Equipando La Mente

El Padre Nuestro No Es Tan Solo Una Oración, También Es Una Revelación.

—Una Sinopsis.

Parte 2

Mateo 6:

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús no solo nos enseña a orar a través de este modelo de oración, sino que también nos revela grandes verdades espirituales. El Padre Nuestro es una oración que, además de acercarnos a Dios en busca de refugio, ayuda y consuelo, nos revela las profundidades de la sabiduría de Dios, Su poder, Su gloria, Su amor y Su carácter. Dios ha sido siempre exaltado. Dios sigue siendo exaltado. Dios será siempre exaltado.

8. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Dios es nuestro Sustentador, «Jehová-jireé». Él, usando distintos medios (el trabajo, por ejemplo, 2Ts. 3.10-12; entre otras cosas), nos suple de las cosas básicas (1Ti. 6.8: He.13.5) que necesitamos para subsistir en esta vida. Pero Dios no quiere solamente sustentar nuestros cuerpos; Él quiere alimentar el alma y el espíritu de cada uno de Sus hijos. El pan —o el alimento— que Dios nos da es:

►Su Hijo Jesús. «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre» (Jn. 6.35, 48, 50a).

►Su Palabra. «Susténtame conforme a tu palabra, y viviré» (Sal. 119.116). «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4.4b). «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová» (Amós 8.11).

►Su Espíritu Santo. «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14.17).

Este alimento lo tenemos que buscar y recibir de Él cada día.

9. Y perdónanos nuestras deudas. El pecado es una deuda. Por haberlo practicado le debemos a Dios justicia; un precio que no pudimos pagar por cuanto «todas nuestras justicias» son como trapos de inmundicia (Is. 64.6). El pecado se había convertido en nuestro amo. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Jn. 8.34). «Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 P. 2.19). «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?» (Ro. 6.16). Lo triste de esto es que, el pecado no nos había comprado para que fuésemos sus esclavos, sino que nosotros, voluntariamente, de forma gratuita, sin exigir ningún salario, nos habíamos entregado a él.

Sin embargo, el pecado fue tan generoso, que ofreció pagarnos un sueldo: la muerte: «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro. 6.23a). Escapar de la esclavitud del pecado, de su poder, de su culpa y de sus funestas consecuencias, no estaba a nuestro alcance. «Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate» (Sal. 49. 6-7). Ningún esclavo puede pagar su propio rescate. «(Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción» (vss. 8-9). Pero nuestro Padre Celestial decidió comprarnos y adquirirnos para Él nuevamente. Lo hizo a expensas de un precio muy alto: la vida de Su único y amado Hijo Jesús. Jesús pagó la deuda de nuestras culpas. Del pecado que cometimos contra Dios. «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6.20). «Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, (…) con la sangre preciosa de Cristo» (1P. 1.18-19).

Ahora, y cada vez que pecamos, podemos venir ante el Padre en el nombre de Su Hijo y decirle a Dios: «Y perdónanos nuestras deudas», por cuanto ya Jesús pagó el precio.

10. Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si Dios perdonó lo que le debíamos (esto es, justicia: hacer lo bueno y lo recto), nosotros también tenemos que perdonar a los que nos ofenden, a quienes nos deben justicia (un buen trato). Dios espera que, así como Él perdonó el pecado que habíamos cometido en contra de Él, y que nos alejó de Él; nosotros perdonemos a los que nos ofenden.

No podemos cobrarle a la gente el trato que nos deben, cuando Dios no nos cobró la justicia que le debíamos a Él. Tenemos que liberar de toda obligación (esto es lo que significa perdonar) a todo aquel que nos ha ofendido, que nos debe algo moral o espiritual. (Véase la parábola de los dos deudores, Mt. 18.23-35). Cuando perdonamos a nuestros ofensores nos pareceremos a Jesús.

La persona que no perdona los errores de los demás, asume una posición superior a Dios. Porque, si Él perdonó (y aún perdona) todos nuestros pecados, ¿quiénes somos para negarle el perdón a aquellos que nos ofenden? Lo de perdonar al hermano setenta veces siete (Mt. 18.21-22) no es tan impactante como lo que dice Lucas 17.3-4: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.”

Punto interesante: ambos pasajes tratan acerca del perdón hacia el “hermano”. No obstante, hemos sido llamados a estar en paz con todos los hombres, siempre y cuando nos sea posible: “sino que a paz nos llamó Dios” (1Co. 7.15). «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Ro. 12.18). Y una manera de estar en paz —con Dios, con uno mismo, y con nuestros semejantes, independientemente de que sean nuestros hermanos en la fe o no— es perdonando las faltas de quienes nos ofenden.

11. Y no nos metas en tentación. («No nos pongas a prueba» [Versión Popular]. No nos pruebes.)

Dios no tienta a nadie. Somos tentados de nuestra propia concupiscencia; de los deseos de nuestra propia carne. «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Stg. 1.13-15). El diablo lo sabe, y aprovecha y usa «todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (1Jn. 2.16), para seducir nuestra propia concupiscencia en un intento de despertar nuestra naturaleza caída y arrastrarnos al pecado.

Satanás es nuestro acusador, y Dios le concede permiso para atacarnos. Los ataques de Satanás pueden ser sensuales o no. Es decir, el diablo puede atacarnos (tentarnos) por medio de una seducción sensual (1 Co. 7.5) o también puede hacerlo a través de un daño físico (Job 2.7). Su intención siempre va acompañada de tentación. Y la tentación, sea cual sea, es para hacernos caer en su trampa, y así hacernos negar nuestra fidelidad a Dios.

Con esta suplica —y no nos metas en tentación— reconocemos ante Dios, y delante de nosotros mismos, que somos seres tan débiles y frágiles, que podemos fracasar en nuestro intento de serles fiel a Dios —si fuésemos probados. En otras palabras, le expresamos a Dios nuestro temor de quedar mal ante Él, de no pasar correctamente el examen o escrutinio de nuestra fidelidad hacia Él. Es una forma de reconocer nuestra insuficiencia y la dependencia total que de Él tenemos, pese a que sabemos que Él no nos desamparará ni nos negará Su ayuda.

12. Mas líbranos del mal. El inventor del mal es Satanás. Pedirle a Dios que nos libre del mal es pedirle que nos libre de su inventor, el diablo. Dependemos de Dios, de Su fuerza y de Su protección para vencerlo. Humanamente no disponemos de ninguna fuerza que nos capacite para pelear contra el mal hasta vencerlo. «Porque nadie será fuerte por su propia fuerza» (1S.2.9c). Nuestras fuerzas provienen de Dios. «Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea» (Sal.18.39a). Para vencer el mal y a su inventor, tenemos que aplicar la fórmula de Santiago 4.7:

1) Someternos a Dios. No se puede vencer el mal viviendo una vida de desobediencia y rebeldía. Muchos citan lo que la segunda carta del apóstol Pablo dice a los corintios: «porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (cp. 10. 4-5), pero lo hacen omitiendo el contexto —en este caso el versículo seis: «y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta

No podemos vencer al diablo hasta que hayamos aprendido a obedecer a Dios, hasta que hayamos madurado en la obediencia, hasta que nuestra obediencia sea perfecta o madura (este es el significado o aplicación de perfecta).

2) Resistir al diablo. Para esto se usa la armadura de Dios (Ef. 6.11-17). Esta armadura es para la defensiva y para la resistencia. El único elemento de la armadura que es para la defensiva y ofensiva es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (vs. 17b), la Escritura; los demás elementos de la armadura son para defenderse. Se usa el conocimiento adquirido de la Palabra para defenderse de los ataques del maligno y para atacarlo a él; como hizo Jesús (Mt. 4.4, 7, 10: «Escrito está». Esta expresión demuestra que Jesús conocía la Escritura y la sabía usar para contrarrestar las tentaciones del diablo).

