, bajo las condiciones en la que él murió, no podía estar juntamente con Samuel. Primero porque vivió una vida de desobediencia y rebeldía. Segundo por cuanto fue desechado por Dios. Tercero por haber consultado a una adivina. Y cuarto porque terminó suicidándose.

Seguramente que cuando el espíritu le dijo a Saúl «y mañana estaréis conmigo», le hablaba en forma general, refiriéndose al lugar donde iban todos los espíritus de los muertos —el centro de la tierra— sin especificar el lugar a donde iría Saúl: el infierno (Lc. 16.23). Saúl no mostró señales de arrepentimiento, sino que hizo con su vida lo que quiso; decidió cómo y cuándo moriría.

En conclusión, el espíritu que se le apareció a la adivina de Endor no era Samuel, sino un demonio. Por haberse apartado de la verdad, Dios le envió un poder engañoso, para que, creyendo en la mentira, Saúl se perdiera y fuera condenado (2 Tes. 2.10-12).

(Todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Versión de la Biblia de Reina Valera de 1960.)

enero 11, 2018 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | 2 comentarios

¿Fue realmente Samuel quien —después de haber muerto— se le apareció a Saúl?

—1 Samuel capítulo 28.

Parte 1

 Sin duda que, de todas las historias de la Biblia, una de las más tristes, infaustas y tétricas es la del descenso y muerte de Saúl. Es muy luctuoso que un hombre escogido por Dios haya tenido un final tan calamitoso y nefasto.

Cuenta la Biblia que Saúl, en los últimos días de su reinado (y de su vida), y en su desesperación por intentar prevalecer en el trono de Israel después de haber sido desechado por Dios como rey, al verse rodeado por los filisteos, y al darse cuenta de que, al consultar a Dios, Jehová ya no le respondía «ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas» (1S. 28.6), consultó a una adivina; algo que Dios le había prohibido al pueblo de Israel hacer, y que Él aborrecía (Lv. 20.6, 27; Dt. 18.10). Incluso, el mismo Saúl perseguía a las adivinas y las mataba (1S. 28.9).

Interesantemente (y aparentemente), esta mujer logró hacer que el espíritu de Samuel regresara de la muerte —o del lugar en donde estaba— y se le apareciera para responder a las interpelaciones de Saúl. Muchos exégetas y eruditos de la Biblia consideran este evento como un acto sobrenatural permitido por Dios. Lo cierto es que, si Dios hubiera permitido esto, Él estaría objetando las reglas que Él mismo había decretado.

Dice el relato bíblico que Saúl le pidió a esta adivina que hiciera venir a Samuel de entre los muertos (vrs. 11), y que, efectivamente, así sucedió (vrs. 12-14). Algunas frases que aparecen en esta narración, y que pueden servir como evidencia para demostrar que fue realmente Samuel quien se le apareció a la adivina, son:

  1. «Saúl entonces entendió que era Samuel (…)» (vrs. 14).

  2. «Y Samuel dijo a Saúl (…)» (vrs. 15).

  3. «Entonces Samuel dijo (…)» (vrs. 16).

  4. «Entonces Saúl (…) tuvo gran temor por las palabras de Samuel (…)» (vrs. 20).

  5. Lo que Samuel dijo en el versículo 19: «Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos.», se cumplió (léase el capítulo 31).

No obstante parecer que en verdad fue Samuel a quien esta adivina vio, debe tenerse en cuenta que, el hecho de que el escritor bíblico haya empleado estos términos, no significa que en realidad las cosas hayan sucedido como se escribieron, sino que el escritor está contando los hechos como ocurrieron desde la perspectiva de los protagonistas de esta historia. Dicho esto en otros términos equivalentes, el escritor del libro de Samuel está contando las cosas de la manera en la que acontecieron, y no significa que lo que Saúl estaba experimentando era lo que en verdad estaba acaeciendo (de que realmente era Samuel quien se le había aparecido), pues, de ser así, este acontecimiento estaría contradiciendo el resto del contexto bíblico en relación a la aparición o manifestación de los espíritus de los muertos.

Para descubrir si en verdad era Samuel quien había hecho acto de presencia, tenemos que analizar otras declaraciones que también están en esta historia, como también investigar lo que el resto de la Biblia dice en cuanto a los espíritus de los muertos. Inclusive dentro del pasaje en cuestión (cp. 28), podemos inferir que el espíritu que se le había aparecido a la adivina de Endor NO ERA Samuel. Veamos lo que podemos encontrar dentro de la exposición:

  1. Dios se había apartado de Saúl: «El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl» (1S. 16.14a).

  2. Saúl lo sabía: «(…) y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños (..)» (1S. 28.15).

  3. El espíritu (del «supuesto» Samuel) también lo reconocía: «Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí, si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo?» (vrs. 16).

  4. Dios no le respondió a Saúl ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas: «Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas» (vrs. 6). Esto también Saúl lo sabía (vrs. 15).

Entonces, si Dios no le hablaba a Saúl por medio de profetas vivos, ¿lo habría de hacer a través de un profeta muerto?

Entendamos que Saúl —para consultar a Samuel— había utilizado un medio que Dios aborrecía: la adivinación. Dios, contundentemente, había prohibido consultar a los muertos: «Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?» (Is. 8.19). Y ya bien sabemos que incluso Saúl ejecutaba a los adivinos, cumpliendo, de esta manera, el mandato divino. Dios no usa medios inicuos, tampoco precisa de prácticas que Él mismo prohíbe, para revelarse a Su gente.

Siendo así, ¿quién, pues, era el espíritu, o el personaje, que le había aparecido a Saúl (o a la viuda de Endor)?

El hecho de que la Escritura dice que Saúl entendió que rea Samuel quien se había aparecido, no significa que en verdad lo era. Los versículos 5 y 15 dicen que Saúl tenía miedo, que estaba turbado y muy angustiado. Esta condición se prestaba para que Saúl se convirtiera en una víctima del engaño de Satanás. Por ende, en su confusión, Saúl pudo entender lo que a él le traería satisfacción propia. Y el que se hubiese cumplido lo que el espíritu había dicho (vrs. 19) tampoco otorga credibilidad de que fue Samuel quien lo profetizó.