3) A esta fórmula debe agregarse lo indicado en Efesios 6.18, la oración en el Espíritu. Jesús dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación» (Mt. 26.41).

Resultado: «Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal» (2Tes. 3.3).

13. Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria. La oración comienza santificando el nombre de Dios y concluye exaltándolo. Para esto emplea tres palabras: reino, poder y gloria.

1) Reino. Con respecto al reino, la Biblia dice: «Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿no está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?» (2 Cró. 20.6). «El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Ap. 11.15).

2) Poder. En relación al poder, la Escritura dice: «Atribuid poder a Dios; sobre Israel es su magnificencia, y su poder está en los cielos» (Sal. 68.34).

3) Gloria. En cuanto a la gloria, la Palabra de Dios enseña: «Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas, sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre» (1 Cró. 29.11-13).

14. Por todos los siglos. Amén. Finalmente, la expresión «por todos los siglos, amén» es lo mismo que decir: «porque tuyos (el reino, y el poder, y la gloria) han sido ayer, los son hoy, y los serán siempre».

—o—

Toda la oración del Señor gira en torno a la persona de Dios y a la relación que Él tiene con sus criaturas creadas. En la oración del Padre Nuestro podemos notar.

  1. Su Identidad: Padre

  2. Su Paternidad: Nuestro

  3. Su Morada: Que estás en los cielos

  4. Su Carácter: Santificado sea tu nombre

  5. Su Realeza: Venga tu reino

  6. Su Soberanía: Hágase tú voluntad, como en el cielo, así también en la tierra

  7. Su Provisión: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

  8. Su Misericordia: Y perdónanos nuestras deudas

  9. Su Ley: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

  10. Su Compasión: Y no nos metas en tentación

  11. Su Protección: Mas líbranos del mal

  12. Su Exaltación: Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos

  13. Su Perpetuidad: Amén

La oración principia mostrándonos la relación paternal que Dios tiene con nosotros. Continúa reconociendo la santidad y soberanía divina. Describe el cuidado amoroso que Él tiene de sus hijos. Expresa la misericordia con la que nos recibe y nos perdona. Declara sus demandas. Demuestra Su compasión, promete Su protección, y, finalmente, concluye exaltando Su Persona: el Soberano Dios, el Creador de los cielos y la tierra. El poderoso; el Eterno. El Rey de Reyes.

Es interesante observar cómo un Ser tan Grande y Supremo puede tener una relación tan paternal y amorosa con criaturas tan viles como lo somos todos nosotros. El Padre Nuestro revela el poder y la soberanía de Dios, pero también nos muestra el amor y el cuidado que Él tiene de nosotros.

octubre 14, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

El Padre Nuestro No Es Tan Solo Una Oración, También Es Una Revelación.

—Una Sinopsis.

Parte 1

Mateo 6:

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús no solo nos enseña a orar a través de este modelo de oración, sino que también nos revela grandes verdades espirituales. El Padre Nuestro es una oración que, además de acercarnos a Dios en busca de refugio, ayuda y consuelo, nos revela las profundidades de la sabiduría de Dios, Su poder, Su gloria, Su amor y Su carácter. Dios ha sido siempre exaltado. Dios sigue siendo exaltado. Dios será siempre exaltado.

1. Padre. Jesús nunca llamó a Dios por un Nombre Propio. Algunos nombres de Dios son: ELOHIM (en plural, representando y revelando la Divina Trinidad, véase Dt. 32.39): Dios «Creador, Todopoderoso y Fuerte» (Gn. 17.7; Jer.31.33); YHVH, YAHWEH: Jehová, SEÑOR (YO SOY, Ex. 3.14); EL SHADDAI: «Dios Todopoderoso, El Fuerte de Jacob» (Gn. 49.24; Sal. 132.2, 5). Pese a que Dios ya era conocido por Su pueblo por varios y diversos nombres, Jesús siempre Lo llamó y Lo reconoció como Su Padre.

Padre, en su significado más amplio, describe a Dios como el Productor de todas las cosas y el Creador del hombre: Padre Creador. De manera que, en lo que a creación respecta, todo puede ser denominado descendencia o producto de Dios. Él es el Creador de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Dios creó los cielos y la tierra, ángeles y a los seres humanos.

2. Nuestro. Pero Dios es Padre espiritual solamente de aquellos que son hermanos espirituales de Su Hijo Jesús; de aquellos que le recibieron como Salvador. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn. 1. 12-13). «Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mr. 3.35). «El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen» (Lc. 8.21).

Todos somos Sus criaturas, pero no todas Sus criaturas son Sus hijos, así como tampoco Él es Padre de todos. Por ejemplo, en una ocasión, cuando los fariseos alegaban ser hijos (descendientes) de Abraham, Jesús les respondió: «Vosotros hacéis las obras de vuestro padre A lo que los fariseos replicaron: «(…) un padre tenemos, que es Dios.» El Señor les respondió: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (Jn. 8.37-44).

A esto, el apóstol Juan añade: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Jn. 3.8a,10). Tómese en cuenta que Juan se está refiriendo a la práctica del pecado —como estilo de vida— y no a la fragilidad humana que incluso los cristianos tenemos, con la que, muchas veces, e involuntariamente, le fallamos a Dios. Hay una diferencia entre pecar y practicar el pecado. En cuanto a pecar, el mismo Juan (bajo inspiración del Espíritu Santo, obviamente) dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (1.8-10). Pero en relación a practicar (permanecer haciendo) el pecado, la aseveración es que «el que practica el pecado es del diablo

Con palabras como: «vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre [el diablo]», «vosotros hacéis las obras de vuestro padre [el diablo]» y «los deseos de vuestro padre [el diablo] queréis hacer», Jesús, con toda obviedad, enseña claramente que no todas las criaturas que Dios creó son Sus hijos, y que el estilo de vida que elijamos seguir define quién es nuestro padre. Si elegimos continuar viviendo (practicando) una vida sumergidos en el pecado, y no nos arrepentimos y no nos convertimos a Cristo, indiscutiblemente, Dios no es nuestro Padre.

3. Que estás en los cielos. El cielo es el trono de Dios. «Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies» (Is. 66.1a). Él mora en los cielos, y específicamente en el tercer cielo. «Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos [1er cielo], los cielos [2do cielo] de los cielos [3er cielo], no te pueden contener» (1 R. 8.27).

Y desde los cielos Dios oye, ve, tiene conocimiento y control de todo lo que ocurre en la tierra y en el universo: «Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres» (Sal. 11.4).). «Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?» (Dn. 4.35).

Nuestro Padre desde el cielo nos bendice (Dt. 26.15; Gn. 49.25; Ef. 1.3), nos ayuda (Sal. 34.17-18), nos consuela (Sal. 34.19), nos salva (Neh. 9.27; Sal. 20.6; Sal 57.3; 91.11-12, y nos protege.

Y algún día, al final de nuestra jornada terrenal, estaremos con Él permanentemente en los cielos. «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14.2-3).

4. Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios revela Su carácter. Si Él santo, Su Nombre también lo es. Dios es Santo; esto es: Único, distinto, especial, y sin pecado. Tenemos, pues, que santificar Su Nombre, es decir, tratarlo como lo que él es: único, distinto, especial; sin pecado. No podemos tratar el Nombre de Dios ordinariamente, comúnmente o corrientemente, sino santamente, de manera especial porque él (Su Nombre) es santo. «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano» (Ex. 20.7).

Acerca de Su nombre Dios dice: «y me mostraré celoso por mi santo nombre» (Ez. 39.25c). Dios dijo a los levitas: «Y no profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado en medio de los hijos de Israel. Yo Jehová que os santifico» (Lv. 22.32). David exhortó a los israelitas: «Dad a Jehová la honra debida a su nombre» (1 Cró. 16. 29a).

5. Venga Tu Reino. Ese reino ya está en la tierra, en medio nuestro, de forma espiritual. «Porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros» (Lc. 17.21b). Nosotros somos los representantes de ese reino. «Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí» (Lc. 22.29). «Y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria» (1Ts. 2.12). Solo hay que esperar que ese reino se manifieste de manera completa. Esto sucederá durante el retorno visible de Cristo (Ap. 19.11-21), cuando Él establecerá Su Trono en la tierra por un periodo de mil años (cp. 20.4), luego del cual —y después del juicio ante el Gran Trono Blanco (o Juicio Final, cp. 20.11-15)— el reino será trasladado (o continuará) en la Nueva Jerusalen (cp. 21).

Mientras tanto, debemos dedicarnos a expandir este reino. «Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia» (He. 12.28). Y eso lo hacemos predicando el evangelio al mundo, para que los que aún no son de este reino, vengan a formar parte de él. «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mr. 16.15). «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén» (Mt. 28. 19-20).

6. Hágase tu voluntad. La voluntad de Dios es la prioridad del cristiano. Y esa voluntad es nuestra santificación —que nos apartemos de toda inmundicia y contaminación del cuerpo, de la mente, del alma y del espíritu. «Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación» (1 Tes. 4.3a). «Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7.1). «Para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios» (1P. 4.2).

Dios quiere que vivamos apartados del pecado y consagrados a Jesús.

7. Como en el cielo, así también en la tierra. Todas las criaturas celestiales obedecen a Dios. Aun Jesús, mientras estuvo en la tierra, hizo la voluntad del Padre. «Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Jn. 4.34). «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre» (Jn. 5.30). «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn. 6.38).

Nosotros, pues, tenemos que hacer Su voluntad. «Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor» (Ef. 5.17). Nada debe impedir que agrademos a Dios, y esto se logra haciendo Su voluntad. «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8.29).

octubre 7, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas | Deja un comentario

El pobre de espíritu.

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La Biblia contiene un pasaje que habla —de manera impactante— acerca del humilde, y del trato especial que Dios tiene hacia él. El texto es Isaías 66.2. La segunda parte del versículo dice: “pero miraré aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Pobreza no es sinónimo de humildad, pero de escasez y necesidad; muchas veces de miseria. (En Hispanoamérica, el término humildad se usa también para indicar cierto grado de modestia social o de indigencia.) La pobreza tiene su origen en el pecado. Es una condición social que ha existido en todas las civilizaciones y ha prevalecido a través de las dispensaciones de los tiempos de la raza humana; y  perdurará hasta que Cristo establezca Su gobierno milenario en la tierra. En lo que esto acontece, la pobreza cohabitará con nosotros, según lo dijo Jesús (Mt. 26.11; compárese con Dt. 15.11).

Se puede ser pobre y orgulloso a la vez (Pr. 13.7; 12.9). También hay pobres humildes. Hay ricos orgullosos e igual los hay humildes; esto último muy escasamente.

Un pobre es un individuo que siempre está necesitado. Apenas tiene los recursos para sufragar sus necesidades más básicas. Puede llegar al extremo de pedir, y hasta mendigar para solventar sus insuficiencias.

En el lenguaje bíblico existen dos clases de pobres:

  1. el espiritualmente pobre

  2. el pobre de espíritu o en espíritu

1. El primero es aquel que se siente satisfecho en (y con) el nivel espiritual que tiene o que ha alcanzado. Se cree espiritualmente saludable (o rico), a pesar de que en la realidad, la relación mediocre que tiene con Dios y con sus semejantes declara todo lo contrario. Un ejemplo que se puede citar, con la intención de entender mejor este punto, es el del cristiano que adora a Dios y aborrece a su hermano. La adoración que rinde a Dios lo hace ver o lo hace sentir a él, aparentemente, rico, pero en el fondo él es pobre. De esta clase de pobre espiritual habla Apocalipsis 3.15-18.

Nótese que la pobreza no es indicador de carencia total. Implica la posesión de algo, pero que no es lo suficiente como para vivir bien. De modo que, según vimos en Apocalipsis, el pobre espiritual no es el impío, sino el creyente que, teniendo un Jehová Yiré, vive en pobreza. No disfruta de la vida abundante que Jesús le ofrece. Se conforma con lo que ha conseguido y hasta donde ha llegado. Depende de sus propios medios y métodos, y los usa para subsistir —espiritualmente— y para conseguir lo que le falta. Semejante al hijo prodigo, se jacta de las riquezas y de los bienes de su Padre, y los reclama, para tan solo derrocharlos en sus intereses personales, y luego finalizar comiendo algarrobas.

2. El pobre de espíritu —o en espíritu, como lo dijo Jesús (Mt. 5.3; compárese con           Stg. 2.5— es aquel que siente y tiene la necesidad de Dios, de Su continuo socorro, de Su presencia. Depende de Él cada día para mitigar su sed y saciar su hambre; sed de Dios y hambre de Su Palabra. Es un mendigo espiritual que vive postrado a los pies del Padre Celestial, suplicando que lo llene de Su Espíritu, de Su amor, de Su misericordia, de Su poder, y de todas esas cosas que solamente Él puede dar. Reconoce que la provisión que recibirá de Dios hoy, en este día, no será suficiente para mañana. No es que la provisión divina esté incompleta, o sea insuficientemente poderosa para cubrir las necesidades de una vez por todas. Más bien, que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana (Lm. 3.22-24). Como el maná, que el Señor lo daba diariamente fresco (Ex. 16.4, 16, 19), no sea que saciándose el pueblo, se olvidara luego de Él (Pr. 30.8-9); otra razón por la cual Dios no procura saciar el hambre espiritual de una vez por todas.

Al Señor no le ha placido suplir todas las necesidades de una sola vez porque  cada día trae su propio afán (Mt. 6.31, 34), y el afán de cada día puede ser diferente. Por eso el pobre de espíritu acude a Él cada día, por cuanto no puede satisfacer las necesidades de su pobreza con la misericordia de la mañana anterior. Sino que, al igual que Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza (Ro. 4.18, es decir, una esperanza nueva o reciente de que Dios cumpliría lo que le había prometido reemplazaba la esperanza anterior, la cual estaba a punto de desvanecerse), el pobre de espíritu busca y recibe de Dios lo que necesita cada día, un día a la vez (Sal. 118.24). Él no es como el pobre de Ap. 3.17, quien, habiéndose sentido abastecido, llegó a tal autosuficiencia espiritual, que ya no buscaba constantemente y diariamente de Dios. Por tal razón, el texto que leímos (Isaías 66.2) vincula la humildad al pobre de espíritu; porque la dependencia espiritual de la que venimos hablando es la que puede identificarse como humildad espiritual.

El pobre y humilde de espíritu (o de corazón, como lo enseña Jesús en Mt. 11.29) es el que verdaderamente teme a Dios. El mismo Señor así lo declara con la frase “y que tiembla a mi palabra.” El temblor al que Dios se refiere es el mismo que sintió el Salmista, al decir: “mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo” (Sal. 119.120).

(Porción tomada del eLibro: Dios Cumplirá Tu Deseo.)

junio 5, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? —Parte 4 (Final)

La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

13. Ahora bien, la vida eterna comienza en el momento que conocemos a Jesús (estando en nuestros cuerpos mortales), pero continúa o se extiende después de la muerte. Es ahí donde esta vida eterna pasa —parcialmente— a la eternidad con Dios.

  • “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará (Juan 12.25).

  • “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna (Gálatas 6.8).

  • “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6.22-23).

  • “(…) y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13.48).

  • “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3.15).

  • “conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna (Judas 21).