Antes de Saúl haber consultado a la adivina de Endor, Dios había enviado un espíritu malo (un demonio) para atormentarlo: «El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová» (1S. 16.14). La Biblia enseña que Dios se puede valer de lo que Él quiera para precisar sus propósitos: «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo»; y que aun puede usar a quienes no le sirven, para lograr Sus objetivos: «Y aun al impío para el día malo» (Pr. 16.4). Dios puede usar incluso el demonio para conseguir realizar Sus planes: «Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá» (2S. 24.1). «Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel» (1Cró. 21.1). Nótese que el primer verso dice que Jehová incitó a David a hacer el censo, mientras que el segundo verso declara que Satanás fue quien lo incitó. ¿Contradicción? En lo absoluto. Lo que acontece es que, el primer verso dice quién quería incitar a David a hacer el censo: Jehová, mientras que el segundo verso indica qué medio usó Dios para conseguirlo: Satanás. Ninguno de los escritores estaba equivocado; cada cual escribió desde la perspectiva del discernimiento e interpretación de los hechos. Uno escribió según ocurría los hechos, el otro escribió revelando el móvil detrás de los hechos.

Si el propósito de Dios era acabar con Saúl, Él usaría aun al mismo diablo para lograrlo.

La Escritura declara que Dios envió un espíritu malo entre Abimalec y los hombres de Siquem, y los de Siquem se levantaron contra Abimalec. Aunque ambos habían actuado juntos para matar a los setenta hijos de Jerobaal, hermano de Abimalec, Dios les envió un demonio para provocar enemistad entre ellos mismos y así vengar la muerte de estos setenta varones. Ambos, los hombres de Siquem y Abimalec, murieron a causa de ese conflicto —y por obra divina (Jue. 9.22-24).

La vez que Dios quiso traer juicio en contra del rey Acab, dice la Biblia que Él consultó al ejército de los cielos (ángeles) solicitando un voluntario que estuviera dispuesto a inducir al rey para hacerlo subir y caer en Ramot de Galaad (1R 22.19-23). El relato continúa diciendo que un espíritu salió y se puso delante de Dios, ofreciéndose para dicha tarea. Es fácil deducir que ese espíritu era un ángel caído (un demonio). Y lo era porque, mientras que los ángeles de Dios debatían sobre quién y cómo inducirían a Acab, este espíritu se ofreció a ser espíritu de mentira en la boca de todos los profetas del rey —y un ángel de Dios no habla mentira.

Y para quienes piensan que los demonios no tienen acceso a la presencia de Dios, véase lo que dice el libro de Job, de cómo Satanás se “coló” entre los ángeles del Señor para acusar a Job (1.6; 2.1). Apocalipsis 12.7-10 también revela que, en los tiempos escatológicos, Satanás intentará subir a donde está Dios (como acostumbraba hacerlo cada vez que quería acusar a los hijos de Dios), solo que en esa ocasión le será negada la entrada de una buena vez y para siempre.

Cuando Senaquerib, rey de los asirios, se propuso invadir a Ezequías, rey de Judá; Dios puso un espíritu malo que hizo que el mismo Senaquerib escuchara un rumor (falso) de que Tirhaca, rey de Etiopía, había salido para hacerle guerra (en su tierra). Lo que realmente había sucedido fue que el ángel de Jehová salió y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil (185,000). Senaquerib, creyendo que en verdad había sido invadido por el rey de Etiopía, huyó y volvió a Nínive, donde se quedó. Y aconteció que, mientras él adoraba en el templo de Nisroc, su dios, Adramelec y Sarezer, sus hijos, lo mataron a espada (2R. 19.7, 35).

En el caso anterior, Jehová puso espíritu de mentira en la boca de todos los profetas de Acab. En el suceso de Senaquerib, Dios puso un espíritu con un rumor falso en él mismo.

Los ángeles de Dios no obran el mal (1S. 29.9); no dicen mentira ni hacen engaño (2 S. 19.27), pues son santos (Mt.25.31), y saben discernir entre lo bueno y lo malo (2 S. 14.17). Tampoco entran en el cuerpo de ningún humano —ni aun de los salvos. Eso solo lo hacen los demonios (véase Mt. 12.43-45; Mr. 5.12-13; Jn. 13.27; Ef. 4.27).

enero 4, 2018 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | 2 comentarios

El Padre Nuestro No Es Tan Solo Una Oración, También Es Una Revelación.

—Una Sinopsis.

Parte 2

Mateo 6:

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús no solo nos enseña a orar a través de este modelo de oración, sino que también nos revela grandes verdades espirituales. El Padre Nuestro es una oración que, además de acercarnos a Dios en busca de refugio, ayuda y consuelo, nos revela las profundidades de la sabiduría de Dios, Su poder, Su gloria, Su amor y Su carácter. Dios ha sido siempre exaltado. Dios sigue siendo exaltado. Dios será siempre exaltado.

8. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Dios es nuestro Sustentador, «Jehová-jireé». Él, usando distintos medios (el trabajo, por ejemplo, 2Ts. 3.10-12; entre otras cosas), nos suple de las cosas básicas (1Ti. 6.8: He.13.5) que necesitamos para subsistir en esta vida. Pero Dios no quiere solamente sustentar nuestros cuerpos; Él quiere alimentar el alma y el espíritu de cada uno de Sus hijos. El pan —o el alimento— que Dios nos da es:

►Su Hijo Jesús. «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre» (Jn. 6.35, 48, 50a).

►Su Palabra. «Susténtame conforme a tu palabra, y viviré» (Sal. 119.116). «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4.4b). «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová» (Amós 8.11).

►Su Espíritu Santo. «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14.17).

Este alimento lo tenemos que buscar y recibir de Él cada día.

9. Y perdónanos nuestras deudas. El pecado es una deuda. Por haberlo practicado le debemos a Dios justicia; un precio que no pudimos pagar por cuanto «todas nuestras justicias» son como trapos de inmundicia (Is. 64.6). El pecado se había convertido en nuestro amo. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Jn. 8.34). «Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 P. 2.19). «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?» (Ro. 6.16). Lo triste de esto es que, el pecado no nos había comprado para que fuésemos sus esclavos, sino que nosotros, voluntariamente, de forma gratuita, sin exigir ningún salario, nos habíamos entregado a él.

Sin embargo, el pecado fue tan generoso, que ofreció pagarnos un sueldo: la muerte: «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro. 6.23a). Escapar de la esclavitud del pecado, de su poder, de su culpa y de sus funestas consecuencias, no estaba a nuestro alcance. «Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate» (Sal. 49. 6-7). Ningún esclavo puede pagar su propio rescate. «(Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción» (vss. 8-9). Pero nuestro Padre Celestial decidió comprarnos y adquirirnos para Él nuevamente. Lo hizo a expensas de un precio muy alto: la vida de Su único y amado Hijo Jesús. Jesús pagó la deuda de nuestras culpas. Del pecado que cometimos contra Dios. «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6.20). «Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, (…) con la sangre preciosa de Cristo» (1P. 1.18-19).

Ahora, y cada vez que pecamos, podemos venir ante el Padre en el nombre de Su Hijo y decirle a Dios: «Y perdónanos nuestras deudas», por cuanto ya Jesús pagó el precio.

10. Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si Dios perdonó lo que le debíamos (esto es, justicia: hacer lo bueno y lo recto), nosotros también tenemos que perdonar a los que nos ofenden, a quienes nos deben justicia (un buen trato). Dios espera que, así como Él perdonó el pecado que habíamos cometido en contra de Él, y que nos alejó de Él; nosotros perdonemos a los que nos ofenden.

No podemos cobrarle a la gente el trato que nos deben, cuando Dios no nos cobró la justicia que le debíamos a Él. Tenemos que liberar de toda obligación (esto es lo que significa perdonar) a todo aquel que nos ha ofendido, que nos debe algo moral o espiritual. (Véase la parábola de los dos deudores, Mt. 18.23-35). Cuando perdonamos a nuestros ofensores nos pareceremos a Jesús.

La persona que no perdona los errores de los demás, asume una posición superior a Dios. Porque, si Él perdonó (y aún perdona) todos nuestros pecados, ¿quiénes somos para negarle el perdón a aquellos que nos ofenden? Lo de perdonar al hermano setenta veces siete (Mt. 18.21-22) no es tan impactante como lo que dice Lucas 17.3-4: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.”

Punto interesante: ambos pasajes tratan acerca del perdón hacia el “hermano”. No obstante, hemos sido llamados a estar en paz con todos los hombres, siempre y cuando nos sea posible: “sino que a paz nos llamó Dios” (1Co. 7.15). «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Ro. 12.18). Y una manera de estar en paz —con Dios, con uno mismo, y con nuestros semejantes, independientemente de que sean nuestros hermanos en la fe o no— es perdonando las faltas de quienes nos ofenden.

11. Y no nos metas en tentación. («No nos pongas a prueba» [Versión Popular]. No nos pruebes.)

Dios no tienta a nadie. Somos tentados de nuestra propia concupiscencia; de los deseos de nuestra propia carne. «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Stg. 1.13-15). El diablo lo sabe, y aprovecha y usa «todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (1Jn. 2.16), para seducir nuestra propia concupiscencia en un intento de despertar nuestra naturaleza caída y arrastrarnos al pecado.

Satanás es nuestro acusador, y Dios le concede permiso para atacarnos. Los ataques de Satanás pueden ser sensuales o no. Es decir, el diablo puede atacarnos (tentarnos) por medio de una seducción sensual (1 Co. 7.5) o también puede hacerlo a través de un daño físico (Job 2.7). Su intención siempre va acompañada de tentación. Y la tentación, sea cual sea, es para hacernos caer en su trampa, y así hacernos negar nuestra fidelidad a Dios.

Con esta suplica —y no nos metas en tentación— reconocemos ante Dios, y delante de nosotros mismos, que somos seres tan débiles y frágiles, que podemos fracasar en nuestro intento de serles fiel a Dios —si fuésemos probados. En otras palabras, le expresamos a Dios nuestro temor de quedar mal ante Él, de no pasar correctamente el examen o escrutinio de nuestra fidelidad hacia Él. Es una forma de reconocer nuestra insuficiencia y la dependencia total que de Él tenemos, pese a que sabemos que Él no nos desamparará ni nos negará Su ayuda.

12. Mas líbranos del mal. El inventor del mal es Satanás. Pedirle a Dios que nos libre del mal es pedirle que nos libre de su inventor, el diablo. Dependemos de Dios, de Su fuerza y de Su protección para vencerlo. Humanamente no disponemos de ninguna fuerza que nos capacite para pelear contra el mal hasta vencerlo. «Porque nadie será fuerte por su propia fuerza» (1S.2.9c). Nuestras fuerzas provienen de Dios. «Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea» (Sal.18.39a). Para vencer el mal y a su inventor, tenemos que aplicar la fórmula de Santiago 4.7:

1) Someternos a Dios. No se puede vencer el mal viviendo una vida de desobediencia y rebeldía. Muchos citan lo que la segunda carta del apóstol Pablo dice a los corintios: «porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (cp. 10. 4-5), pero lo hacen omitiendo el contexto —en este caso el versículo seis: «y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta

No podemos vencer al diablo hasta que hayamos aprendido a obedecer a Dios, hasta que hayamos madurado en la obediencia, hasta que nuestra obediencia sea perfecta o madura (este es el significado o aplicación de perfecta).

2) Resistir al diablo. Para esto se usa la armadura de Dios (Ef. 6.11-17). Esta armadura es para la defensiva y para la resistencia. El único elemento de la armadura que es para la defensiva y ofensiva es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (vs. 17b), la Escritura; los demás elementos de la armadura son para defenderse. Se usa el conocimiento adquirido de la Palabra para defenderse de los ataques del maligno y para atacarlo a él; como hizo Jesús (Mt. 4.4, 7, 10: «Escrito está». Esta expresión demuestra que Jesús conocía la Escritura y la sabía usar para contrarrestar las tentaciones del diablo).

3) A esta fórmula debe agregarse lo indicado en Efesios 6.18, la oración en el Espíritu. Jesús dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación» (Mt. 26.41).

Resultado: «Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal» (2Tes. 3.3).

13. Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria. La oración comienza santificando el nombre de Dios y concluye exaltándolo. Para esto emplea tres palabras: reino, poder y gloria.

1) Reino. Con respecto al reino, la Biblia dice: «Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿no está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?» (2 Cró. 20.6). «El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Ap. 11.15).

2) Poder. En relación al poder, la Escritura dice: «Atribuid poder a Dios; sobre Israel es su magnificencia, y su poder está en los cielos» (Sal. 68.34).

3) Gloria. En cuanto a la gloria, la Palabra de Dios enseña: «Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas, sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre» (1 Cró. 29.11-13).

14. Por todos los siglos. Amén. Finalmente, la expresión «por todos los siglos, amén» es lo mismo que decir: «porque tuyos (el reino, y el poder, y la gloria) han sido ayer, los son hoy, y los serán siempre».

—o—

Toda la oración del Señor gira en torno a la persona de Dios y a la relación que Él tiene con sus criaturas creadas. En la oración del Padre Nuestro podemos notar.