¿Por qué dije, al principio de este punto, que después de la muerte la vida eterna pasa —parcialmente— a la eternidad con Dios? ¿Por qué lo de parcialmente? Porque la vida eterna incluye el cuerpo, y la muerte lo destruirá (temporalmente), pues el cuerpo que actualmente tenemos es corruptible; entonces continuaremos la vida eterna en el paraíso, sin cuerpo (de ahí lo de parcialmente), hasta que Dios lo resucite y lo transforme, para entonces continuar viviendo la vida eterna en la eternidad con Dios, y con el cuerpo transformado. De esto nos ocuparemos en el próximo punto, pero para mientras: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1Corintios 15.51-54).

14. ¿Y qué del cuerpo; acaso no estamos supuestos a entrar a la vida eterna en alma y cuerpo?

Para COMENZAR a disfrutar de la vida eterna NO NECESITAMOS morir y entrar al paraíso, o ser resucitados con un cuerpo transformado e inmortal. Ya sabemos lo que dijo Jesús, que la vida eterna comienza cuando creemos en Él: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6.47). De esto se discutió ampliamente al principio de este articulo (véase la Parte 1 de esta publicación).

La vida eterna comienza en el presente (con este cuerpo, cuando creímos), continúa en el paraíso (sin este cuerpo), y trasciende o se extiende —para siempre— en la resurrección, cuando Dios nos devuelva el cuerpo, pero transformado, para vivir eternamente con Él esta vida eterna que ya hemos comenzado a vivir.

  • “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6.40).

  • “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6.54).

  • vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad (Romanos 2.7).

  • “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Corintios 15.53).

enero 31, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Teología | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 3

La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

9. Conocer a Dios involucra dos etapas en la vida:

a. conocerlo en el presente: tener un encuentro personal con Él, el día de nuestra conversión e iniciar una intimidad espiritual con Él a través de nuestra entrega a Él durante nuestro peregrinaje en la tierra. En esta etapa se descubre Su naturaleza y Su carácter; sus atributos: Su bondad, Su misericordia, Su amor, Su santidad, Su justicia, etc., etc.

b. conocerlo —o continuar conociéndolo— en la eternidad: ¿Qué implica esto? El hecho de que de que se necesita la eternidad para conocer a Dios también implica dos cosas:

  • Que la relación íntima que tenemos con Él en el presente, continuará en el futuro, después de la muerte (en el paraíso), y en la eternidad (después de la resurrección) —para siempre.

  • Que (y esto ya se mencionó en el punto 5), si adoramos y servimos a un Dios que es Eterno, necesitamos la eternidad para conocerlo plenamente.

10. Ahora bien, conocer a Dios es algo que nos viene o nos sucede por revelación divina; esto es, Dios es quien toma la iniciativa, Él es quién se da a conocer; y esto, a través de Jesucristo.

  • “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mateo 11.27).

  • “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Lucas 10.22).

  • “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1.18).

  • “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero (…)” (1 Juan 5.20).

  • “Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, (…) mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, (…)” (Gálatas 4.8-9).

  • “Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerándesde el menor hasta el mayor de ellos” (Hebreos 8.11).

11. Sin esta revelación, nadie puede conocer a Dios ni establecer una relación íntima con Él.

  • En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció (Juan 1.10).

  • “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3.1).

12. Luego que hemos recibido esta revelación de Dios, nos toca a nosotros aceptar el regalo de la vida eterna que Dios nos ofrece —a través de la fe, y entrar en una relación espiritual íntima con Dios.

Esta revelación nos muestra Quién es Dios y cómo es Él (Eterno, Omnipotente, Omnisciente, Infinito, bondadoso, misericordioso, amoroso, Santo, Justo, etc., etc.). Pero una relación espiritual íntima con Dios va más allá de meramente descubrir y saber Quién y cómo es Dios, y consiste, además, en adorarle, buscarle, obedecerle y someterse a Su Voluntad (véase el punto No. 9). Y esta clase de relación se cultiva a través de la adoración, oración, comunión, búsqueda, estudio de la Biblia, entrega y obediencia a Dios, como está escrito en Su Palabra, la Biblia, las Santas Escrituras. De esta manera es que podemos conocer a Dios íntimamente, y es lo que la Escritura llama comunión íntima.

  • La comunión íntima de Jehová es con los que le temen¹, y a ellos hará conocer su pacto² (Salmo 25.14).

  • “Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos³ (Proverbios 3.32).

¹Temer es un término bíblico que se usa para describir la acción de apartarse del mal y obedecer a Dios:

  • El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8.13).

  • Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, entonces entenderás el temor de Jehová (Proverbios 2.1, 5a).

²Pacto es equivalente a Su Palabra, a lo que Dios dice y le quiere comunicar a Sus hijos, con quienes, según el Salmo 25.14, Él tiene Su comunión íntima. Los siguientes versículos demuestran este principio, pero con palabras como: conocerá si la doctrina es de Dios, encubriré yo, y todas las cosas (…) os las he dado a conocer:

  • El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7.17).

  • “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer (…)?” (Génesis 18.17).

  • “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer (Juan 15.15).

Interesantemente, Jesús considera Sus amigos, y los llama como tal, a quienes obedecen Sus mandamientos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando (Juan 15.14).

³Justo es lo opuesto a injusto. Y es el equivalente a bueno, pero al bueno que sigue y obedece a Dios, y no al meramente y moralmente bueno. En la Biblia, el término justo, siempre está ligado al que teme a Dios.

  • “Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo (1 Juan 3.7).

  • “Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él (1 Juan 2.29).

  • 1 Timoteo 1. 9-10 describe quien NO ES el justo: “conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina.”

El justo es, pues, el que hace justicia (1 Juan 3.7), pero de acuerdo a lo establecido por Dios, es decir, según la sana doctrina (1 Timoteo 1. 10), pues, ha nacido de Él (1 Juan 2.29).

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

 

enero 24, 2017 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 2

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La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

4. ¿Sabes en qué consiste la vida eterna?

La vida Eterna no consiste solamente en NO MORIR; esto es inmortalidad, y forma parte de lo que Cristo logró para nosotros con su muerte: “(…) nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (…)” (2 Timoteo 1.10).

La vida eterna consiste en conocer a Dios el Padre y a Jesucristo Su Hijo. Jesús lo dijo así: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17.3).

5. ¿Y sabes por qué la vida eterna consiste en conocer a Dios el Padre y a Jesucristo Su Hijo?

a. Porque Dios es la vida eterna: “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna(1 Juan 5.20). [Véase el punto No.1.]

b. Si  Dios es la vida eterna, entonces en Él está la vida eterna. De manera que quien conoce y tiene a Dios como su Salvador, tiene la vida eterna. Se necesita a Dios para tener vida eterna. “este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5.11-12). [Véase el punto No. 2.]

c. Si adoramos y servimos a un Dios que es Eterno, necesitamos la eternidad para conocerlo plenamente. Dicho esto en otros términos equivalentes, Si Dios es eterno, se necesita (de) la eternidad para conocerlo. Se necesita a Dios para tener la vida eterna y se necesita la vida eterna para conocer a Dios.

6. ¿Y sabes qué significa conocer a Dios?

En el lenguaje bíblico, conocer —entre las distintas aplicaciones que tiene— es una palabra que también se usa para referirse a la intimidad que se tiene con alguien dentro de una relación. Por ejemplo, dentro del matrimonio se usaba para referirse a la intimidad sexual que existía entre una pareja.

  • Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (…)” (Génesis 4.1).

  • “Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc” (Génesis 4.17).

  • “Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set” (Génesis 4.25).

7. Cuando la palabra conocer es usada en relación a Dios, significa tener una relación espiritual íntima con Él y con Su Hijo.

  • “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14.17).

  • “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2.19). La frase Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” indica la clase de relación íntima que debemos tener con Dios; una vida de santidad, de separación para Él.

  • “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios (1 Juan 4.7). El amor que tenemos por los demás indica si en verdad tenemos una relación íntima con Dios, pues, el que ama a Dios, tiene que también amar a los demás, porque: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4.20). Además: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13.35).

La mejor definición para entender el significado que la palabra conocer tiene, en términos de la intimidad espiritual que debe existir entre un individuo y Dios, se encuentra en las palabras que nuestro Señor Jesucristo dijo en los siguientes pasajes bíblicos.

  • “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7. 21-23).

  • “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois.Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos (Lucas 13. 24-28).

En estos versos podemos apreciar cómo no todos los que dicen conocer a Dios realmente lo conocen. Con palabras como “apartaos de mí hacedores de maldad”, es fácil notar que la relación que estas personas tenían con el Señor no era genuina, pese a las cosas que ellas alegaban hacer (hablar en lenguas, hacer milagros, etc.). Pues, la respuesta que Él les da: “Nunca os conocí” y “No sé de dónde sois”, muestra claramente que no existía tal clase de relación entre ellos y Dios.

Con la frase sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, nuestro Señor Jesucristo define en qué consiste la relación íntima que Dios quiere que tengamos con Él; una relación en la que Sus hijos conocen lo que su Padre quiere y lo que a Él le agrada que hagamos. Esta era la clase de relación que Jesús tenía con el Padre.

  • “así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre (…)” (Juan 10.15).

  • “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada (Juan 8.29).

Y esta es la clase de relación que Jesús identificó como la que realmente determina si en verdad conocemos a Dios y tenemos intimidad con Él.

  • “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen (Lucas 8.21b).

  • “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre (Mateo 12.50).

Bien sabemos que un hermano, una hermana y una madre son personas con quienes nuestra relación es de carácter íntimo. Es por eso que nuestro Señor, a través de estas palabras, simplemente nos está indicando que quienes pretendemos, pretendamos —o queramos— tener una relación íntima con Dios, tenemos que hacer Su voluntad; y que una íntima relación con Dios es hacer (y se consigue) haciendo la voluntad de Dios.

Pero para hacer la voluntad de Dios, primeramente hay que conocerla.

  • “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5.17).

  • “(…) para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12.2b).

  • “(…) que seáis llenos del conocimiento de su voluntad (…)” (Colosenses 1.9).

  • “dándonos a conocer el misterio de su voluntad” (Efesios 1.9a).

  • “(…) El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad” (Hechos 22.14).

Conocer la voluntad de Dios es el primer paso que nos llevará a tener una relación íntima con Él, pero hacer Su voluntad es lo que realmente nos une a Él en esta clase de relación, y es lo que determina si realmente Le conocemos. Esto último es lo que Jesús claramente dio a entender con las frases: sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos; y entonces les declararé: Nunca os conocí; No sé de dónde sois. Nótese cómo en estas frases, el verbo conocer está relacionado a hacer la voluntad de Dios.

8.  ¿En qué consiste tener una relación espiritual íntima con Dios?

Consiste en dos cosas, a saber:

a. en descubrir y saber Quién y cómo es Dios (Su naturaleza: Eterno, Omnipotente, Omnisciente, Infinito, etc., etc. Su carácter: bondadoso, misericordioso, amoroso, Santo, Justo, etc., etc.)

b. en adorarle, buscarle, obedecerle y someterse a Su Voluntad. (Véase el punto No.13; en la próxima publicación.)

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

enero 17, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Misceláneas | Deja un comentario

¿Cuándo Comienza La Vida Eterna? — Parte 1

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La Vida Eterna Comienza Aquí, En La Tierra… ¡y con el cuerpo que actualmente tenemos!

La vida eterna NO COMIENZA después que uno muere. Lo que comienza después de la muerte es la eternidad —con Dios, si nos rendimos a Él mientras estábamos en vida; o en el infierno, si rechazamos adorarle y servirle.

Interesantemente, la vida eterna COMIENZA desde el mismo momento que uno cree en Jesús y Lo acepta como Salvador. Jesús dijo:

  • “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6.47). Nótese que Él NO DIJO tendrá vida eterna, sino “tiene” vida eterna —tiempo presente.

  • El que cree en el Hijo tiene vida eterna (…)” (Juan 3.36).

  • “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida (Juan 5.24).

  • “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5.13).

  • “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.28).

1. ¿Y sabes por qué la vida eterna comienza en el mismo momento en el que uno cree en Jesús?

Porque Jesús es la vida eterna.

  • “(porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)” (1 Juan 1.2).

  • “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna(1 Juan 5.20).

2. Jesús es la vida eterna, y por lo tanto, recibirlo a Él es recibir la vida eterna, pues en Él está la vida eterna.

  • “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (1 Juan 5.11).

De manera que, tener a Jesús es tener la vida eterna en el presente.

3. ¿Cómo o cuándo comienza la vida eterna?

Ya se dijo que la vida eterna comienza en el preciso momento en el que creímos en Jesús y lo recibimos como Salvador. Ahora bien, el proceso es el siguiente:

a. La vida eterna comienza con la resurrección de nuestro espíritu, que estaba muerto: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2.1).

b. Esta resurrección ocurre o toma parte durante el nuevo nacimiento: “Os es necesario nacer de nuevo. (…) el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (…) el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3.7, 3, 5).

El agua es símbolo de la Palabra de Dios: “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5.26) y del Espíritu Santo: “(…) de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él (…)” (Juan 7. 38-39). En este verso los dos se mencionan para describir el papel que ambos desempeñan en el nuevo nacimiento.

El nuevo nacimiento es obra del Espíritu Santo, Quien usa el agua —la Palabra de Dios, que fue implantada en nosotros a través del mensaje que escuchamos, que nos fue predicado: “(…) la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Santiago 1.21) —y Él, conjuntamente con la Palabra, nos hizo nacer de nuevo:

  • “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad (…)” (Santiago 1.18).

  • siendo renacidos, (…) por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1Pedro 1.23).

  • “nos salvó, (…) por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3.5).

c. En este proceso, Dios nos imparte la vida de Cristo:

  • “este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5.11-12).

  • “aun estando nosotros muertos en pecados,  nos dio vida juntamente con Cristo (Efesios 2.5).

Si la vida que Dios nos impartió es la vida de Cristo (Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo), entonces es vida eterna, pues Jesús es la vida eterna.

  • “(…) y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna (1Juan 5.20).

  • y El que tiene al Hijo, tiene la vida. (vrs. 12a).

(He escrito y publicado otros artículos más extensos en una sola pieza en este blog, pero como algunas personas me han dicho que algunas de mis entradas son muy largas, he decidido dividirlas y publicarlas en varias partes para hacer más fácil y más amena su lectura.)

enero 12, 2017 Posted by | Interpretaciones Bíblicas, Misceláneas | 1 comentario

Dios Cumplirá Tu Deseo

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El Deseo

Todos tenemos deseos. El deseo está orientado según el carácter y personalidad de cada quien; esto en sentido general. El seno familiar, así como la cultura en donde nace, crece y se desarrolla cada individuo, también ejercen cierta influencia en los intereses que cada persona tiene y siente, y por los que labora e invierte recursos. Precisamente, éste será otro término para referirse a deseos: intereses. Podemos, igualmente, emplear la palabra anhelo, como sinónimo de deseos.

El anhelo o deseo de cada quien varía —aparte de lo que ya se dijo— de acuerdo al grado o nivel espiritual, así como del conocimiento bíblico que se tiene. Dicho esto en otros términos equivalentes, la persona que es madura espiritualmente y que ha aprendido a conocer la voluntad de Dios para su vida según está en las Escrituras, sabe canalizar sus deseos, y los orienta de acuerdo a Esa voluntad. Sea que se trate de deseos nobles y honestos —como debe ser— reconoce que no siempre será voluntad de Dios concederlos. Él es Soberano, y, al final, es Quien decide lo que nos da, y si conviene o no.