  1. Su Identidad: Padre

  2. Su Paternidad: Nuestro

  3. Su Morada: Que estás en los cielos

  4. Su Carácter: Santificado sea tu nombre

  5. Su Realeza: Venga tu reino

  6. Su Soberanía: Hágase tú voluntad, como en el cielo, así también en la tierra

  7. Su Provisión: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

  8. Su Misericordia: Y perdónanos nuestras deudas

  9. Su Ley: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

  10. Su Compasión: Y no nos metas en tentación

  11. Su Protección: Mas líbranos del mal

  12. Su Exaltación: Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos

  13. Su Perpetuidad: Amén

La oración principia mostrándonos la relación paternal que Dios tiene con nosotros. Continúa reconociendo la santidad y soberanía divina. Describe el cuidado amoroso que Él tiene de sus hijos. Expresa la misericordia con la que nos recibe y nos perdona. Declara sus demandas. Demuestra Su compasión, promete Su protección, y, finalmente, concluye exaltando Su Persona: el Soberano Dios, el Creador de los cielos y la tierra. El poderoso; el Eterno. El Rey de Reyes.

Es interesante observar cómo un Ser tan Grande y Supremo puede tener una relación tan paternal y amorosa con criaturas tan viles como lo somos todos nosotros. El Padre Nuestro revela el poder y la soberanía de Dios, pero también nos muestra el amor y el cuidado que Él tiene de nosotros.

octubre 14, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

El Padre Nuestro No Es Tan Solo Una Oración, También Es Una Revelación.

—Una Sinopsis.

Parte 1

Mateo 6:

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús no solo nos enseña a orar a través de este modelo de oración, sino que también nos revela grandes verdades espirituales. El Padre Nuestro es una oración que, además de acercarnos a Dios en busca de refugio, ayuda y consuelo, nos revela las profundidades de la sabiduría de Dios, Su poder, Su gloria, Su amor y Su carácter. Dios ha sido siempre exaltado. Dios sigue siendo exaltado. Dios será siempre exaltado.

1. Padre. Jesús nunca llamó a Dios por un Nombre Propio. Algunos nombres de Dios son: ELOHIM (en plural, representando y revelando la Divina Trinidad, véase Dt. 32.39): Dios «Creador, Todopoderoso y Fuerte» (Gn. 17.7; Jer.31.33); YHVH, YAHWEH: Jehová, SEÑOR (YO SOY, Ex. 3.14); EL SHADDAI: «Dios Todopoderoso, El Fuerte de Jacob» (Gn. 49.24; Sal. 132.2, 5). Pese a que Dios ya era conocido por Su pueblo por varios y diversos nombres, Jesús siempre Lo llamó y Lo reconoció como Su Padre.

Padre, en su significado más amplio, describe a Dios como el Productor de todas las cosas y el Creador del hombre: Padre Creador. De manera que, en lo que a creación respecta, todo puede ser denominado descendencia o producto de Dios. Él es el Creador de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Dios creó los cielos y la tierra, ángeles y a los seres humanos.

2. Nuestro. Pero Dios es Padre espiritual solamente de aquellos que son hermanos espirituales de Su Hijo Jesús; de aquellos que le recibieron como Salvador. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn. 1. 12-13). «Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mr. 3.35). «El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen» (Lc. 8.21).

Todos somos Sus criaturas, pero no todas Sus criaturas son Sus hijos, así como tampoco Él es Padre de todos. Por ejemplo, en una ocasión, cuando los fariseos alegaban ser hijos (descendientes) de Abraham, Jesús les respondió: «Vosotros hacéis las obras de vuestro padre A lo que los fariseos replicaron: «(…) un padre tenemos, que es Dios.» El Señor les respondió: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (Jn. 8.37-44).

A esto, el apóstol Juan añade: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Jn. 3.8a,10). Tómese en cuenta que Juan se está refiriendo a la práctica del pecado —como estilo de vida— y no a la fragilidad humana que incluso los cristianos tenemos, con la que, muchas veces, e involuntariamente, le fallamos a Dios. Hay una diferencia entre pecar y practicar el pecado. En cuanto a pecar, el mismo Juan (bajo inspiración del Espíritu Santo, obviamente) dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (1.8-10). Pero en relación a practicar (permanecer haciendo) el pecado, la aseveración es que «el que practica el pecado es del diablo

Con palabras como: «vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre [el diablo]», «vosotros hacéis las obras de vuestro padre [el diablo]» y «los deseos de vuestro padre [el diablo] queréis hacer», Jesús, con toda obviedad, enseña claramente que no todas las criaturas que Dios creó son Sus hijos, y que el estilo de vida que elijamos seguir define quién es nuestro padre. Si elegimos continuar viviendo (practicando) una vida sumergidos en el pecado, y no nos arrepentimos y no nos convertimos a Cristo, indiscutiblemente, Dios no es nuestro Padre.

3. Que estás en los cielos. El cielo es el trono de Dios. «Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies» (Is. 66.1a). Él mora en los cielos, y específicamente en el tercer cielo. «Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos [1er cielo], los cielos [2do cielo] de los cielos [3er cielo], no te pueden contener» (1 R. 8.27).

Y desde los cielos Dios oye, ve, tiene conocimiento y control de todo lo que ocurre en la tierra y en el universo: «Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres» (Sal. 11.4).). «Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?» (Dn. 4.35).

Nuestro Padre desde el cielo nos bendice (Dt. 26.15; Gn. 49.25; Ef. 1.3), nos ayuda (Sal. 34.17-18), nos consuela (Sal. 34.19), nos salva (Neh. 9.27; Sal. 20.6; Sal 57.3; 91.11-12, y nos protege.

Y algún día, al final de nuestra jornada terrenal, estaremos con Él permanentemente en los cielos. «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14.2-3).

4. Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios revela Su carácter. Si Él santo, Su Nombre también lo es. Dios es Santo; esto es: Único, distinto, especial, y sin pecado. Tenemos, pues, que santificar Su Nombre, es decir, tratarlo como lo que él es: único, distinto, especial; sin pecado. No podemos tratar el Nombre de Dios ordinariamente, comúnmente o corrientemente, sino santamente, de manera especial porque él (Su Nombre) es santo. «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano» (Ex. 20.7).

Acerca de Su nombre Dios dice: «y me mostraré celoso por mi santo nombre» (Ez. 39.25c). Dios dijo a los levitas: «Y no profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado en medio de los hijos de Israel. Yo Jehová que os santifico» (Lv. 22.32). David exhortó a los israelitas: «Dad a Jehová la honra debida a su nombre» (1 Cró. 16. 29a).