De todas maneras, la madurez espiritual nos ayuda a esperar en Dios, si quizás, en Su misericordia, nos concede los deseos de nuestros corazones, los anhelos de nuestras almas. De aquí que, es importante conocer lo que la Biblia enseña al respecto.

En este libro (eBook/eLibro) tenemos, por lo menos, cuatro puntos que nos pueden orientar en orden de obrar correctamente delante de Dios, y así lograr conmover Su corazón, e inclinarlo a que conceda nuestros deseos. Es importante aprenderlos, pero más importante aún es internalizarlos y practicarlos con la finalidad —y con la esperanza— de ver nuestros deseos cumplidos, realizados.

No importa cuál sea tu deseo, si de carácter material, moral o espiritual —conseguir una esposa/esposo, terminar una carrera, avanzar en el ministerio, obtener una casa, adquirir bienestar financiero o bienestar familiar— Dios tiene pautas establecidas que se deben observar para recibir de Él la respuesta, o para poder acelerarla. De todos modos, y por causa de nuestra ignorancia de la Palabra de Dios, Él, en Su misericordia y en Su amor, pese al conocimiento limitado que tenemos de Su voluntad (limitación que a veces es voluntaria), nos concede lo que anhelamos recibir de Él; pero ésta no es la regla.

Hay cosas en la Biblia que son más difíciles de aprender que otras. Cosas que tal vez nos tomarían más tiempo tanto el saberlas como el practicarlas. Dentro del conocimiento aprendido, Dios toma en cuenta la intención del corazón y la honestidad que hay en el esfuerzo por realizar lo que Él quiere que hagamos, para así contarlo como válido delante de Él.

De todos modos, la ignorancia no es una manera de justificar lo malo que uno hace. La Biblia dice que tenemos que andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne. Seguramente que si andamos en el Espíritu, y somos dirigidos por Él, nuestros deseos no estarán orientados hacia intereses meramente personales (intereses que nos pueden convertir en personas insensibles para con los demás, avaros, egoístas, sensuales, carnales, etc.), sino que tendremos como meta honrar a Dios, crecer en Él, expandir Su reino, ayudar al prójimo, etc. Siempre tendrán la inclinación de identificarse con el bien; emanarán de un corazón benigno, bondadoso, amoroso, y su finalidad será honrar al Rey.

Sí es cierto que algunos de nuestros deseos son para meramente vivir bien en esta tierra y subsistir, y no es malo sentirlos, como tampoco conseguirlos. Pero, todo lo que sentimos y queremos debe ser priorizado de acuerdo a la necesidad que se tiene y a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Tenemos que evaluar qué es lo más importante —tanto para uno como para Dios— y de ahí mantener vivo el deseo o descartarlo.

¡Qué hermoso es ver nuestros deseos cumplidos! Como dice Proverbios 13.12, 19a: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido. El deseo cumplido regocija el alma.” Exclamemos como el Salmista: “Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (38.9). Y él mismo nos responderá: “Te dé conforme al deseo de tu corazón, conceda Jehová todas tus peticiones” (20.4a-5b). Y entonces celebraremos como David, por todo lo que Dios habrá hecho por nosotros, diciendo: “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios” (21.2).

noviembre 21, 2016 Posted by | Misceláneas | Deja un comentario

La Palabra de Dios… ¿¡Con Qué Se Puede Comparar!?

“Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón (…)”  (Jer. 15.16; Versión Reina-Valera 1960).

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Para el cristiano las Sagradas Escrituras son su sangre espiritual. Jesús dijo: “Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6. 63). La Biblia, nombre con el cual éstas son conocidas popularmente, es el único Escrito capaz de transformar radicalmente la vida y la mente de cualquier persona.

La filosofía humana, por más hermosa que parezca, no puede surtir semejante efecto. Aun los filósofos que dictaron sus adagios todavía famosos, no vivieron al mismo nivel de sus máximas. La moralidad fue tema exclusivo de la filosofía de Sócrates, pese a que practicaba la fornicación. El gran discípulo de Sócrates, Platón, enaltecido como un ejemplar perfecto de virtud, enseñó que era honroso mentir. Un modelo tan brillante de la excelencia pagana, Seneca, recomendó el suicidio, algo que él mismo finalmente efectuó.

Por otro lado, hombres como Samuel, Daniel, Pablo, Juan, entre otros, no sólo fueron portadores de las enseñanzas poderosas y transformadoras de la Palabra de Dios, pero también experimentaron susodicha transformación. Sus vidas fueron ejemplares, libros abiertos en los que se podían ver y apreciar el efecto que tiene la Palabra de Dios.

El efecto transformador que tiene las Sagradas Escrituras no estuvo limitado solamente a una época o para un grupo de personas exclusivamente. Dicho efecto aún está vigente. La Palabra de Dios todavía cambia vidas, y trabaja de la misma manera, nos cambia y nos transforma para llegar a ser todo lo que Dios quiere que seamos, y para lograr conseguir todo lo que Él quiere que consigamos. El Dios que nos la dio es el mismo ayer, hoy, y por los siglos (He 13.8), y también lo es Su Palabra, que permanece para siempre (Is. 40.8; 1P. 1.23, 25).

Si aún no has experimentado este efecto transformador, te invito a que, mientras lees este artículo, abras tu mente y tu corazón al mensaje que aquí expongo acerca de la Palabra de Dios, y a que permitas que Su poder, y el de Su Palabra, transformen para siempre tu vida.

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Los Escritores de la Biblia —como también muchos de los personajes acerca de los cuales ellos mismos escribieron— emplearon (siendo inspirados y dirigidos por el Espíritu Santo), en el momento de escribir y/o transmitir su mensaje, lo que la hermenéutica reconoce como Figuras Retóricas.

Este lenguaje figurado, como también se le conoce, consiste en usar palabras con un sentido distinto del propio, con el fin de enseñar algún principio de carácter espiritual, ético o moral que se debe aprender y que se tiene que aplicar en la vida, y en el diario vivir.

Una de esas figuras es la metáfora, en la que se busca y se utiliza alguna semejanza que exista entre dos objetos o hechos, para caracterizar el uno con lo que es propio del otro.

Por ejemplo, Cristo dijo que Él es la vid verdadera. La vid comunica vida a los pámpanos para que lleven uvas. Cristo comunica vida y fuerza a los creyentes para que lleven frutos del cristianismo. Cristo, además dijo ser la puerta, el camino, el pan vivo. De los creyentes dijo que son la luz, la sal. Y estos son sólo algunos ejemplos de lo que es una metáfora.

Con este conocimiento en mente, podemos ahora proceder a descubrir e investigar lo que es la Palabra de Dios, y con lo que los escritores de la Biblia la comparan.

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La Palabra de Dios es como el agua, que limpia

“¿Con qué limpiará el joven su camino?
Con guardar tu palabra.”

“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.”

“(…) Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.”

(Sal. 119.9; Ez. 36.25; Ef. 5.26),

y quita la sed

“A todos los sedientos: Venid a las aguas (…).”

“He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré (…), no (…) sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.”

(Is. 55.1; Amós 8.11).

El Espíritu Santo y la Palabra de Dios son los responsables de efectuar el nuevo nacimiento en el alma perdida (Jn. 3.5; Tit. 3.3-7; Stg. 1.18; 1P. 1.23; Ef. 4.25-27). El Espíritu Santo aplica el poder regenerador de la Palabra (2 Ts. 2.13), e imparte vida al alma muerta en delitos y pecados (Ef. 2.1, 5). Ambos, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, son comparados con agua (Juan 3.5; 7.38 -39).