5. Venga Tu Reino. Ese reino ya está en la tierra, en medio nuestro, de forma espiritual. «Porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros» (Lc. 17.21b). Nosotros somos los representantes de ese reino. «Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí» (Lc. 22.29). «Y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria» (1Ts. 2.12). Solo hay que esperar que ese reino se manifieste de manera completa. Esto sucederá durante el retorno visible de Cristo (Ap. 19.11-21), cuando Él establecerá Su Trono en la tierra por un periodo de mil años (cp. 20.4), luego del cual —y después del juicio ante el Gran Trono Blanco (o Juicio Final, cp. 20.11-15)— el reino será trasladado (o continuará) en la Nueva Jerusalen (cp. 21).

Mientras tanto, debemos dedicarnos a expandir este reino. «Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia» (He. 12.28). Y eso lo hacemos predicando el evangelio al mundo, para que los que aún no son de este reino, vengan a formar parte de él. «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mr. 16.15). «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén» (Mt. 28. 19-20).

6. Hágase tu voluntad. La voluntad de Dios es la prioridad del cristiano. Y esa voluntad es nuestra santificación —que nos apartemos de toda inmundicia y contaminación del cuerpo, de la mente, del alma y del espíritu. «Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación» (1 Tes. 4.3a). «Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7.1). «Para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios» (1P. 4.2).

Dios quiere que vivamos apartados del pecado y consagrados a Jesús.

7. Como en el cielo, así también en la tierra. Todas las criaturas celestiales obedecen a Dios. Aun Jesús, mientras estuvo en la tierra, hizo la voluntad del Padre. «Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Jn. 4.34). «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre» (Jn. 5.30). «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn. 6.38).

Nosotros, pues, tenemos que hacer Su voluntad. «Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor» (Ef. 5.17). Nada debe impedir que agrademos a Dios, y esto se logra haciendo Su voluntad. «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8.29).

octubre 7, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | Deja un comentario

El pobre de espíritu.

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La Biblia contiene un pasaje que habla —de manera impactante— acerca del humilde, y del trato especial que Dios tiene hacia él. El texto es Isaías 66.2. La segunda parte del versículo dice: “pero miraré aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Pobreza no es sinónimo de humildad, pero de escasez y necesidad; muchas veces de miseria. (En Hispanoamérica, el término humildad se usa también para indicar cierto grado de modestia social o de indigencia.) La pobreza tiene su origen en el pecado. Es una condición social que ha existido en todas las civilizaciones y ha prevalecido a través de las dispensaciones de los tiempos de la raza humana; y  perdurará hasta que Cristo establezca Su gobierno milenario en la tierra. En lo que esto acontece, la pobreza cohabitará con nosotros, según lo dijo Jesús (Mt. 26.11; compárese con Dt. 15.11).

Se puede ser pobre y orgulloso a la vez (Pr. 13.7; 12.9). También hay pobres humildes. Hay ricos orgullosos e igual los hay humildes; esto último muy escasamente.

Un pobre es un individuo que siempre está necesitado. Apenas tiene los recursos para sufragar sus necesidades más básicas. Puede llegar al extremo de pedir, y hasta mendigar para solventar sus insuficiencias.

En el lenguaje bíblico existen dos clases de pobres:

  1. el espiritualmente pobre

  2. el pobre de espíritu o en espíritu

1. El primero es aquel que se siente satisfecho en (y con) el nivel espiritual que tiene o que ha alcanzado. Se cree espiritualmente saludable (o rico), a pesar de que en la realidad, la relación mediocre que tiene con Dios y con sus semejantes declara todo lo contrario. Un ejemplo que se puede citar, con la intención de entender mejor este punto, es el del cristiano que adora a Dios y aborrece a su hermano. La adoración que rinde a Dios lo hace ver o lo hace sentir a él, aparentemente, rico, pero en el fondo él es pobre. De esta clase de pobre espiritual habla Apocalipsis 3.15-18.

Nótese que la pobreza no es indicador de carencia total. Implica la posesión de algo, pero que no es lo suficiente como para vivir bien. De modo que, según vimos en Apocalipsis, el pobre espiritual no es el impío, sino el creyente que, teniendo un Jehová Yiré, vive en pobreza. No disfruta de la vida abundante que Jesús le ofrece. Se conforma con lo que ha conseguido y hasta donde ha llegado. Depende de sus propios medios y métodos, y los usa para subsistir —espiritualmente— y para conseguir lo que le falta. Semejante al hijo prodigo, se jacta de las riquezas y de los bienes de su Padre, y los reclama, para tan solo derrocharlos en sus intereses personales, y luego finalizar comiendo algarrobas.

2. El pobre de espíritu —o en espíritu, como lo dijo Jesús (Mt. 5.3; compárese con           Stg. 2.5— es aquel que siente y tiene la necesidad de Dios, de Su continuo socorro, de Su presencia. Depende de Él cada día para mitigar su sed y saciar su hambre; sed de Dios y hambre de Su Palabra. Es un mendigo espiritual que vive postrado a los pies del Padre Celestial, suplicando que lo llene de Su Espíritu, de Su amor, de Su misericordia, de Su poder, y de todas esas cosas que solamente Él puede dar. Reconoce que la provisión que recibirá de Dios hoy, en este día, no será suficiente para mañana. No es que la provisión divina esté incompleta, o sea insuficientemente poderosa para cubrir las necesidades de una vez por todas. Más bien, que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana (Lm. 3.22-24). Como el maná, que el Señor lo daba diariamente fresco (Ex. 16.4, 16, 19), no sea que saciándose el pueblo, se olvidara luego de Él (Pr. 30.8-9); otra razón por la cual Dios no procura saciar el hambre espiritual de una vez por todas.

Al Señor no le ha placido suplir todas las necesidades de una sola vez porque  cada día trae su propio afán (Mt. 6.31, 34), y el afán de cada día puede ser diferente. Por eso el pobre de espíritu acude a Él cada día, por cuanto no puede satisfacer las necesidades de su pobreza con la misericordia de la mañana anterior. Sino que, al igual que Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza (Ro. 4.18, es decir, una esperanza nueva o reciente de que Dios cumpliría lo que le había prometido reemplazaba la esperanza anterior, la cual estaba a punto de desvanecerse), el pobre de espíritu busca y recibe de Dios lo que necesita cada día, un día a la vez (Sal. 118.24). Él no es como el pobre de Ap. 3.17, quien, habiéndose sentido abastecido, llegó a tal autosuficiencia espiritual, que ya no buscaba constantemente y diariamente de Dios. Por tal razón, el texto que leímos (Isaías 66.2) vincula la humildad al pobre de espíritu; porque la dependencia espiritual de la que venimos hablando es la que puede identificarse como humildad espiritual.

El pobre y humilde de espíritu (o de corazón, como lo enseña Jesús en Mt. 11.29) es el que verdaderamente teme a Dios. El mismo Señor así lo declara con la frase “y que tiembla a mi palabra.” El temblor al que Dios se refiere es el mismo que sintió el Salmista, al decir: “mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo” (Sal. 119.120).

(Porción tomada del eLibro: Dios Cumplirá Tu Deseo.)

junio 5, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? —Parte 4 (Final)

La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

13. Ahora bien, la vida eterna comienza en el momento que conocemos a Jesús (estando en nuestros cuerpos mortales), pero continúa o se extiende después de la muerte. Es ahí donde esta vida eterna pasa —parcialmente— a la eternidad con Dios.

  • “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará (Juan 12.25).

  • “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna (Gálatas 6.8).

  • “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6.22-23).

  • “(…) y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13.48).

  • “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3.15).

  • “conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna (Judas 21).

¿Por qué dije, al principio de este punto, que después de la muerte la vida eterna pasa —parcialmente— a la eternidad con Dios? ¿Por qué lo de parcialmente? Porque la vida eterna incluye el cuerpo, y la muerte lo destruirá (temporalmente), pues el cuerpo que actualmente tenemos es corruptible; entonces continuaremos la vida eterna en el paraíso, sin cuerpo (de ahí lo de parcialmente), hasta que Dios lo resucite y lo transforme, para entonces continuar viviendo la vida eterna en la eternidad con Dios, y con el cuerpo transformado. De esto nos ocuparemos en el próximo punto, pero para mientras: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1Corintios 15.51-54).

14. ¿Y qué del cuerpo; acaso no estamos supuestos a entrar a la vida eterna en alma y cuerpo?

Para COMENZAR a disfrutar de la vida eterna NO NECESITAMOS morir y entrar al paraíso, o ser resucitados con un cuerpo transformado e inmortal. Ya sabemos lo que dijo Jesús, que la vida eterna comienza cuando creemos en Él: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6.47). De esto se discutió ampliamente al principio de este articulo (véase la Parte 1 de esta publicación).

La vida eterna comienza en el presente (con este cuerpo, cuando creímos), continúa en el paraíso (sin este cuerpo), y trasciende o se extiende —para siempre— en la resurrección, cuando Dios nos devuelva el cuerpo, pero transformado, para vivir eternamente con Él esta vida eterna que ya hemos comenzado a vivir.

  • “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6.40).

  • “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6.54).

  • vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad (Romanos 2.7).

  • “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Corintios 15.53).

enero 31, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Teología | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 3

La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

9. Conocer a Dios involucra dos etapas en la vida:

a. conocerlo en el presente: tener un encuentro personal con Él, el día de nuestra conversión e iniciar una intimidad espiritual con Él a través de nuestra entrega a Él durante nuestro peregrinaje en la tierra. En esta etapa se descubre Su naturaleza y Su carácter; sus atributos: Su bondad, Su misericordia, Su amor, Su santidad, Su justicia, etc., etc.

b. conocerlo —o continuar conociéndolo— en la eternidad: ¿Qué implica esto? El hecho de que de que se necesita la eternidad para conocer a Dios también implica dos cosas:

  • Que la relación íntima que tenemos con Él en el presente, continuará en el futuro, después de la muerte (en el paraíso), y en la eternidad (después de la resurrección) —para siempre.

  • Que (y esto ya se mencionó en el punto 5), si adoramos y servimos a un Dios que es Eterno, necesitamos la eternidad para conocerlo plenamente.

10. Ahora bien, conocer a Dios es algo que nos viene o nos sucede por revelación divina; esto es, Dios es quien toma la iniciativa, Él es quién se da a conocer; y esto, a través de Jesucristo.

  • “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mateo 11.27).

  • “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Lucas 10.22).

  • “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1.18).

  • “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero (…)” (1 Juan 5.20).

  • “Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, (…) mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, (…)” (Gálatas 4.8-9).

  • “Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerándesde el menor hasta el mayor de ellos” (Hebreos 8.11).

11. Sin esta revelación, nadie puede conocer a Dios ni establecer una relación íntima con Él.

  • En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció (Juan 1.10).

  • “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3.1).

12. Luego que hemos recibido esta revelación de Dios, nos toca a nosotros aceptar el regalo de la vida eterna que Dios nos ofrece —a través de la fe, y entrar en una relación espiritual íntima con Dios.

Esta revelación nos muestra Quién es Dios y cómo es Él (Eterno, Omnipotente, Omnisciente, Infinito, bondadoso, misericordioso, amoroso, Santo, Justo, etc., etc.). Pero una relación espiritual íntima con Dios va más allá de meramente descubrir y saber Quién y cómo es Dios, y consiste, además, en adorarle, buscarle, obedecerle y someterse a Su Voluntad (véase el punto No. 9). Y esta clase de relación se cultiva a través de la adoración, oración, comunión, búsqueda, estudio de la Biblia, entrega y obediencia a Dios, como está escrito en Su Palabra, la Biblia, las Santas Escrituras. De esta manera es que podemos conocer a Dios íntimamente, y es lo que la Escritura llama comunión íntima.

  • La comunión íntima de Jehová es con los que le temen¹, y a ellos hará conocer su pacto² (Salmo 25.14).

  • “Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos³ (Proverbios 3.32).

¹Temer es un término bíblico que se usa para describir la acción de apartarse del mal y obedecer a Dios:

  • El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8.13).

  • Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, entonces entenderás el temor de Jehová (Proverbios 2.1, 5a).

²Pacto es equivalente a Su Palabra, a lo que Dios dice y le quiere comunicar a Sus hijos, con quienes, según el Salmo 25.14, Él tiene Su comunión íntima. Los siguientes versículos demuestran este principio, pero con palabras como: conocerá si la doctrina es de Dios, encubriré yo, y todas las cosas (…) os las he dado a conocer:

  • El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7.17).

  • “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer (…)?” (Génesis 18.17).

  • “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer (Juan 15.15).

Interesantemente, Jesús considera Sus amigos, y los llama como tal, a quienes obedecen Sus mandamientos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando (Juan 15.14).

³Justo es lo opuesto a injusto. Y es el equivalente a bueno, pero al bueno que sigue y obedece a Dios, y no al meramente y moralmente bueno. En la Biblia, el término justo, siempre está ligado al que teme a Dios.