Así como el agua limpia lo sucio, la Palabra de Dios limpia la conciencia, el alma y el espíritu (Sal. 119.9; Jn. 15.3; 17.17; Ef. 5.26) de aquellos que le entregan sus vidas al Autor del Sagrado Libro y reciben Su Palabra (1Ts. 2.13).

El pecado ensucia lo mismo el interior como el exterior del individuo que lo practica y es su esclavo. Contamina tanto su cuerpo como su espíritu (2 Co. 7.1).

La Biblia menciona tres elementos que actúan como detergentes espirituales para limpiar, quitar y borrar la mancha del pecado y anular su efecto:

1) la sangre de Cristo (1Jn. 1.7; Ap. 1.5; 7.14)

2) el Espíritu Santo (1Co.  6. 11)

3) la Palabra de Dios (Jn. 15.3; 17.17)

Los tres trabajan conjuntamente, pero, también, cada uno se especializa en un área distinta en relación a combatir el pecado.

1) La sangre de Cristo obra radicalmente el día que el Espíritu Santo, conjuntamente con la Palabra de Dios, efectúa el nuevo nacimiento (Jn. 3.5). Y lo que hace es que rompe (pudre) el yugo (1Jn. 3.5, 8) que ata al hombre como esclavo del pecado (Ro. 6.16; 2P. 2.19). Lo liberta de su poder (Ro. 6.6, 12-14, 18, 20, 22) y lo limpia de su culpabilidad (He. 9.14; Ro. 3.22-26; Hch. 13.38-39; Ro. 8.33-34; 5.8-9; 3.24; 5.1; 4.6-8, 24-25), haciéndolo libre de su esclavitud así como de su contaminación.

2) El Espíritu Santo surte el nuevo nacimiento aplicando el poder resucitador de la Palabra de Dios (Stg. 1.18) y el poder libertador y purificador  de la sangre de Cristo (1Co. 6.11), y nos limpia con Su presencia (Tito 3.3-6), morando en nosotros. El Espíritu Santo mora en vasos limpios. Él nos santifica y nos redarguye de pecado para evitar que nuestras conciencias se cautericen, y para señalarnos lo malo que hemos hecho, y llevarnos delante de Dios arrepentidos.

3) La Palabra de Dios nos resucita, y nos limpia radicalmente del pecado. Pero, como estamos en un cuerpo que aún no ha sido redimido o transformado (Ro. 8.23), y estamos expuestos  a nuestra propia concupiscencia (Stg. 1.13-15), a veces pecamos (1Jn. 1.8-10; Stg. 3.2), y nos ensuciamos parcialmente (Jn. 13.10).

La Palabra de Dios es semejante al agua que Jesús uso para lavar los pies de los discípulos; nos lava de aquellos errores, faltas, caídas —pecados con los que regularmente ofendemos a Dios y a nuestros semejantes. Cada vez que abrimos las páginas del Sagrado Libro encontramos esas amonestaciones que nos redarguyen y nos ordenan a corregir nuestra conducta, nuestras actitudes hacia Dios y hacia los demás. Y la Palabra, una vez leída y aceptada, trabaja como el agua, lava la suciedad del alma y de la conciencia. ¡Qué hermoso es tener un Libro que surte semejante efecto!

La Palabra de Dios es también como un refrigerio, refresca el alma cansada y sedienta (Amós 8.11).

Así se encontraba la mujer samaritana, cansada de buscar amor, adulterando una y otra vez, sin encontrar el cariño que calmara su sed de ser amada. Hasta que se encontró con Jesús, quien le ofreció de Su agua (Jn. 4.10), de aquella que salta para vida eterna (vrss. 13-14). Las palabras que el Señor le habló fue el refrigerio que satisfizo su sed de amor.

¿¡Quién no se ha sentido así, y ha abierto la Biblia para encontrar Palabra que ha traído consuelo, fortaleza, gozo, paz, amor!? Su Palabra ha sido aguas en el desierto, y torrentes en la soledad (Is. 35.6b; 41.18; 43.19b).

Esta agua es gratuita (Is. 55.1-3; Ap. 21.6; 22.17). Solo hay que venir a Jesús, creer en Él y entregarle nuestras vidas; y Él nos dará de esa agua, que es la Palabra de Dios.

De una misma fuente fluyen dos corrientes. Las palabras del Señor fueron como agua para la samaritana (Jn. 4.7-40). Pero en esa palabra hablada por Jesús, también hubo una oferta para esta mujer y para todos los que están sedientos: el don de Dios (v. 10). ¿Cuál es el don de Dios? Jesús mismo lo explica en Juan 7. 37-39. Es el Espíritu Santo, la promesa del Padre (Hch. 1. 4-5; 2.33; Lc. 24.49; Jn. 14.16), que recibirían los que creyesen en Él (Ef. 1.13).

Al comienzo de este artículo dije que en la Escritura el agua se usaba como símbolo para ambos: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Ambos regeneran (Tit. 3.5), causan el nuevo nacimiento (Jn. 3.5), y calman la sed (Amós 8.11; Jn 7.37-39). La mujer samaritana recibió la primera porción de agua: la palabra hablada de Jesús. Después, en el día de Pentecostés, recibiría la segunda porción: el Espíritu Santo (Hch. 2. 1-4); “pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7.39b).

A nosotros se nos ofrece la fuente (Cristo) con las dos corrientes fluyendo: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Solamente tenemos que aceptar la invitación del Señor: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7.37b), y decirle como la mujer samaritana: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed (…)” (v.15).

(Este es un de mi mini-libro digital (eBook) La Palabra de Dios… ¿¡Con Qué Se Puede Comparar!?)

agosto 4, 2016 Posted by | Misceláneas | 2 comentarios

El Poder Espiritual Del Sexo

 

Demonio y Sexo (m)El sexo fue “inventado” por Dios. El propósito principal por el cual Él lo creó fue para procrear: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra (…)” (Génesis 1.28). Este fue el propósito principal. De no ser así, ni tú ni yo estaríamos en el planeta. A través del sexo es que la raza humana pudo y puede aún multiplicarse.

Pero, en su omnisciencia, Dios sabía que sería una “tarea” tediosa tener sexo solo para multiplicarse. Y, en su bondad, añadió un ingrediente para que procrear no fuera solo un deber, sino también un placer. Y por eso permitió que el sexo sea también para producir y obtener placer mutuo entre las parejas: “Y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre (Pr. 5. 18b-19).

Ahora bien, este placer no quedó limitado solo al acto de procrear. ¿Te imaginas si cada vez que las parejas desearan tener sexo existiera la obligación y la responsabilidad de tener hijos? No muchos se casarían, por lo menos en la actualidad. Por eso el “invento” de Dios no está limitado a la procreación.

No obstante, este placer no nos ha sido otorgado para experimentarlo sin ningún compromiso. Es decir, no es solo para excitarse y tener un orgasmo o clímax. Este placer Dios lo diseñó para cultivar y fomentar intimidad entre las parejas casadas: “pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1Co. 7. 2-5).

Parte del poder espiritual que el sexo tiene es el de unir, ligar o pegar entre sí las almas de las personas que lo practican: “Salió Dina la hija de Lea, la cual ésta había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país. Y la vio Siquem hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró. Pero su alma se apegó a Dina la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella. Y habló Siquem a Hamor su padre, diciendo: Tómame por mujer a esta joven. Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer” (Génesis 34. 1-4, 8).

Es por eso que Dios solo permite el sexo entre parejas casadas. Dios estableció el sexo dentro del marco del matrimonio. “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios (He. 13.4). Tener sexo fuera del matrimonio es violar los parámetros sagrados establecidos por Dios. El sexo es puro solamente cuando se practica dentro del matrimonio. Cada vez que la Biblia menciona la palabra inmundicia en relación al sexo, se está refiriendo a la fornicación y/o al adulterio, o a cualquier otra práctica que viola la pureza del sexo reservado para el matrimonio: “(…) han pecado, y no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia que han cometido” (2Co. 12.21). “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia (…)” (Gá 5.19). “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Ef. 5.3).

Indiscutiblemente que la unidad íntima de una pareja comienza con el matrimonio, y no meramente con el acto sexual. Desde el principio Dios había dicho: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2.24). Pero es obvio que el sexo forma parte de esta unión. De no ser así, Dios no lo hubiera incluido.

Debe agregarse que el sexo tiene el poder de unir a las parejas aun fuera del vínculo del matrimonio. La diferencia entre el sexo marital y el sexo extramarital estriba en que en el primero, el esposo y la esposa se convierten en una sola carne bajo la bendición de Dios; mientras que en el segundo, las parejas se convierten en una sola carne bajo la maldición de Dios.

En ambos casos el acto sexual crea un vínculo, sea para bien o para mal. Esto depende de si este vínculo toma lugar en una relación con las condiciones correctas, basado en un compromiso de amor demostrado y comprobado por el compromiso del matrimonio, y una búsqueda de verdadera intimidad arraigada en una base de entrega y lealtad mutua.

El hecho de que el sexo ocupe un lugar importante en el matrimonio no significa que esté verdaderamente cumpliendo con el propósito de Dios de juntarlos y hacerlos una sola carne. Aunque el vínculo inicial que conlleva a convertir a una relación en una sola carne puede formarse durante el primer encuentro sexual que una pareja tenga, la plenitud de lo que Dios quiere hacer en lo relacionado a una sola carne toma tiempo. Tienen que convertirse en una sola carne. Y esto, como se dijo, viene como consecuencia del compromiso de entrega y lealtad que se hizo (y que se observa) durante el matrimonio.

Una prueba indubitable que puede demostrar que el sexo puede convertir a una pareja en una sola carne es el acto de la concepción, el embarazo de una mujer y el nacimiento de un bebé. Tómese en cuenta que esta criatura se forma en el vientre de la madre como consecuencia de la unión entre el espermatozoide del hombre y el óvulo de la mujer. Y de esta unión surge un ser que porta los genes de ambos padres. Es tanto así, que el bebé no solo puede heredar los rasgos físicos de sus progenitores, pero también las enfermedades y defectos congénitos. Hasta este nivel llega el alcance del sexo.

Debido a la capacidad que el sexo tiene de unir a las personas entre sí, el sexo, además, tiene el poder espiritual de transmitir los pecados, las adicciones, las contaminaciones e inmundicias, y hasta las ataduras o esclavitudes espirituales de una persona a otra.

El apóstol Pablo nos arroja más iluminación para entender mejor este concepto. En 1Co. 6.16 él escribió: “¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.”

Nótese claramente como la unión sexual tiene la implicación de convertirnos en una sola carne aun cuando nosotros no tengamos la intención de llegar a ese fin. Como es el caso del que Pablo habla, en donde el individuo que se acuesta con una ramera buscando solamente satisfacer sus deseos sexuales, es vinculado, a través del acto sexual, con la práctica de esa mujer y con lo que ella es. Es decir, el sexo que tuvo lo convierte en participante de todas las fornicaciones de las que la ramera participó, y traspasa todas las contaminaciones de la ramera hacia él. Es como si éste sujeto hubiera fornicado con todos los hombres con los que la ramera fornicó. Realmente, en términos espirituales, esto, literalmente, es así.

Este concepto es válido inclusive en la ciencia médica, y desde un ángulo meramente físico. Enfermedades como la sífilis, la gonorrea, el HIV son transmitidas por la unión sexual. De la misma manera, como Pablo dice, los pecados y la basura espiritual de una persona puede ser transmitida “espiritualmente” a otra persona a través de la unión sexual.

La ciencia médica también advierte de los efectos —a largo alcance— que puede tener el sexo, de cómo una persona puede desarrollar HIV hasta cinco o diez años después de haberlo practicado con otra que haya sido portadora del virus. Hay también registros médicos de mujeres con cáncer cervical por practicar sexo con múltiples parejas sin protección —cómo el semen de diferentes hombres puede causar este mal.

De la misma manera, el sexo —practicado fuera de la voluntad de Dios— puede causar enfermedades de carácter espiritual. Como el ejemplo de la ramera que el apóstol Pablo presenta.

Empero, este otro o segundo poder espiritual que el sexo tiene no se limita a funcionar solamente entre personas que fornican y adulteran. Aun entre personas casadas puede surtir el mismo efecto, puesto que no solamente se trata de tener relaciones extramaritales, sino, además, de tener relaciones sexuales con la persona equivocada. Por eso la Biblia nos advierte acerca del yugo desigual: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2 Co. 6.14-15).

Un cristiano que se casa con un impío se expone a experimentar este tipo de contaminación. No obstante, una persona que estando casada se convierte a Cristo, aunque su compañero(a) no se haya entregado a Dios, esta persona tiene el poder, otorgado por Dios, de evitar que las trabas o cadenas espirituales de su compañero(a) aún no cristiano(a) les sean transmitidas: “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos” (1Co. 7.13-14).

El mero hecho de haberse entregado a Cristo crea un círculo de protección a favor del cónyuge creyente. No obstante, esto no quiere decir que el cónyuge incrédulo o los hijos no creyentes sean salvo; la salvación es individual y se adquiere por medio de la fe en la obra redentora de Cristo —no se traspasa de una persona a otra. Sino que Dios bendice el hogar, independientemente de los incrédulos que el él habiten, por causa del creyente que mora en él. Hay bendiciones sobre la cabeza del justo” (Pr. 10.6a).Por la bendición de los rectos la ciudad será engrandecida” (Pr. 11.11a). Parte de la bendición del justo es su protección espiritual: “mas líbranos del mal” (Mt. 6.9), El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende (Sal. 34.7), Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro” (Sal. 91.4a); y a veces su protección física: El te librará del lazo del cazador, de la peste destructora…Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará” (Sal. 91. 3, 7).

Por eso es sumamente importante tener cuidado con la clase de personas que dejamos entrar en nuestros corazones y en nuestros cuerpos. Ya que el sexo no es solamente un intercambio corporal, pero también un intercambio espiritual. Es una poderosa puerta que puede abrirse para darle entrada no únicamente a los pecados y a la contaminación de las otras personas, pero también a sus demonios, logrando que se alojen en tu templo (cuerpo), en tu hogar, en tu círculo familiar. Y de la misma manera que las tienen a ellas esclavizadas y destruidas, te esclavicen y te destruyan a ti también. Esta es la razón por la que muchas personas quedan adictas a otras, y a sus vicios. Las ataduras espirituales que obtuvieron por medio de las relaciones sexuales esclavizan sus almas y las mantienen atadas a esos hombres o mujeres, a los hombres o mujeres de la misma calaña, y a los espíritus de las tinieblas que los siguen a ellos/ellas.

Tanto así, que aun después de haber terminado con una relación enfermiza y destructiva, tales personas quedan y permanecen atormentadas espiritualmente. Las parejas se separan, pero los demonios que permitieron entrar —a través de una relación sexual— quedan habitando en sus contornos y en sus vidas.

Este también es el motivo por el que muchas personas atraen la misma clase de gente a sus vidas después de haber salido de una relación disfuncional. Es por causa de ese demonio conocido (pues ya sabe quiénes son ellos/ellas) que la pareja o el cónyuge anterior les dejó.

septiembre 29, 2015 Posted by | Misceláneas | 9 comentarios