  • “Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo (1 Juan 3.7).

  • “Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él (1 Juan 2.29).

  • 1 Timoteo 1. 9-10 describe quien NO ES el justo: “conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina.”

El justo es, pues, el que hace justicia (1 Juan 3.7), pero de acuerdo a lo establecido por Dios, es decir, según la sana doctrina (1 Timoteo 1. 10), pues, ha nacido de Él (1 Juan 2.29).

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

 

enero 24, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 2

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La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

4. ¿Sabes en qué consiste la vida eterna?

La vida Eterna no consiste solamente en NO MORIR; esto es inmortalidad, y forma parte de lo que Cristo logró para nosotros con su muerte: “(…) nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (…)” (2 Timoteo 1.10).

La vida eterna consiste en conocer a Dios el Padre y a Jesucristo Su Hijo. Jesús lo dijo así: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17.3).

5. ¿Y sabes por qué la vida eterna consiste en conocer a Dios el Padre y a Jesucristo Su Hijo?

a. Porque Dios es la vida eterna: “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna(1 Juan 5.20). [Véase el punto No.1.]

b. Si  Dios es la vida eterna, entonces en Él está la vida eterna. De manera que quien conoce y tiene a Dios como su Salvador, tiene la vida eterna. Se necesita a Dios para tener vida eterna. “este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5.11-12). [Véase el punto No. 2.]

c. Si adoramos y servimos a un Dios que es Eterno, necesitamos la eternidad para conocerlo plenamente. Dicho esto en otros términos equivalentes, Si Dios es eterno, se necesita (de) la eternidad para conocerlo. Se necesita a Dios para tener la vida eterna y se necesita la vida eterna para conocer a Dios.

6. ¿Y sabes qué significa conocer a Dios?

En el lenguaje bíblico, conocer —entre las distintas aplicaciones que tiene— es una palabra que también se usa para referirse a la intimidad que se tiene con alguien dentro de una relación. Por ejemplo, dentro del matrimonio se usaba para referirse a la intimidad sexual que existía entre una pareja.

  • Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (…)” (Génesis 4.1).

  • “Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc” (Génesis 4.17).

  • “Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set” (Génesis 4.25).

7. Cuando la palabra conocer es usada en relación a Dios, significa tener una relación espiritual íntima con Él y con Su Hijo.

  • “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14.17).

  • “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2.19). La frase Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” indica la clase de relación íntima que debemos tener con Dios; una vida de santidad, de separación para Él.

  • “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios (1 Juan 4.7). El amor que tenemos por los demás indica si en verdad tenemos una relación íntima con Dios, pues, el que ama a Dios, tiene que también amar a los demás, porque: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4.20). Además: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13.35).

La mejor definición para entender el significado que la palabra conocer tiene, en términos de la intimidad espiritual que debe existir entre un individuo y Dios, se encuentra en las palabras que nuestro Señor Jesucristo dijo en los siguientes pasajes bíblicos.

  • “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7. 21-23).

  • “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois.Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos (Lucas 13. 24-28).

En estos versos podemos apreciar cómo no todos los que dicen conocer a Dios realmente lo conocen. Con palabras como “apartaos de mí hacedores de maldad”, es fácil notar que la relación que estas personas tenían con el Señor no era genuina, pese a las cosas que ellas alegaban hacer (hablar en lenguas, hacer milagros, etc.). Pues, la respuesta que Él les da: “Nunca os conocí” y “No sé de dónde sois”, muestra claramente que no existía tal clase de relación entre ellos y Dios.

Con la frase sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, nuestro Señor Jesucristo define en qué consiste la relación íntima que Dios quiere que tengamos con Él; una relación en la que Sus hijos conocen lo que su Padre quiere y lo que a Él le agrada que hagamos. Esta era la clase de relación que Jesús tenía con el Padre.

  • “así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre (…)” (Juan 10.15).

  • “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada (Juan 8.29).

Y esta es la clase de relación que Jesús identificó como la que realmente determina si en verdad conocemos a Dios y tenemos intimidad con Él.

  • “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen (Lucas 8.21b).

  • “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre (Mateo 12.50).

Bien sabemos que un hermano, una hermana y una madre son personas con quienes nuestra relación es de carácter íntimo. Es por eso que nuestro Señor, a través de estas palabras, simplemente nos está indicando que quienes pretendemos, pretendamos —o queramos— tener una relación íntima con Dios, tenemos que hacer Su voluntad; y que una íntima relación con Dios es hacer (y se consigue) haciendo la voluntad de Dios.

Pero para hacer la voluntad de Dios, primeramente hay que conocerla.

  • “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5.17).

  • “(…) para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12.2b).

  • “(…) que seáis llenos del conocimiento de su voluntad (…)” (Colosenses 1.9).

  • “dándonos a conocer el misterio de su voluntad” (Efesios 1.9a).

  • “(…) El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad” (Hechos 22.14).

Conocer la voluntad de Dios es el primer paso que nos llevará a tener una relación íntima con Él, pero hacer Su voluntad es lo que realmente nos une a Él en esta clase de relación, y es lo que determina si realmente Le conocemos. Esto último es lo que Jesús claramente dio a entender con las frases: sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos; y entonces les declararé: Nunca os conocí; No sé de dónde sois. Nótese cómo en estas frases, el verbo conocer está relacionado a hacer la voluntad de Dios.

8.  ¿En qué consiste tener una relación espiritual íntima con Dios?

Consiste en dos cosas, a saber:

a. en descubrir y saber Quién y cómo es Dios (Su naturaleza: Eterno, Omnipotente, Omnisciente, Infinito, etc., etc. Su carácter: bondadoso, misericordioso, amoroso, Santo, Justo, etc., etc.)

b. en adorarle, buscarle, obedecerle y someterse a Su Voluntad. (Véase el punto No.13; en la próxima publicación.)

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

enero 17, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 1

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La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

La vida eterna NO COMIENZA después que uno muere. Lo que comienza después de la muerte es la eternidad —con Dios, si nos rendimos a Él mientras estábamos en vida; o en el infierno, si rechazamos adorarle y servirle.

Interesantemente, la vida eterna COMIENZA desde el mismo momento que uno cree en Jesús y Lo acepta como Salvador. Jesús dijo:

  • “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6.47). Nótese que Él NO DIJO tendrá vida eterna, sino “tiene” vida eterna —tiempo presente.

  • El que cree en el Hijo tiene vida eterna (…)” (Juan 3.36).

  • “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida (Juan 5.24).

  • “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5.13).

  • “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.28).

1. ¿Y sabes por qué la vida eterna comienza en el mismo momento en el que uno cree en Jesús?

Porque Jesús es la vida eterna.

  • “(porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)” (1 Juan 1.2).

  • “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna(1 Juan 5.20).

2. Jesús es la vida eterna, y por lo tanto, recibirlo a Él es recibir la vida eterna, pues en Él está la vida eterna.

  • “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (1 Juan 5.11).

De manera que, tener a Jesús es tener la vida eterna en el presente.

3. ¿Cómo o cuándo comienza la vida eterna?

Ya se dijo que la vida eterna comienza en el preciso momento en el que creímos en Jesús y lo recibimos como Salvador. Ahora bien, el proceso es el siguiente:

a. La vida eterna comienza con la resurrección de nuestro espíritu, que estaba muerto: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2.1).

b. Esta resurrección ocurre o toma parte durante el nuevo nacimiento: “Os es necesario nacer de nuevo. (…) el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (…) el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3.7, 3, 5).

El agua es símbolo de la Palabra de Dios: “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5.26) y del Espíritu Santo: “(…) de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él (…)” (Juan 7. 38-39). En este verso los dos se mencionan para describir el papel que ambos desempeñan en el nuevo nacimiento.

El nuevo nacimiento es obra del Espíritu Santo, Quien usa el agua —la Palabra de Dios, que fue implantada en nosotros a través del mensaje que escuchamos, que nos fue predicado: “(…) la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Santiago 1.21) —y Él, conjuntamente con la Palabra, nos hizo nacer de nuevo:

  • “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad (…)” (Santiago 1.18).

  • siendo renacidos, (…) por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1Pedro 1.23).

  • “nos salvó, (…) por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3.5).

c. En este proceso, Dios nos imparte la vida de Cristo:

  • “este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5.11-12).

  • “aun estando nosotros muertos en pecados,  nos dio vida juntamente con Cristo (Efesios 2.5).

Si la vida que Dios nos impartió es la vida de Cristo (Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo), entonces es vida eterna, pues Jesús es la vida eterna.

  • “(…) y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna (1Juan 5.20).

  • y El que tiene al Hijo, tiene la vida. (vrs. 12a).

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

enero 12, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Misceláneas | 1 comentario

Dios Cumplirá Tu Deseo

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El Deseo

Todos tenemos deseos. El deseo está orientado según el carácter y personalidad de cada quien; esto en sentido general. El seno familiar, así como la cultura en donde nace, crece y se desarrolla cada individuo, también ejercen cierta influencia en los intereses que cada persona tiene y siente, y por los que labora e invierte recursos. Precisamente, éste será otro término para referirse a deseos: intereses. Podemos, igualmente, emplear la palabra anhelo, como sinónimo de deseos.

El anhelo o deseo de cada quien varía —aparte de lo que ya se dijo— de acuerdo al grado o nivel espiritual, así como del conocimiento bíblico que se tiene. Dicho esto en otros términos equivalentes, la persona que es madura espiritualmente y que ha aprendido a conocer la voluntad de Dios para su vida según está en las Escrituras, sabe canalizar sus deseos, y los orienta de acuerdo a Esa voluntad. Sea que se trate de deseos nobles y honestos —como debe ser— reconoce que no siempre será voluntad de Dios concederlos. Él es Soberano, y, al final, es Quien decide lo que nos da, y si conviene o no.

De todas maneras, la madurez espiritual nos ayuda a esperar en Dios, si quizás, en Su misericordia, nos concede los deseos de nuestros corazones, los anhelos de nuestras almas. De aquí que, es importante conocer lo que la Biblia enseña al respecto.

En este libro (eBook/eLibro) tenemos, por lo menos, cuatro puntos que nos pueden orientar en orden de obrar correctamente delante de Dios, y así lograr conmover Su corazón, e inclinarlo a que conceda nuestros deseos. Es importante aprenderlos, pero más importante aún es internalizarlos y practicarlos con la finalidad —y con la esperanza— de ver nuestros deseos cumplidos, realizados.

No importa cuál sea tu deseo, si de carácter material, moral o espiritual —conseguir una esposa/esposo, terminar una carrera, avanzar en el ministerio, obtener una casa, adquirir bienestar financiero o bienestar familiar— Dios tiene pautas establecidas que se deben observar para recibir de Él la respuesta, o para poder acelerarla. De todos modos, y por causa de nuestra ignorancia de la Palabra de Dios, Él, en Su misericordia y en Su amor, pese al conocimiento limitado que tenemos de Su voluntad (limitación que a veces es voluntaria), nos concede lo que anhelamos recibir de Él; pero ésta no es la regla.

Hay cosas en la Biblia que son más difíciles de aprender que otras. Cosas que tal vez nos tomarían más tiempo tanto el saberlas como el practicarlas. Dentro del conocimiento aprendido, Dios toma en cuenta la intención del corazón y la honestidad que hay en el esfuerzo por realizar lo que Él quiere que hagamos, para así contarlo como válido delante de Él.

De todos modos, la ignorancia no es una manera de justificar lo malo que uno hace. La Biblia dice que tenemos que andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne. Seguramente que si andamos en el Espíritu, y somos dirigidos por Él, nuestros deseos no estarán orientados hacia intereses meramente personales (intereses que nos pueden convertir en personas insensibles para con los demás, avaros, egoístas, sensuales, carnales, etc.), sino que tendremos como meta honrar a Dios, crecer en Él, expandir Su reino, ayudar al prójimo, etc. Siempre tendrán la inclinación de identificarse con el bien; emanarán de un corazón benigno, bondadoso, amoroso, y su finalidad será honrar al Rey.

Sí es cierto que algunos de nuestros deseos son para meramente vivir bien en esta tierra y subsistir, y no es malo sentirlos, como tampoco conseguirlos. Pero, todo lo que sentimos y queremos debe ser priorizado de acuerdo a la necesidad que se tiene y a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Tenemos que evaluar qué es lo más importante —tanto para uno como para Dios— y de ahí mantener vivo el deseo o descartarlo.

¡Qué hermoso es ver nuestros deseos cumplidos! Como dice Proverbios 13.12, 19a: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido. El deseo cumplido regocija el alma.” Exclamemos como el Salmista: “Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (38.9). Y él mismo nos responderá: “Te dé conforme al deseo de tu corazón, conceda Jehová todas tus peticiones” (20.4a-5b). Y entonces celebraremos como David, por todo lo que Dios habrá hecho por nosotros, diciendo: “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios” (21.2).

noviembre 21, 2016 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario